Trenes parados, carreteras colapsadas: el segundo día sin Rodalies en Cataluña
Cataluña ha despertado este jueves atrapada en una paradoja tan cotidiana como insoportable: trenes preparados, estaciones abiertas, megafonía encendida… y ningún tren en circulación. El servicio de Rodalies sigue completamente paralizado por el plante de los maquinistas, dos días después del accidente mortal de Gelida, y la promesa de normalidad lanzada por la Generalitat se ha evaporado antes de las seis de la mañana.
El segundo día consecutivo de parálisis ferroviaria no es solo una incidencia técnica ni un conflicto laboral más. Es la constatación de un sistema frágil, tensionado durante años, que colapsa en cuanto se quiebra la confianza entre quienes lo operan y quienes lo gobiernan. Mientras 400.000 usuarios diarios buscan alternativas imposibles, los trenes permanecen inmóviles por una razón tan simple como decisiva: sin maquinistas, no hay Rodalies.
La escena se repite en estaciones clave como Sants o la Estació de França. Vagones listos, motores encendidos y personal de seguridad explicando lo inexplicable. La información es confusa, contradictoria y tardía. Los usuarios escuchan por megafonía que el servicio se retomará “progresivamente”, pero los trabajadores admiten que no hay ninguna confirmación real. El desconcierto se convierte en rutina.
En paralelo, las carreteras han asumido el golpe. Las rondas de Barcelona y todos los accesos a la ciudad aparecen colapsados desde primera hora, agravados por la lluvia y por el corte de la AP-7 en el tramo de Martorell a Sant Sadurní d’Anoia, justo en el punto donde se produjo el hundimiento del muro que provocó el accidente mortal del martes. El resultado es una ciudad bloqueada y una sensación colectiva de impotencia.
Un conflicto que va más allá del accidente
El plante de los maquinistas no nace de la nada. El accidente de Gelida, en el que murió un conductor, ha actuado como detonante de un malestar acumulado. Los sindicatos denuncian que no existen garantías documentadas sobre la seguridad de las líneas y exigen certificaciones por escrito, además de una investigación técnica y judicial. Circular “con miedo”, sostienen, no es una opción.
Renfe habla de “causas operativas”. La Generalitat, de una situación “intolerable” y ha anunciado la apertura de un expediente a la operadora por no prestar servicio pese a haber garantizado la seguridad. El cruce de reproches evidencia un problema estructural: cuando algo falla, nadie asume del todo la responsabilidad y el usuario queda en tierra de nadie.
Trenes parados, ciudadanos atrapados
El impacto del paro no es solo logístico, es emocional. Trabajadores que llegan tarde, estudiantes que no pueden acudir a clase, citas médicas perdidas y viajes cancelados. Rodalies no es un servicio accesorio: es la columna vertebral de la movilidad cotidiana en Cataluña. Cuando se detiene, el territorio se encoge.
La Generalitat ha activado transportes alternativos, refuerzos en Ferrocarriles y autobuses, y ha suspendido la Zona de Bajas Emisiones en Barcelona. Medidas de emergencia que alivian, pero no resuelven. Ninguna flota de autobuses puede sustituir de verdad una red ferroviaria metropolitana.
La huelga que asoma en el horizonte
El conflicto amenaza con alargarse. Los maquinistas ya han convocado tres días de huelga en febrero y vinculan su protesta a una “semana negra” del ferrocarril español, que incluye el gravísimo accidente de Adamuz. El mensaje es claro: antes de volver a circular, quieren garantías, protocolos claros y responsabilidades.
Mientras tanto, Renfe insiste en que mantiene el diálogo abierto y confía en una reanudación “lo antes posible”. Pero la experiencia reciente ha erosionado la credibilidad de estos anuncios. Cada hora sin trenes pesa más que cualquier comunicado.
Lo que ocurre estos días en Cataluña no es solo una crisis puntual. Rodalies se ha convertido en el símbolo de un modelo de gestión agotado, atrapado entre administraciones, infrafinanciado y sometido a una presión constante. @mundiario