La contaminación por ozono se dispara con el calor extremo en España

Vista panorámica de la contaminación en Madrid. / Greenpeace.
El repunte de las temperaturas anticipa una crisis invisible: el ozono troposférico amenaza la salud y la vegetación sin previo aviso.

En España, cada ola de calor se convierte también en una ola de contaminación invisible. El ozono troposférico, ese enemigo silencioso que no se ve ni se huele, se dispara con las altas temperaturas, dejando tras de sí un rastro de urgencias respiratorias, cultivos dañados y alertas que casi nadie escucha.

De hecho, este mes de junio se perfila como el más cálido desde que hay registros. Y con el calor sofocante, también se dispara la formación de ozono troposférico, un contaminante que no se emite directamente, sino que se forma en la atmósfera cuando otros contaminantes reaccionan con la radiación solar. El resultado: un gas altamente oxidante y dañino para la salud humana, la vegetación y los ecosistemas.

Este fenómeno no es nuevo, pero sí se está adelantando con una virulencia inusual. Este lunes, Miguel Ángel Ceballos, coordinador del informe La calidad del aire en el Estado español durante 2024, alertó que los niveles de ozono están alcanzando cifras propias de pleno verano. Por su parte, el programa Copernicus de la UE también se han señalado episodios de contaminación por ozono fuera de lo habitual, tanto en España como en el resto del continente europeo.

Lo más inquietante es que este gas, a diferencia de otros contaminantes atmosféricos como el NO2 o las partículas en suspensión, no tiene una fuente directa. No se trata de emisiones industriales o del tráfico rodado, sino de una combinación de factores: contaminantes precursores, radiación solar y calor. Cuanto más sube la temperatura, más se acelera esa reacción química en la baja atmósfera. El resultado es un repunte de la contaminación justo cuando más vulnerable está la población.

Un enemigo silencioso que castiga en verano

La mayor parte de la población no es consciente del peligro que representa el ozono troposférico. Según señala El País, esto afecta sobre todo a niños, personas mayores, embarazadas y pacientes con enfermedades respiratorias o cardiovasculares. No es casualidad que, cuando se registran niveles altos, aumenten las visitas a urgencias por crisis asmáticas o problemas cardíacos. A pesar de ello, las alertas son escasas, las administraciones fallan en informar y las medidas preventivas brillan por su ausencia.

En junio, ya se han registrado episodios preocupantes en el País Vasco, Madrid y Cataluña. Pero muchos gobiernos autonómicos ni siquiera emiten avisos adecuados, lo que deja a la población indefensa. Ecologistas en Acción advierte que hay comunidades sin planes de actuación ante picos de ozono, lo cual es inadmisible en un país que año tras año vive veranos extremos.

El ozono no solo afecta a la salud humana, también es tóxico para las plantas. Reduce la fotosíntesis, debilita las especies vegetales y merma el rendimiento agrícola. Según el último informe de Ecologistas en Acción, en 2024 un 81,2% del territorio español estuvo expuesto a niveles dañinos para la vegetación. Cultivos, bosques y áreas naturales sufren en silencio, mientras la política medioambiental se queda corta.

¿Mejora del aire? Sí, pero a medias

Aunque el informe reconoce una mejora general en la calidad del aire respecto a 2023 —gracias al auge de las energías renovables y a una progresiva transición hacia vehículos menos contaminantes—, los datos no invitan al optimismo. Aún hay un 63,7% de la población respirando aire contaminado si se aplican los estándares fijados por la Unión Europea para 2030. Y si se consideran los criterios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), toda España estaría afectada.

El ejemplo de Canarias es revelador: pese a la reducción general de contaminantes, las islas han registrado su tercer peor dato de la década en partículas PM10, debido a la intrusión de polvo africano. Esto evidencia que la contaminación del aire es un fenómeno complejo, con múltiples factores involucrados, y que requiere respuestas específicas según el territorio.

El diagnóstico está claro. Sabemos qué es el ozono troposférico, cuándo se forma, a quién afecta y cómo se combate. Lo que falta es voluntad política, comunicación efectiva y planificación preventiva. No podemos seguir esperando a que el termómetro marque 40 grados para darnos cuenta de que estamos respirando veneno.

España necesita reforzar sus sistemas de alerta, actualizar los límites legales a los nuevos estándares científicos y proteger a los grupos más vulnerables con políticas públicas serias. También es urgente que las ciudades elaboren planes de actuación ante los picos de ozono, como exige la ley, y que las comunidades autónomas dejen de mirar hacia otro lado. @mundiario