Progreso sin sentido: por qué necesitamos otra forma de medir el bienestar
Durante siglos, la humanidad ha medido su avance en términos de producción, crecimiento económico y poderío bélico. Desde la Revolución Industrial, tal y como advertía el historiador Lewis Mumford, el tiempo se convirtió en horas de trabajo, la naturaleza en recurso explotable y el bienestar en una abstracción cuantificable. Pero ese reduccionismo, tan útil para las fábricas del siglo XIX, sigue impregnando muchas políticas del siglo XXI. La pregunta es: ¿nos está haciendo más felices?
La respuesta podría estar comenzando a trazarse en un proyecto internacional sin precedentes. Impulsado por investigadores como Tyler VanderWeele (Universidad de Harvard) y Byron Johnson (Universidad Baylor), el Estudio Global sobre el Florecimiento recoge datos de 200.000 personas en 22 países con el objetivo de identificar los ingredientes de una vida plena. Lejos de limitarse al PIB, el empleo o la esperanza de vida, este estudio incorpora más de 40 indicadores distribuidos en seis grandes áreas: felicidad, salud física y mental, propósito vital, carácter, relaciones cercanas y seguridad financiera.
El cambio de paradigma que propone este proyecto es revolucionario: no basta con que los países sean ricos, es necesario que sus ciudadanos florezcan. Y lo interesante es que los datos ya empiezan a arrojar lecciones reveladoras. Por ejemplo, el paso del tiempo parece ayudar: los mayores de 80 años puntúan su bienestar más alto que los jóvenes, algo que se invierte parcialmente en España, donde la crisis, la precariedad o la incertidumbre ambiental impactan en la franja adulta. Otro patrón constante es el valor del tejido comunitario: las personas casadas o quienes participan regularmente en servicios religiosos tienden a reportar mayor bienestar. La interpretación no es normativa —nadie debe casarse o ir a misa para ser feliz—, pero sí invita a reflexionar sobre el peso de la pertenencia y el compromiso.
¿Qué significa vivir bien?
La comparación entre países también demuestra que los caminos hacia una vida buena no son idénticos en todas las culturas. En algunos contextos, como Hong Kong, la asistencia religiosa influye mucho más que en India; y en España, los inmigrantes declaran más bienestar que los autóctonos, rompiendo ciertos tópicos sociales. Esto sugiere que las políticas públicas deberían diseñarse no solo desde datos objetivos, sino teniendo en cuenta las particularidades culturales y comunitarias de cada sociedad.
La gran virtud del Estudio Global sobre el Florecimiento es que no dicta recetas universales, sino que invita a una reflexión compartida: ¿qué significa vivir bien? ¿Cómo podemos crear condiciones que favorezcan no solo la supervivencia, sino el crecimiento integral de las personas? En un mundo marcado por la polarización, la ansiedad digital y la soledad, quizá no sea tan utópico volver a preguntarnos, con datos en la mano, qué es lo que de verdad importa.
Este proyecto es una interpelación directa a gobiernos, instituciones y ciudadanos: si aspiramos a una sociedad más justa y humana, necesitamos mirar más allá de las cifras macroeconómicas. Porque tal vez, como intuía Mumford, el verdadero progreso no se mide solo en números, sino en la calidad de nuestras vidas. ¿Estamos dispuestos a replantear nuestras prioridades? @mundiario