La fuga de Mazón deja a Feijóo atrapado en la trampa que él mismo construyó con Vox

Alberto Núñez Feijóo, líder del PP y Santiago Abascal, líder de Vox. / Mundiario
La salida de Carlos Mazón no solo abre una crisis en la Generalitat Valenciana: expone la debilidad estratégica del PP frente a Vox, que ahora marca los tiempos y las condiciones de la sucesión.

La política española vive momentos de volatilidad, pero pocas escenas reflejan tan bien la fragilidad del poder como la que se despliega hoy en Valencia. La dimisión —o, más bien, la retirada tensa y sin nombre formal— de Carlos Mazón no es solo un episodio personal ni una consecuencia aislada de una crisis mal gestionada. Es una pieza de dominó que amenaza con caer sobre el tablero del Partido Popular y, por extensión, sobre la estrategia nacional de Alberto Núñez Feijóo.

La Comunitat Valenciana, territorio clave y símbolo del “giro azul” del PP, ha pasado en cuestión de horas de ser un bastión consolidado a un terreno resbaladizo donde Vox vuelve a tener la llave. La misma llave que cedió el poder a Mazón en 2023 ahora determina si habrá un relevo pactado o una ruptura que lleve a urnas anticipadas. Un déjà vu incómodo para Feijóo, que ve reabrirse su primer experimento autonómico con la extrema derecha justo cuando busca construir un perfil institucional y alejarse de los tonos duros que impulsan a Santiago Abascal.

Vox, consciente de su nuevo rol de árbitro, no tiene prisa. Y no la necesita. Sabe que el PP llega a esta negociación sin aire, dividido, sin un nombre indiscutible y con un horizonte electoral que no le favorece si el calendario se adelanta. Abascal, desde la distancia, ya ha marcado el tono: reproche público, advertencias veladas y un mensaje claro, si alguien va a pagar factura política aquí, que sea el PP.

La ironía es evidente: Mazón fue el primer presidente autonómico elegido con el apoyo explícito de Vox, una alianza rápida que en su momento se exhibió como pragmatismo de gobierno. Hoy, esa urgencia se revela como la semilla de la dependencia actual.

En este contexto, Feijóo se encuentra ante un dilema sin buenas salidas. No cuenta con un candidato indiscutible. María José Catalá es una figura potente, pero moverla de Valencia supondría sacrificar una plaza estratégica; Juan Francisco Pérez Llorca ofrece continuidad y puente con Vox, pero su perfil está lejos de ser un revulsivo político. Y en el PP valenciano hay quienes suspiran por Vicent Mompó, aunque legalmente no pueda ser investido ahora. En otras palabras: el partido no tiene plan cerrado y Vox sí tiene vetos.

Lo que se dirime no es solo un nombre, sino el proyecto del PP para una región clave y, más aún, la capacidad de Feijóo de controlar su propio espacio político frente a un socio cada vez más exigente y fortalecido por las encuestas y el clima europeo.

En términos de poder, Vox huele la sangre y juega al desgaste. Si consigue imponer candidato, habrá demostrado su hegemonía estratégica dentro del bloque conservador. Si fuerza elecciones, podría aspirar a la co-capitalización del desgaste del PP y a un salto adelante en representación. ¿Y el PP? Se enfrenta al peor de los escenarios: o traga condiciones o se arriesga a perder el gobierno y dinamitar su narrativa de gestión.

Todo ello mientras Mazón sigue en funciones, protegido por su escaño y su aforamiento, y con la posibilidad de una baja médica sobrevolando su futuro inmediato. La retirada, lejos de ser limpia, deja hilos sueltos y la sensación de que la salida personal de Mazón responde tanto a desgaste emocional como a cálculos partidistas y judiciales.

Este episodio no es un borrón temporal: marca un punto de inflexión político. La derecha valenciana, que vio en la etapa post–Botànic un ciclo largo de hegemonía conservadora, ahora se asoma a un escenario impredecible. La izquierda observa el proceso con una mezcla de satisfacción contenida y oportunidad estratégica: un adelanto electoral podría movilizarla como en 2023.

En definitiva, la crisis abierta en la Generalitat es un espejo nítido de la encrucijada del PP: querer presentarse como partido de Estado sin renunciar al poder obtenido con Vox; intentar moderación mientras la extrema derecha marca ritmos y discursos; aspirar a gobernar España mientras en Valencia lucha por gobernarse a sí mismo.

La pregunta ya no es si Mazón podía continuar. La pregunta es si Feijóo podrá resistir una negociación a vida o muerte con quien ya ha demostrado que su prioridad no es salvar al PP, sino ganar terreno político aunque sea entre los restos de su socio.

Valencia, hoy, es laboratorio y advertencia. El desenlace, cuando llegue, dirá mucho más que quién ocupa un sillón: dirá si la derecha española puede sostener una estrategia propia… o si, una vez más, Vox decide por ella. @mundiario