Sánchez corta amarras con Israel con una rectificación forzada por presiones internas

Fernando Grande-Marlaska, ministro de Interior. / RR SS.
El presidente del Gobierno ha dado un paso atrás ordenando la anulación de un contrato de munición con una empresa israelí tras las duras críticas de sus socios de coalición. 

La política, como el ajedrez, exige saber cuándo sacrificar una pieza para salvar la partida. Pedro Sánchez, en una jugada que combina reflejos tácticos y supervivencia política, ha ordenado la cancelación unilateral del polémico contrato de compra de balas a una empresa israelí, una decisión que choca frontalmente con la postura que su propio Gobierno había defendido hasta hace apenas unas horas. La orden supone una desautorización directa al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, quien había mantenido la validez del contrato por razones técnicas y económicas, escudado en un dictamen de la Abogacía del Estado.

Sin embargo, el contexto ha terminado pesando más que los argumentos jurídicos. La presión de Sumar, liderado por Yolanda Díaz, fue inmediata y contundente desde que trascendió la noticia. El escándalo se agravaba por la aparente discreción con la que Interior había intentado reactivar el contrato durante el parón de Semana Santa, ignorando el compromiso adquirido por el presidente en sede parlamentaria: no habrá negocios armamentísticos con Israel mientras dure la ofensiva militar sobre Gaza.

No es solo una cuestión de coherencia moral, sino de pura supervivencia política. Sánchez ha querido evitar que el fuego cruzado entre los socios del Ejecutivo se convierta en un incendio incontrolable. La coalición ya venía resentida por el reciente aumento del gasto en defensa, una decisión adoptada con matices y reticencias por parte de Sumar e IU. El nuevo escándalo reactivaba los fantasmas de la ruptura y alimentaba el discurso de una izquierda fragmentada y sin rumbo.

La decisión de Sánchez llega, además, en un momento de máxima sensibilidad internacional. El Gobierno español ha sido una de las voces europeas más críticas con la actuación de Israel en Gaza, incluso respaldando la denuncia por crímenes de guerra contra Netanyahu en la Corte Penal Internacional. En ese contexto, mantener una relación comercial con una empresa israelí del sector armamentístico resultaba insostenible, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. No se puede defender la causa palestina y, al mismo tiempo, financiar —aunque sea indirectamente— a quienes bombardean Gaza.

Esta marcha atrás, la segunda en pocas semanas, no solo reabre el debate sobre la coordinación dentro del Ejecutivo, sino que deja a Marlaska en una posición política debilitada. El ministro ha quedado expuesto, convertido en chivo expiatorio de una operación fallida, y su continuidad al frente del Ministerio vuelve a ser objeto de debate en los pasillos del Congreso.

Mientras tanto, Díaz capitaliza el movimiento. Sumar ha logrado imponer su postura y emerge como el garante de una política exterior coherente con los principios humanitarios que dice defender. IU, por su parte, ha advertido que seguirá con “marcaje estricto” a sus socios, elevando el tono contra cualquier intento de reanudar vínculos comerciales con Israel en materia militar. Y Podemos, aunque ya fuera del Gobierno, redobla su ofensiva para marcar perfil propio, acusando al Ejecutivo de “financiar el genocidio” en Gaza y criticando el incremento del gasto militar.

En última instancia, lo que esta crisis refleja no es solo un conflicto puntual sobre un contrato de balas, sino una tensión de fondo sobre la orientación ideológica del Gobierno. Sánchez ha optado por ceder, consciente de que la factura política de mantener el acuerdo era demasiado alta. Ha elegido la coherencia, o al menos la apariencia de ella, frente a un electorado progresista cada vez más exigente con los principios que dice defender su Gobierno.

Pero esta rectificación no resuelve el problema de fondo: la fragilidad de una coalición que camina por la cuerda floja, atrapada entre equilibrios imposibles, pulsos internos y compromisos internacionales. La gestión de esta crisis ha evitado una ruptura inmediata, pero ha dejado cicatrices que tardarán en curarse. La política exterior, el gasto en defensa y las contradicciones de un Gobierno dividido seguirán marcando la agenda en los próximos meses. Porque en este tablero, cada movimiento cuenta. Y no todos los peones son prescindibles. @mundiario