¿Cuáles fueron las fallas humanas que agrandaron la tragedia en Texas?
En el corazón de Texas, la tragedia se ha cebado una vez más con las poblaciones más vulnerables. Lo que comenzó como una advertencia meteorológica rutinaria en la tarde del jueves se convirtió en pocas horas en una catástrofe histórica. Las lluvias torrenciales duplicaron las previsiones más pesimistas y el río Guadalupe se transformó en una trampa mortal que engulló pueblos, campamentos de verano y comunidades enteras antes del amanecer. Más de un centenar de muertos y decenas de desaparecidos son hoy la consecuencia de una combinación letal: una naturaleza desatada y una respuesta institucional insuficiente.
A la pregunta de por qué ocurrió esta tragedia, las respuestas se enredan en un lodazal de acusaciones cruzadas. Las autoridades locales apuntan al Servicio Nacional del Clima (NWS) por no haber previsto la magnitud del fenómeno. Los meteorólogos, por su parte, aseguran haber emitido alertas puntuales, aunque reconocen que los modelos actuales no están preparados para anticipar fenómenos tan extremos y súbitos, que se agravan con un clima cada vez más inestable. La emergencia golpeó con una rapidez brutal, pero lo hizo sobre un territorio desprovisto de un sistema de alertas local, a pesar de que las inundaciones no son un fenómeno nuevo en la región.
La falta de previsión no es solo meteorológica, sino estructural y política. El condado de Kerr había debatido en años anteriores la instalación de un sistema de sirenas y sensores de nivel de agua, pero fue descartado por razones presupuestarias. Ahora, con las familias contando muertos y las autoridades locales intentando salvar su imagen pública, surgen las primeras iniciativas ciudadanas para que finalmente se instale. ¿Cuántas tragedias más hacen falta para que las inversiones en prevención dejen de ser consideradas un lujo?
El relato institucional se derrumba también al observar los protocolos de emergencia. En muchos casos, las alertas no llegaron a tiempo o no fueron tomadas en serio. El terreno montañoso habría dificultado la recepción de las señales móviles, y muchos campamentos de verano —incluido uno que albergaba a 750 niñas— no contaban con planes de evacuación adecuados. La tragedia del campamento Mystic, con al menos 27 muertes confirmadas, revela una negligencia imperdonable. No es razonable permitir la operación de estos centros sin planes de emergencia claros en una zona con antecedentes de crecidas.
Mientras tanto, desde la política federal, la respuesta ha sido tan previsible como decepcionante. Donald Trump, escudado en una retórica de excepcionalidad, ha calificado el desastre como un “evento que ocurre una vez cada 100 años”. Una forma de cerrar el debate antes de que comience, y de esquivar la responsabilidad por los recortes masivos en el Servicio Nacional del Clima durante su administración. Aún sin evidencias concluyentes sobre el impacto directo de la falta de personal esa noche, lo cierto es que la política de vaciar servicios públicos esenciales tiene consecuencias, y en este caso han sido fatales.
El problema no es solo el número de meteorólogos disponibles, sino también la ausencia de una coordinación eficaz entre las agencias federales y las autoridades locales. En la oficina del NWS en San Antonio —una de las más cercanas al desastre— una de las vacantes era la del coordinador de alertas, precisamente la figura encargada de planificar con los gobiernos locales los protocolos de evacuación. Su puesto quedó desierto tras los recortes. No es una coincidencia, es una muestra de cómo la desinversión en lo público debilita la capacidad de respuesta ante lo imprevisto.
Las aguas han bajado, pero la indignación sube. Mientras la población lidia con la pérdida de vidas y hogares, la clase política, sobre todo en el Partido Republicano, ha cerrado filas para evitar cualquier análisis crítico, tildando de “politización” los intentos de exigir responsabilidades. Pero ignorar la dimensión política de una catástrofe no la despolitiza; simplemente perpetúa los errores que la hicieron posible.
La tragedia de Texas no es solo consecuencia de una tormenta excepcional. Es el reflejo de una nación que no termina de aceptar que el clima ha cambiado, que las infraestructuras deben adaptarse y que la prevención debe dejar de ser un gasto para convertirse en una inversión estratégica. Cada alerta ignorada, cada sistema no instalado, cada experto despedido tiene un precio. Y esta vez, ha sido altísimo. @mundiario