¿Una Iglesia menos masculina? El legado más incomprendido del Papa Francisco
La historia de la Iglesia Católica está escrita con tinta de varón. Durante dos mil años, la toma de decisiones ha sido casi exclusivamente masculina, y los espacios de poder han sido vetados para las mujeres. En ese contexto, el papa Francisco irrumpió con una propuesta que, aunque moderada, fue lo suficientemente osada para ser interpretada como una amenaza por los sectores más conservadores: desmasculinizar la Iglesia.
Desde su llegada al Vaticano, Jorge Mario Bergoglio dejó claro que la exclusión femenina era uno de los “grandes pecados” de la institución. Su frase “la Iglesia es mujer” no era solo un recurso poético; era la enunciación de un cambio de paradigma. Francisco no solo lo dijo: lo hizo. Nombró a mujeres en cargos de autoridad que, hasta entonces, parecían reservados eternamente para varones. En sus últimos meses de vida, incluso desde el hospital, firmó decretos que marcaron un antes y un después, como el nombramiento de la monja Raffaella Petrini al frente de la Gobernación del Vaticano, una especie de alcaldía del Estado vaticano.
El gesto fue leído por algunos como la señal de que el pontífice moría fiel a su visión de una Iglesia más equitativa. Por otros, como una provocación final.
Mujeres con voz y voto
En 2022, ya había dado un paso audaz al incluir a tres mujeres en el Dicasterio para los Obispos, el órgano que decide quiénes serán los próximos pastores de la Iglesia universal. Una decisión histórica que quebraba el argumento clásico: “si solo los hombres pueden ser obispos, solo ellos deben nombrarlos”. Pero Francisco entendía que no se trataba de reproducir los mismos mecanismos de poder con otra cara, sino de redibujar el mapa del liderazgo eclesial.
El colmo para los sectores más reaccionarios llegó con la inclusión de mujeres en el Sínodo de los Obispos, con voz y voto. Algunos prelados reconocieron que, por primera vez, habían escuchado ideas teológicas femeninas que les hicieron replantearse sus posturas. La realidad, sin embargo, es que muchos de ellos nunca habían debatido con una mujer a ese nivel. Ese dato, tan revelador como vergonzoso, dice mucho del problema que Francisco quiso empezar a resolver.
¿Fue suficiente? No para quienes esperaban un giro radical, como la apertura al sacerdocio femenino. Francisco se negó rotundamente a ello, alegando que el sacramento está reservado a los hombres. Pero aceptó estudiar el diaconado para mujeres, un camino intermedio, que también encontró resistencias. Las comisiones creadas para ello fracasaron en alcanzar consensos. El propio Papa, pragmático, entendió que la reforma sinodal debía avanzar sin fracturas que pusieran en juego la unidad eclesial.
Ahí reside parte de su legado: en el intento de cambiar sin imponer, de abrir puertas sin romper muros. No fue un revolucionario incendiario, sino un reformista que tanteó los límites del posible. Por eso irritó tanto a los guardianes del dogma, que preferían la inercia, y también decepcionó a quienes querían ver en él a un Lutero de los tiempos modernos.
De la invisibilidad a la presencia
La realidad es que, bajo su pontificado, se pasó de la invisibilidad a la presencia. La Iglesia sigue siendo profundamente patriarcal, pero ya no puede hablar de sí misma sin mencionar a las mujeres. Francisco inició un proceso, sembró una semilla. Lo que ocurra a partir de ahora dependerá no solo de sus sucesores, sino de la capacidad del cuerpo eclesial para asumir que una Iglesia exclusivamente masculina es una Iglesia incompleta.
Como bien apuntó la teóloga Cristina Inogés, el gran reto es transformar la mentalidad. No basta con nombrar mujeres si en los seminarios no se leen textos escritos por ellas, si en las diócesis no se reconoce su autoridad ni se las consulta públicamente. El cambio será verdadero cuando deje de ser extraordinario que una mujer hable, vote o gobierne en la Iglesia.
Francisco no firmó una revolución, pero dejó claro que el tiempo del monólogo masculino había terminado. Y por eso, en el balance final, su desmasculinización de la Iglesia —más simbólica que estructural— fue el acto más disruptivo de su pontificado. Un gesto que incomodó a los de siempre y desafió a todos los demás. @mundiario