Galicia arde: las altas temperaturas conquistan el norte de España

Un hombre con calor. / RR. SS.
La segunda ola de calor lleva la máxima del país a Ribadavia, Ourense, con 42,8 º C. Un síntoma más de un verano sin tregua.

Mientras muchos aún asocian Galicia con verdes montañas, brisas atlánticas y veranos suaves, el termómetro de Ribadavia ha venido a desmentirlo con un rugido de 42,8 grados. Según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), es la temperatura más alta registrada en toda España este lunes, en plena segunda ola de calor del verano. En el corazón del valle de Ourense, la realidad ya no es la de un refugio climático, sino la de una olla a presión donde el aire no corre y la vida, simplemente, se ralentiza. Lo que ocurre en este rincón gallego no es una anécdota meteorológica: es una advertencia.

Lo vivido esta semana en Galicia —una comunidad tradicionalmente templada y lluviosa— rompe con cualquier narrativa climática heredada. En Ourense, las máximas superan los 40 grados con una frecuencia que antes se reservaba al sur de la Península. Y Ribadavia, con su récord reciente, se convierte en el símbolo de un cambio de época. La llamada “olla de Galicia” ya no es una metáfora exagerada, sino una descripción literal del impacto que las olas de calor están teniendo en una región que no está preparada, ni social ni estructuralmente, para soportarlas.

Vecinos que reorganizan sus horarios para no salir entre las dos y las siete de la tarde, guías turísticos que adelantan las visitas a primera hora de la mañana, restaurantes que luchan contra el infierno de sus cocinas mientras los clientes se resguardan en casa. Galicia, como el resto del país, se adapta a marchas forzadas a un verano que parece más propio del Sahel que de la cornisa cantábrica.

Los datos no mienten. En lo que va de siglo, España ha experimentado más del doble de olas de calor que en las dos décadas anteriores. Ya no son eventos excepcionales, sino parte del calendario. Y con ellas llegan las noches tropicales —cuando no tórridas— que impiden el descanso, afectan la salud mental y colapsan los servicios sanitarios. Según el sistema MoMo, solo en Galicia se han registrado 210 muertes atribuibles al calor desde mayo. No hablamos de golpes de calor en la calle, sino de un estrés térmico acumulado que, silenciosamente, cobra vidas.

Más allá del termómetro

El impacto no es solo físico, sino también emocional. Las altas temperaturas agotan, irritan, desconectan. Generan una sensación de amenaza constante que cala hondo, especialmente en quienes no han crecido con esta realidad. No es solo que haga más calor, sino que nos sentimos más frágiles, más vulnerables. Para los mayores, para los niños, para quienes ya arrastran enfermedades, cada ola de calor es una prueba de resistencia.

En el campo, los viticultores del Ribeiro alertan de vendimias a más de 30 grados, algo que antes se habría considerado una locura. Y no es solo el calor: es la sequía. “Llevamos un mes sin ver una gota”, dicen al diario El País. Las viñas, los olivos, los cereales, todo sufre. Lo que antes era predecible, hoy se convierte en incertidumbre. El cambio climático ya no es una teoría.

¿Se puede hacer algo? Por supuesto. Pero el primer paso es dejar de tratar estos episodios como excepciones. La sociedad —y especialmente las administraciones— debe asumir que el calor extremo ha venido para quedarse. Hace falta adaptar los horarios laborales, revisar la planificación urbana, invertir en espacios verdes, modificar las normativas de construcción y reforzar la atención primaria. No basta con alertas y consejos para beber agua.

Galicia, con su envejecimiento poblacional, su dispersión geográfica y su cultura climática tradicional, es especialmente vulnerable. Si Ribadavia ha roto récords, mañana podría hacerlo cualquier otra localidad. El reto no es ya evitar los 42 grados, sino prepararse para que, cuando lleguen, no sean una amenaza mortal. @mundiario