La exclusión severa atrapa a 2,5 millones de jóvenes en España
España presume de crecimiento económico, pero bajo la superficie de los buenos datos se esconde una fractura profunda. Los indicadores macroeconómicos pueden sonreír, los titulares pueden hablar de recuperación, pero la realidad para millones de jóvenes es otra: la de la precariedad estructural, la vivienda inaccesible y la sensación de haber nacido en el lado equivocado del sistema. El IX Informe FOESSA, elaborado por Cáritas, lo confirma con crudeza: 2,5 millones de jóvenes de entre 18 y 29 años viven hoy en situación de exclusión severa, una cifra que ha crecido un 83% desde 2007. Son, como advierte el documento, “los grandes perdedores del modelo socioeconómico actual”.
Mientras la economía se recompone, la desigualdad se cronifica. La supuesta movilidad social —esa promesa de que el esfuerzo y el talento bastan para prosperar— se ha convertido en un espejismo. “El código postal y la mochila familiar pesan más que la capacidad y el esfuerzo”, resume FOESSA. La educación obligatoria, antes considerada el billete mínimo para salir de la pobreza, ya no protege: solo quienes alcanzan el Bachillerato o la Formación Profesional logran mantener algo de estabilidad. El resto queda atrapado en un bucle de precariedad y dependencia familiar que les impide construir un proyecto vital autónomo.
Esta generación, nacida entre 1996 y 2007, ha crecido entre dos crisis: la Gran Recesión y la pandemia, sin conocer una etapa de bonanza sostenida. Son jóvenes con estudios que encadenan contratos temporales, becas sin derechos y alquileres imposibles. El trabajo ya no es garantía de inclusión. La pobreza trabajadora —personas con empleo que no llegan a fin de mes— se ha extendido a sectores enteros de las clases medias. Y mientras tanto, las promesas políticas de futuro se diluyen en un mercado que expulsa talento y acumula frustración.
El mito de la meritocracia se derrumba
El informe FOESSA lo llama con precisión: “mito de la meritocracia”. La idea de que el esfuerzo individual puede vencer cualquier obstáculo se desvanece cuando el origen familiar determina las oportunidades. Los hijos de padres con bajo nivel educativo tienen más del doble de posibilidades de caer en la pobreza. En un país donde el 29% de los menores vive bajo el umbral de la pobreza, el ascensor social se ha quedado sin cables.
España mantiene niveles de desigualdad por encima de la media europea y un modelo laboral que perpetúa la inestabilidad. Raúl Flores, coordinador del informe, lanza una advertencia que debería resonar en el Congreso: “Esta no es una crisis juvenil, es una crisis de sociedad que fractura la cohesión social y deteriora nuestra salud democrática”.
Mujeres y jóvenes: doble vulnerabilidad
La exclusión tiene rostro femenino. Aunque el perfil general de la exclusión severa es ligeramente masculino, las cifras cambian cuando se analiza quién sostiene el hogar. Casi la mitad de las familias en exclusión severa (42%) están encabezadas por mujeres, y en las monoparentales la tasa se ha triplicado desde 2007. La llamada “revolución laboral femenina” aumentó la participación de las mujeres en el mercado laboral, pero no eliminó la desigualdad: ellas siguen asumiendo el doble de horas de cuidados y tareas domésticas.
El resultado es una sociedad donde la igualdad formal no se traduce en igualdad real, y donde los avances laborales se ven neutralizados por una estructura que penaliza el cuidado, la maternidad y la pobreza heredada.
Crecimiento sin justicia social
Las crisis golpean con violencia; las recuperaciones apenas alivian. Es la paradoja española: crecimiento económico con exclusión estructural. Hoy, 9,4 millones de personas sufren algún tipo de exclusión social, más de cuatro millones de ellas en grado severo. La brecha generacional se agranda: mientras solo el 2% de los mayores de 65 años vive en exclusión severa, el 15,4% de los menores de edad la padece.
El informe FOESSA no deja espacio para el autoengaño: “No fallan las personas, falla el sistema”. La juventud no es pasiva ni conformista; tres de cada cuatro hogares en exclusión severa buscan empleo, formación o apoyo institucional. Pero sin políticas redistributivas sólidas, sin vivienda asequible y sin un Estado de bienestar renovado, el esfuerzo individual se estrella contra un muro estructural.
El malestar generacional crece. La desafección política, la frustración social y el éxodo de talento son síntomas de una herida más profunda: la sensación de que el futuro está hipotecado. Los jóvenes no quieren limosnas, quieren oportunidades. Y si España no logra ofrecérselas, no habrá recuperación que valga ni democracia que resista. @mundiario