Cataluña impulsa un cambio de modelo hídrico para evitar otra sequía extrema
Hace un año, Cataluña respiraba aliviada tras unas lluvias intensas que permitieron salir de la peor emergencia hídrica registrada. Fueron más de 1.600 días de sequía, una cifra que retrata el nivel de vulnerabilidad de un territorio donde el agua siempre ha sido un recurso delicado, pero que hoy se ha convertido en una cuestión estructural. Los embalses han pasado del 15% a superar el 90%, pero ese dato no debería tranquilizarnos demasiado. Sería como celebrar que el barco vuelve a flotar después de una tormenta, ignorando que el casco sigue lleno de grietas.
La Generalitat ha decidido no repetir el error de 2008, cuando las lluvias apagaron el incendio y también el impulso político para reforzar infraestructuras. Esta vez, el Govern de Salvador Illa ha aprobado la memoria preliminar del anteproyecto de ley de transición hídrica, el primer paso para construir un marco legal estable que permita anticiparse y no improvisar cuando el agua escasea.
Desalación y reutilización como ejes del futuro
El objetivo central es ambicioso: que el 70% del agua utilizada provenga de recursos no convencionales en 2030. Es decir, depender menos de pantanos y lluvias, y más de fuentes como la desalación y la reutilización. El plan prevé añadir hasta 280 hectómetros cúbicos en cinco años, dentro de una inversión total de 2.300 millones de euros.
La desalación ocupa un lugar clave. Se contempla la ampliación de la desalinizadora de la Tordera, además de construir nuevas plantas en La Muga y en el Foix. Sin embargo, aquí aparece el primer gran problema: los retrasos. Algunas infraestructuras se aplazan hasta 2030 y otras incluso hasta 2032, y todavía dependen del visto bueno del Gobierno central. En un contexto climático tan imprevisible, esos años de demora no son un detalle técnico, son un riesgo político y social.
La otra gran apuesta es la reutilización del agua, un concepto que todavía genera dudas en parte de la ciudadanía. Consiste en regenerar aguas depuradas con tratamientos avanzados para devolverlas al río y permitir que se reutilicen en el sistema. Es una forma de cerrar el ciclo del agua en vez de dejar que se pierda en el mar. El plan quiere replicar en el Besòs lo que ya se aplica en el Llobregat, con la meta de alcanzar 245 hectómetros cúbicos reutilizados en 2040.
El reto silencioso está en las tuberías
Pero no todo depende de grandes plantas y megaproyectos. Hay un problema menos visible y quizá más urgente: la red municipal. De más de 800 expedientes de subvenciones para reparar cañerías y mejorar la eficiencia, apenas un 10% está finalizado. Esto demuestra una realidad incómoda, muchos ayuntamientos no tienen capacidad técnica ni administrativa suficiente para ejecutar obras que son vitales. No basta con aprobar ayudas si después el dinero se queda atrapado en trámites, licitaciones lentas o falta de personal.
Aquí es donde el debate debe madurar. La transición hídrica no puede ser solo una lista de infraestructuras, debe ser una política pública integral. La ley que se prepara tiene que blindar inversiones, coordinar administraciones y acelerar la modernización de redes. El agua no es solo un recurso, es un derecho básico. Y un país que espera a que llueva para funcionar no está gestionando el futuro, está jugando a la ruleta con su propia estabilidad. @mundiario