El Fasher, la ciudad fantasma que confirma el fracaso internacional en Sudán
La visita de la ONU a El Fasher, capital de Darfur Norte, se produjo cuando ya casi no quedaba nada que observar excepto por ruinas, silencio y preguntas sin respuesta. Dos horas dentro de una ciudad que durante meses estuvo completamente cerrada al mundo bastaron para confirmar lo que las imágenes de satélite y los testimonios indirectos venían anunciando: El Fasher es hoy una escena del crimen a gran escala.
Que el equipo de Naciones Unidas haya logrado entrar —por primera vez desde la toma de la ciudad por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) en octubre— es relevante. Pero lo es tanto por lo que permite como por lo que evidencia. Permite verificar sobre el terreno el impacto humano de la ofensiva paramilitar; evidencia, al mismo tiempo, el vacío político y operativo que ha rodeado uno de los episodios más brutales del conflicto sudanés.
La descripción de Denise Brown, coordinadora humanitaria de la ONU en Sudán, es contundente: El Fasher parece una ciudad fantasma. Allí donde antes vivían cientos de miles de personas, hoy apenas quedan pequeños grupos de civiles en condiciones extremas, refugiados en edificios abandonados o bajo plásticos, sin agua potable, saneamiento ni servicios básicos.
Las cifras ilustran la magnitud del colapso. Antes de la ofensiva final, se estimaba que El Fasher albergaba a unas 260.000 personas, aunque otras fuentes elevan la población previa a más de un millón contando desplazados. Al menos 100.000 huyeron tras la toma de la ciudad. El paradero de decenas de miles sigue siendo desconocido. Esa ausencia masiva es el principal indicio de una violencia de dimensiones aún no cuantificadas.
El hospital como símbolo de la masacre
La prioridad del equipo de la ONU fue el Hospital Saudí, escenario de una matanza que se ha convertido en símbolo de la caída de El Fasher. Más de 460 personas murieron allí el día de la toma, entre pacientes, familiares y personal sanitario. Posteriormente, análisis del Centro de Investigación Humanitaria de Yale identificaron montones de restos humanos, huellas de sangre y posteriores intentos de destrucción de pruebas mediante la quema de cadáveres.
Hoy, el hospital sigue en pie, pero casi vacío. Hay personal médico —según organizaciones locales, retenido por las RSF—, escasos suministros y apenas pacientes. La infraestructura existe, pero la función humanitaria está neutralizada. Es una metáfora precisa de la situación general: los marcos formales permanecen, pero la protección real ha desaparecido.
La entrada de la ONU no aporta todavía cifras definitivas de muertos, pero sí refuerza las conclusiones más alarmantes. Investigaciones independientes hablan de asesinatos masivos, fosas comunes, detenciones a gran escala y secuestros sistemáticos. Las RSF habrían capturado a miles de personas en los días posteriores a la caída de la ciudad, muchas de ellas trasladadas a centros de detención improvisados o desaparecidas en rutas de huida.
Que aún no exista un balance oficial no reduce la gravedad de lo ocurrido. Al contrario: la ausencia de datos es en sí misma una consecuencia directa del bloqueo informativo, la inseguridad extrema y la falta de acceso humanitario. En este contexto, las estimaciones que apuntan a decenas de miles de víctimas no pueden descartarse como exageraciones, sino leerse como hipótesis plausibles ante la magnitud del vacío humano observado.
Acceso humanitario: un logro limitado
Brown subraya que la visita demuestra que es posible entrar y salir de El Fasher con seguridad relativa, lo que abre la puerta al envío de ayuda básica en pequeños convoyes. Es un avance necesario, pero insuficiente. Llega tras más de 18 meses de asedio, después de que se declarara la hambruna y cuando gran parte de la población ya ha sido desplazada, asesinada o detenida.
La cautela de la ONU —no entrar sin garantías, no aceptar condiciones políticas impuestas— es comprensible desde el punto de vista operativo. Sin embargo, el resultado práctico es que la presencia internacional solo se materializa cuando la destrucción ya es casi total. La neutralidad, en este caso, no ha evitado la catástrofe; simplemente la ha documentado a posteriori.
El Fasher no es una anomalía, sino un espejo. Refleja las limitaciones de un sistema internacional incapaz de garantizar corredores humanitarios, proteger civiles o disuadir a actores armados que actúan con total impunidad. La guerra de Sudán, definida por la ONU como la peor crisis humanitaria del mundo, ha quedado relegada a los márgenes de la agenda global. @mundiario