Albert Rivera, seis años después: reflexiones de una exconcejala de Ciudadanos
No es fácil ver a Albert Rivera en una entrevista larga y profunda y no remover algo dentro. Para quienes estuvimos dentro de Ciudadanos —como militantes, candidatos, concejales—, sus palabras despiertan recuerdos, frustraciones y un debate pendiente: ¿en qué momento se desvió todo? ¿Y por qué, a pesar de los errores, seguimos sintiendo que hacía falta un proyecto como ese?
Yo fui candidata a la alcaldía de A Coruña y concejala por Ciudadanos. Viví desde dentro la ilusión de quienes queríamos hacer política con una base ética firme, con sentido de Estado y sin complejos. Por eso esta conversación, seis años después de su retirada, no la escuché como una espectadora más. La escuché desde la trinchera de los que intentamos transformar desde dentro y salimos, como él, con heridas, pero también con la certeza de haberlo intentado por convicción.
Rivera no rehúye nada. Asume errores, reconoce que fue "pardillo" frente a los poderosos, y se mantiene fiel a los valores que lo impulsaron a liderar un partido que nació contra el nacionalismo excluyente en Cataluña y que llegó a tener 57 escaños. Dice que no se arrepiente. Yo tampoco.
El precio de ser libres y el silencio de los medios
Uno de los momentos más reveladores es cuando explica por qué rechazó ser vicepresidente con Rajoy: porque no quiso ser desleal con sus principios. También porque entendía que la corrupción estructural no podía formar parte de un nuevo proyecto regenerador. Fue una decisión ética que pocos habrían tomado en su lugar, y que algunos medios no supieron —o no quisieron— valorar.
En 2019, Rivera se despidió del Congreso con un discurso que muchos calificaron de apocalíptico. Hoy, visto en perspectiva, su crítica a Pedro Sánchez se ha convertido en una predicción cumplida: una democracia sin límites institucionales claros, medios de comunicación cada vez más condicionados, y una sociedad adormecida ante la erosión del Estado de Derecho.
"Tener razón no sirve de nada si no te la dan", dice Rivera. Y quienes lo vivimos desde dentro sabemos cuántas veces alertamos de cosas que nadie quiso escuchar.
¿Qué queda del espíritu de Ciudadanos?
No me interesa reabrir heridas ni justificar errores. Los hubo. Y muchos. Pero el debate sobre Ciudadanos no puede quedar reducido al relato del fracaso. Porque detrás hubo miles de personas que se dejaron la piel por un proyecto que —con todas sus imperfecciones— intentaba romper el bipartidismo, modernizar la política, y poner encima de la mesa debates incómodos pero necesarios.
Hoy, Ciudadanos no está. Pero el hueco que dejó tampoco lo ha ocupado nadie. Ni el centro político, ni la defensa firme de la Constitución, ni la exigencia de regeneración institucional tienen un referente claro en la España actual.
¿Había ingenuidad? Sí. ¿Hubo errores estratégicos? También. Pero hubo, sobre todo, una apuesta por hacer política sin trampas, sin redes clientelares, sin miedo a incomodar a los que siempre han mandado.
Rivera, el poder y la resistencia ética
Rivera no se ve como eterno candidato ni quiere ser parte del club de "expolíticos que no saben marcharse". Se le nota cansado, pero también lúcido. Su escepticismo es el de alguien que ya no espera nada, pero que aún cree que es posible encender chispazos de libertad. Y eso, en los tiempos que corren, ya es mucho.
Verlo hablar hoy, sin partido, sin atril, sin necesidad de agradar, lo hace más creíble que nunca. Porque no está vendiendo nada. Solo está compartiendo la visión de alguien que estuvo allí, y que decidió marcharse cuando ser coherente significaba desaparecer del mapa político.
Yo también me marché. Y como él, sigo pensando que hay que volver a reivindicar el pensamiento crítico, la educación cívica, la política con límites y valores. No porque sea rentable, sino porque es necesario.
Una última reflexión
Esta entrevista no es solo un balance de Rivera. Es también un espejo para quienes creímos en Ciudadanos, para quienes intentamos hacer política sin deberle favores a nadie, y para quienes todavía creemos que hay otra forma de estar en lo público.
Seis años después, quizá no queda partido. Pero queda algo más importante: la conciencia de que vale la pena seguir defendiendo la libertad, la ética y la verdad, aunque incomoden. Porque como él dice, "gente libre es gente incómoda". Y, a veces, ser incómodo es la única forma de ser verdaderamente útil.
Este análisis parte de las reflexiones recogidas en la siguiente entrevista, que puede verse íntegra a continuación. @mundiario