Marlaska se tambalea, pero no cae: la enésima crisis que Sánchez gestiona sin ceses

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno; y Fernando Grande-Marlaska, ministro de Interior. / RR SS.
Pedro Sánchez ha vuelto a desautorizar a uno de sus ministros sin prescindir de él. Fernando Grande-Marlaska, señalado por la compra de munición a una empresa israelí, se mantiene al frente de Interior en un nuevo ejercicio de equilibrios políticos.

Las crisis políticas, como las tormentas de verano, llegan con rapidez, estallan con fuerza y dejan tras de sí un terreno embarrado del que cuesta salir. La última sacudida en el Gobierno de coalición tiene nombre propio: Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior desde 2018, protagonista de múltiples polémicas y superviviente imperturbable en un Ejecutivo en constante reconstrucción. Esta vez, la controversia nace de un contrato por valor de seis millones de euros con una empresa israelí para la compra de munición, un acuerdo que contradecía de forma frontal la posición pública del presidente Sánchez sobre el conflicto en Gaza.

La operación, sellada y publicada en plena Semana Santa —con evidente intención de diluir su impacto mediático—, supuso un terremoto político de gran magnitud. No solo puso en evidencia al ministro Marlaska, sino que desautorizó directamente al propio presidente, que había garantizado ante el Congreso que España no adquiriría material bélico procedente de Israel mientras continúen los bombardeos en Gaza. La noticia, destapada por la Cadena SER, provocó un incendio inmediato en la coalición, especialmente en las filas de Sumar, donde el malestar fue mayúsculo. Izquierda Unida llegó incluso a deslizar la posibilidad de abandonar el Gobierno si no se rectificaba la decisión.

Sánchez, consciente del impacto político y diplomático del asunto, optó por una solución quirúrgica: forzó la marcha atrás sin cesar a nadie. La fórmula elegida para anular el contrato —la denegación de permiso por parte de un órgano externo a Interior, la junta de inversión de material de doble uso— evitó entrar en conflicto legal y permitió presentar la rectificación como un gesto técnico, no político. Pero el mensaje de fondo es claro: el presidente actúa como muro de contención, no tanto por convicción, sino por pura necesidad de supervivencia institucional.

Fernando Grande-Marlaska, como otras veces, ha sido corregido pero no sustituido. Este patrón se repite ya con frecuencia inquietante. Fue cuestionado durante la tragedia en la valla de Melilla, ha sobrevivido a las críticas por su gestión migratoria, ha cambiado parte de su equipo en varias ocasiones y, aun así, continúa aferrado a su cartera. Su resistencia al desgaste resulta sorprendente, incluso en un gobierno acostumbrado a administrar la crisis como método de gestión. No es tanto un escudo, como una pieza clave que Sánchez parece no querer (o no poder) reemplazar, quizás por falta de recambios solventes o para no dar más señales de fractura interna.

Pero lo más significativo de esta crisis no es la continuidad de Marlaska, sino lo que revela sobre el presente y el futuro de la coalición. La contradicción entre los compromisos públicos del presidente —como el reconocimiento del Estado palestino o la denuncia ante La Haya contra Netanyahu— y las decisiones internas de algunos ministerios refleja una falta de cohesión preocupante. Cada traspiés alimenta la sensación de que el Gobierno va sorteando baches sin un rumbo claro, más preocupado por mantener la estabilidad que por construir una narrativa coherente.

Y lo que está por venir no invita al optimismo. Con la cumbre de la OTAN a la vuelta de la esquina y la presión para aumentar el gasto en defensa, las tensiones con Sumar, especialmente con su ala más próxima a IU, seguirán creciendo. La coalición salvó el tipo una vez más, pero lo hizo a costa de una nueva fractura en la confianza y de una imagen de debilidad en la toma de decisiones clave.

Sánchez y Yolanda Díaz intentan ahora pasar página con la ley de reducción de jornada laboral como nuevo eje de su agenda legislativa. Pero saben que el verdadero reto será mantener cohesionada una alianza cada vez más desgastada y enfrentada, no solo por la ideología, sino por la gestión misma del poder. En ese tablero inestable, Marlaska se mantiene, por ahora, como uno de esos peones que nunca avanzan, pero tampoco caen. El precio, una vez más, es la erosión silenciosa de la autoridad presidencial. @mundiario