Autos sin muerte: la increíble saga de los clásicos cubanos que vencieron al tiempo, al bloqueo y al olvido
En diciembre de 1898, un objeto rodante no identificado comenzó a desencadenar reacciones insólitas en las calles de La Habana. Con su estruendoso y grosero trompeteo, provocaba el pánico entre los caballos que huían desbocados, las damas se persignaban espantadas y los hombres más bragados lo observaban con mezcla de temor y fascinación, intentando descifrar el secreto de su movimiento sin bestias. No faltó el criollo jocoso que juró que aquella “caja con ruedas” llevaba dentro a un gallego empujando.
Del asombro se pasó rápidamente al choteo, y la llegada del primer automóvil a La Habana se transformó en una especie de carnaval urbano. Al timón del misterioso aparato iba el señor Manuel Muñoz, un comerciante visionario que había traído el vehículo desde París, convencido del negocio que supondría su importación. Era un modelo de la firma “La Parisiense”, que se desplazaba a la “vertiginosa” velocidad de doce kilómetros por hora y costaba unos mil pesos. La empresa francesa, en un gesto pionero, le concedió a Muñoz la exclusividad de importación y venta en la isla.
Le siguieron otros aventureros del volante. Ernesto Sarrá, un farmacéutico emprendedor, introdujo un segundo automóvil, también francés, de la marca Rochet & Schneider. El tercero fue un pequeño camión vendido a una fábrica de cigarros, capaz de cargar media tonelada y con motor de cuatro caballos de fuerza. El cuarto auto, esta vez estadounidense, fue un Locomobile comprado por Rafael Arazoza, editor de La Gaceta de La Habana, por la no despreciable suma de cuatro mil pesos.
Aunque los europeos dominaron inicialmente el mercado, a partir de 1913 comenzó la era de los autos norteamericanos en Cuba, de la mano de la producción en cadena de Henry Ford. La isla, por su proximidad a EE UU y su creciente modernización, se convirtió en un auténtico escaparate de la industria automotriz estadounidense.
Durante la primera mitad del siglo XX, Cuba importó cientos de miles de vehículos estadounidenses. Las grandes marcas —Chevrolet, Ford, Cadillac, Buick, Dodge, Plymouth— llegaron a la isla en sus modelos más recientes. La Habana se convirtió en un laboratorio comercial y un paraíso automotriz donde el automóvil simbolizaba estatus, modernidad y prosperidad.
Para mediados de los años 50, Cuba tenía uno de los promedios más altos de autos per cápita en América Latina. Solo en La Habana circulaban más de 100 000 automóviles, y en toda la isla se registraban más de 160 000 vehículos motorizados, de los cuales entre el 80 y el 90% eran norteamericanos.
La sociedad cubana abrazó el automóvil con entusiasmo. Las clases medias y altas hicieron del coche propio una aspiración. La publicidad, omnipresente, prometía que “cualquiera podía tener un Buick”. Paralelamente, marcas europeas como Citroën, Mercedes-Benz, Volkswagen y Fiat también tuvieron presencia destacada en el mercado cubano.
Las competencias de autos y las exhibiciones eran parte habitual de la vida habanera. Carreras en el Malecón y el Paseo del Prado congregaban multitudes. Durante los carnavales, los convertibles desfilaban como carrozas móviles cargadas de disfraces, colores y mujeres elegantes. El automóvil era parte esencial de la estética urbana y la cultura festiva de la ciudad.
El 1 de enero de 1959 marcó el inicio de una nueva era. Con el triunfo de la Revolución, la relación comercial con Estados Unidos se deterioró rápidamente. En 1960, el embargo impuesto por Washington detuvo la entrada de autos, repuestos y productos estadounidenses. Fue entonces cuando comenzó una epopeya mecánica sin precedentes: los propietarios de autos americanos se vieron obligados a mantener vivos sus vehículos con lo que tuvieran a mano.
A falta de piezas originales, los cubanos iniciaron una gesta de invención e ingeniería popular que ha maravillado al mundo. Pistones soviéticos, carburadores chinos, platinos checos... Todo era adaptable. Nacieron miles de ingeniosas soluciones “criollas” que mantenían rodando a los “almendrones” —como se conoce popularmente a los autos antiguos— con vida artificial. Muchos mecánicos se ganaron el apodo de “Frankensteins del motor”, capaces de hacer funcionar cualquier motor con piezas recicladas y creatividad ilimitada.
Con la caída del bloque socialista en los años 90, la crisis se agudizó: ni repuestos norteamericanos ni soviéticos, y la incompatibilidad con la tecnología asiática ponía en jaque al parque automotor. Sin embargo, los clásicos resistieron. En pleno “Periodo Especial”, (estrategia de supervivencia para tiempo de guerra, adaptada a tiempo de paz, en la década del 90)) esos carros continuaron prestando servicio como taxis y transporte público informal. Frente al Capitolio habanero, aún hoy se pueden ver decenas de autos de los años 40 y 50, relucientes, operativos y en plena faena diaria.
Cuba posee hoy el mayor museo rodante de automóviles clásicos del mundo. Se estima que unos 50 mil vehículos de la primera mitad del siglo XX siguen circulando. Algunos son piezas de colección, otros apenas se sostienen, pero todos comparten una historia de resistencia, ingenio y orgullo. Muchos de sus dueños se han organizado en clubes como la Escudería de Autos Clásicos y Antiguos “A lo Cubano”, donde se agrupan también escuderías de autos británicos, motos Harley Davidson, motocicletas MZ alemanas y automóviles soviéticos como el Lada y el Moskvich.
Rallyes, exposiciones y encuentros se realizan con cierta regularidad, cuando las condiciones lo permiten. Estos eventos se han convertido en atracciones tanto para los habaneros como para los turistas, que no pierden la oportunidad de tomarse fotos con estas joyas mecánicas.
Hoy, en pleno siglo XXI, los autos sin muerte siguen escribiendo su historia. No son simples vehículos: son símbolos vivientes de una época, reliquias rodantes que desafían el tiempo. Sobreviven gracias a la tenacidad de sus conductores, a la mística de una ciudad que los adoptó como parte de su alma, y a la habilidad de quienes los transforman, reparan y mantienen vivos, día tras día.
Por los siglos, de los siglos... rodando.@mundiario


