La sanidad pública pierde crédito social entre listas de espera y crisis de gestión
La sanidad pública española ya no se mira con los mismos ojos. Durante décadas fue uno de los pilares más sólidos del Estado del bienestar, un orgullo compartido que resistía crisis económicas, recortes y cambios políticos. Hoy, sin embargo, ese consenso emocional se resquebraja. La combinación de listas de espera interminables, dificultades de acceso y escándalos recientes ha erosionado la confianza ciudadana hasta dejar una sensación extendida de cansancio y frustración. “La gente está desmoralizada”, resumen desde las organizaciones de pacientes. Y los datos respaldan esa percepción.
El último barómetro sanitario del Ministerio de Sanidad y el CIS dibuja un cambio de clima profundo. Antes de la pandemia, en 2019, más de siete de cada diez personas consideraban que el sistema funcionaba razonablemente bien. Hoy, menos de la mitad mantiene esa opinión y uno de cada cinco cree que necesita cambios profundos. No se trata de un rechazo ideológico a la sanidad pública —el apoyo al modelo sigue siendo mayoritario—, sino de una decepción cotidiana: la experiencia real de usar el sistema ya no encaja con las expectativas ni con las necesidades de una sociedad más envejecida, más consciente de su salud y menos dispuesta a esperar.
El desgaste no se percibe como un colapso súbito, sino como una erosión constante. Una llamada que no obtiene respuesta, una cita que se retrasa semanas, una prueba diagnóstica que tarda meses. Pequeñas grietas que, sumadas, acaban resquebrajando la confianza en una institución clave.
El cuello de botella de las listas de espera
Las listas de espera se han convertido en el símbolo más visible del malestar sanitario. Son el termómetro que mide la paciencia social y, ahora mismo, marca fiebre alta. El problema no se limita a una especialidad o a una comunidad autónoma: atraviesa todo el sistema. Desde la atención primaria, donde conseguir cita con el médico de cabecera puede llevar más de una semana, hasta la atención especializada y las pruebas diagnósticas.
El barómetro revela que solo el 22% de quienes intentaron ver a su médico de familia lo lograron el mismo día o al siguiente. La mayoría tuvo que esperar más de 10 días de media. Ese retraso tiene un efecto psicológico claro: la sensación de que el sistema pone obstáculos en lugar de soluciones. Muchos pacientes, de hecho, reconocen que cuando llega la cita ya no la necesitan, lo que alimenta la percepción de ineficiencia y desconexión.
Atención primaria: la grieta estructural
La atención primaria, tradicionalmente la puerta de entrada y el gran amortiguador del sistema, es hoy uno de sus puntos más frágiles. La dificultad para acceder al médico de familia no es un problema coyuntural, sino estructural. La demanda ha cambiado: más cronicidad, más envejecimiento, más problemas de salud ligados a lo social. Sin embargo, el diseño del sistema sigue orientado a responder a la enfermedad aguda, con recursos humanos limitados y agendas saturadas.
Este desajuste tiene consecuencias directas: pacientes que acaban en urgencias por problemas que deberían resolverse en primaria y profesionales sobrecargados que sostienen el sistema a base de vocación. La paradoja es evidente: la confianza en los sanitarios se mantiene alta, pero la valoración del sistema cae.
Escándalos que erosionan la credibilidad
A este desgaste cotidiano se suman los golpes reputacionales. La crisis de los cribados de cáncer en Andalucía o el caso del Hospital de Torrejón han actuado como aceleradores de la desconfianza. No porque expliquen por sí solos el malestar, sino porque refuerzan la idea de que algo no funciona bien en la gestión y en las prioridades.
Cuando la sanidad aparece asociada a errores graves, recortes o beneficios económicos, el mensaje que recibe la ciudadanía es inquietante: ¿está el sistema pensado para cuidarme o para sobrevivir como puede? En un ámbito tan sensible como la salud, la confianza es frágil y difícil de reconstruir una vez dañada.
El malestar no entiende de ideologías. El barómetro muestra un hartazgo transversal, de izquierda a derecha y de arriba abajo en la escala social. Incluso entre quienes defienden con más fuerza la sanidad pública crece la crítica a su funcionamiento. Las clases más desfavorecidas, con menos alternativas privadas, son las más insatisfechas, pero la sensación de desgaste atraviesa a toda la sociedad. @mundiario