Una década del Acuerdo de París: qué hemos logrado y qué estamos dejando escapar

Cambio climático./ RR SS
Diez años después del Acuerdo de París, el mundo llega a este aniversario con más calor acumulado, menos consenso político y un progreso climático insuficiente. Entender por qué este pacto ya no podría firmarse hoy es clave para comprender los riesgos que afrontamos.

Celebrar diez años del Acuerdo de París no es solo mirar atrás, sino entender cómo hemos llegado a un punto en el que el consenso climático internacional parece más frágil que nunca. En 2015, casi 200 países acordaron un marco común para frenar el calentamiento global y evitar escenarios catastróficos. Aquella imagen de unidad hoy parece un recuerdo lejano en un contexto en el que las grandes potencias se debaten entre agendas internas, crisis geopolíticas y una presión creciente de sectores que se resisten a perder privilegios.

Ese retroceso en la diplomacia climática no significa, sin embargo, que lo logrado sea irrelevante. París estableció un lenguaje común y una hoja de ruta reconocida globalmente, una especie de brújula colectiva en un planeta que sigue desorientado por décadas de dependencia fósil.

Qué ha fallado y qué sí ha cambiado

Conviene explicarlo sin rodeos: las emisiones globales siguen creciendo y la promesa de mantener la temperatura del planeta por debajo de 1,5 ºC se aleja. No es una cuestión abstracta, es la línea que separa impactos asumibles de escenarios que comprometen la seguridad alimentaria, la salud pública y la estabilidad económica.

El aumento de gases como el CO₂ o el metano responde a un modelo energético que todavía depende del carbón, el petróleo y el gas. Y aunque se ha avanzado en renovables y electrificación, la inercia de los sectores fósiles pesa como una losa. La salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, un movimiento que será oficial en enero de 2026, tampoco ayuda a un equilibrio ya delicado.

Aun así, no todo son malas noticias. Treinta y cinco países han logrado crecer económicamente mientras reducían emisiones, una demostración palpable de que desligar riqueza y contaminación no es un sueño tecnocrático, sino un camino posible. La masificación de paneles solares, baterías y movilidad eléctrica muestra que la tecnología ha empezado a empujar donde la política se queda corta.

Qué necesita el mundo para no perder otra década

La metáfora es inevitable: estamos en un barco que hace agua, pero cuya tripulación aún discute quién debe achicar primero. Y, sin embargo, hay soluciones al alcance. La principal es acelerar la reducción de emisiones antes de 2035. Las NDC actuales apenas garantizan una caída del 12%, cuando los científicos insisten en que debería ser del 60% para mantener vivo el objetivo de los 1,5 ºC.

Eso implica reformas profundas: eliminar subsidios fósiles, reforzar la eficiencia energética, rehabilitar edificios, impulsar la movilidad pública y proteger bosques que absorben parte del CO₂ que emitimos. No son ideas radicales, son medidas ya aplicadas en múltiples países que funcionan y generan empleo.

La cooperación internacional es imprescindible, pero la acción nacional también lo es. Ningún país resolverá esto solo, pero cada uno puede retrasarlo o acelerarlo. Y, a día de hoy, lo que falta no es tecnología, sino voluntad política sostenida.

El Acuerdo de París fue un punto de partida, no un destino. Diez años después, la pregunta no es si ha sido suficiente, sino si estamos dispuestos a que la próxima década sea la del cambio real o la del arrepentimiento tardío. El tiempo, como el clima, ya no espera. @mundiario