España en la encrucijada entre un resolutivo Elíseo y una Zarzuela decorativa

eliseo
Unos Reyes en un Palacio republicano

Con todos los respetos a su Majestad Felipe VI, la monarquía era solo una valiosa herramienta para unir lo que la historia y el franquismo habían separado: a los españoles. Ahora que hemos constatado que no hemos aprendido a convivir, quizá haya que cambiar de herramienta para, al menos, aprender a cohabitar.

España en la encrucijada entre un resolutivo Elíseo y una Zarzuela decorativa

Ni Ferreras el de La Sexta, que mira que suele estar al loro, el hombre, cayó en la cuenta de que la Bolsa se puso a subir y la Prima de Riesgo a bajar, casualmente, en el breve espacio de tiempo en el que éste país tuvo dos presidentes simultáneamente. Sí, sí, cuando Ana Pastor giró su cabeza a la derecha y dijo: “gracias señor Presidente”, y luego a su izquierda y repitió: “gracias señor presidente”, como si el Congreso de sus Señorías hubiese hecho talmente al mundo una de esas tentadoras ofertas del 2x1 de unos grandes almacenes. Ya puestos a dejar volar nuestra imaginación, esa que estos días desata la euforia de la España pluriprogresista y el sentimiento Mcarturiano de la España conservadora que grita o susurra: ¡volveremos!, dejadme que vuele la mía, hombre, la de este pobre iluso que se ha pasado la vida elucubrando una solución para unir lo que la historia lleva separando por los siglos de las siglas.

Lo urgente y lo importante

Los sesudos politólogos que van pasando por los platós de televisión, las emisoras de radio y medios escritos, se estrujan la cabeza estos días intentado trasladarle al nuevo Presidente del Gobierno las primeras medidas de choque que debería afrontar para que, en este país, sus 46 millones de seres humanos pudiesen sentir en sus rostros la fresca brisa del cambio. Por lo visto es más urgente hacer cumplir la Ley de la Memoria Histórica que la Constitución; subir las pensiones a quienes las perciben que asegurarles pensiones al elevado número de compatriotas que, por motivos distintos y distantes, ni siquiera tienen derecho a ellas; derogar la Ley Mordaza que anular el antidemocrático principio de “presunción de culpabilidad” que se le permite aplicar a la Agencia Tributaria; abordar con decisión la igualdad de género que abrir el melón de la equidad, un español/un voto, en La Ley electoral; incluso quitarle medallas a siniestros comisarios que retirarle discriminatorias inmunidades y privilegios a sus voluntariosas señorías que, por cierto, ocupan sus escaños voluntariamente, y cosas así que no discriminan entre lo urgente y lo importante.

¿Un Palacio del Elíseo o un Palacio de la Zarzuela…?

Hombre, como obra de teatro, no está mal. Como gestos propagandísticos de cara a la galería y próximas encuestas del CIS, no seré yo el que niegue su eficaz repercusión. Pero, la pregunta es: ¿queremos cambiar las cosas para que cambie la vida de los españoles o queremos cambiarlas para que todo siga igual? Esa es la cuestión que, a mis escasas luces, debería estar planteándose el flamante nuevo inquilino de La Moncloa. Creo, como un axioma, que este país está cansado de su inútil Monarquía florero, acohonado ante una tercera fotocopia de República caótica y quizá desesperanzado ante la subconsciente expectativa de una República moderna, homologable en occidente, con un Presidente y un Primer Ministro que unas veces puedan compartir ideología y, otras, puedan practicar la fructífera y envidiable “cohabitación” de nuestros vecinos franceses y lusitanos. Con todos los respetos para su Majestad el Rey Felipe VI y la mayor predisposición para agradecerle los servicios prestados y los que no ha podido o no le han dejado prestar, si un país está pidiendo a gritos un resolutivo Palacio del Elíseo, de Belém, en vez de un Palacio florero como La Zarzuela, es esta España nuestra en la que una mitad siempre está dispuesta a matar o resignada a morir de la otra media. Nos cuesta tanto convivir, que deberíamos habilitar herramientas políticas e institucionales para, por lo menos, poder cohabitar.

Ni República para progres, ni monarquía para conservadores

¿Tendrá usted lo que hay que tener para afrontar un cambio de fondo en vez de echar otra mano de pintura a nuestra historia, señor Sánchez? ¿Tiene cohones para imponer de una puñetera vez el principio fundamental de la democracia, “un hombre/una mujer, un voto”, en vez de  esta cobarde parodia territorial de la densidad y el peso del voto por metro cuadrado? Ahora o nunca, ¿me oye usted, Presidente. Podemos hacer una III República escarmentada e innovadora, un nuevo pan con trasnochadas ostias anti y pro republicanas o seguir haciendo el gilipollas, con perdón, manteniendo al personal convencido de que las repúblicas son cosa de rojos, de izquierdas, de progresistas y las monarquías cosa de azules, de derechas, de conservadores. Ante semejantes retos del futuro inmediato, a mí, qué quieres que te diga, me ocurre lo mismo que a Rafa Nadal ante los recientes retos que hemos afrontado: “me gustaría votar” Eso, sí: con otra Ley Electoral ante la que todos los españoles seamos iguales, sin discriminaciones positivas, sin complejos territoriales, sin el miedo postfranquista que inspiró a los artífices de la Transición, últimamente denostada por tantos y por la que han empezado a doblar tantas campanas mediáticas.

Por favor, está vez no nos den de nuevo gato por liebre, maquillaje por  cambio , parole, parole, parole por hechos, hechos, hechos… @mundiario

España en la encrucijada entre un resolutivo Elíseo y una Zarzuela decorativa
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