EL PODCAST DE MUNDIARIO

Laxe: “Los políticos llevan ahora los discursos escritos y las réplicas también”

Fernando González Laxe inaugura El Podcast de MUNDIARIO, donde reclama más sensibilidad política y reflexiona sobre la falta de escucha en la política actual.

El Podcast de MUNDIARIO arranca con un protagonista de excepción: Fernando González Laxe, expresidente de la Xunta de Galicia y de Puertos del Estado, economista y catedrático emérito de la Universidade da Coruña. En esta primera entrega, Laxe lanza un mensaje claro a la política actual: la necesidad de recuperar la escucha activa y la sensibilidad hacia los problemas reales de la ciudadanía. “Yo no veo a los políticos actuales escuchando a la gente”, afirma con rotundidad. A su juicio, los dirigentes viven más pendientes de discursos escritos que de la confrontación real de ideas en los parlamentos, tanto en Galicia como en Madrid, Bruselas o incluso Naciones Unidas. “Siempre hay aspectos comunes, acuerdos posibles, entendimientos que permitirían doblar esfuerzos, pero nadie escucha”, lamenta.

El expresidente gallego evoca su experiencia al frente del llamado gobierno tripartito, que unió a tres partidos con sensibilidades distintas y que, pese a sus discrepancias internas, nunca perdió una votación en la Cámara. Para Laxe, aquel ejemplo demuestra que el consenso y la negociación son posibles cuando existe voluntad política.

AVISO A QUIENES GOBIERNAN

Su intervención también deja un aviso sobre la responsabilidad de quienes gobiernan. Frente al ruido mediático o las presiones externas, defiende que un ejecutivo debe marcar el rumbo a través de los cauces institucionales: decretos, leyes y acuerdos parlamentarios. “Un miembro del gobierno no necesita manifestarse, tiene las herramientas de la administración para actuar”, recuerda. Hoy, sin embargo, advierte que las decisiones parecen condicionadas por factores ajenos a la capacidad de gobernar: declaraciones improvisadas, errores individuales o reacciones desordenadas que desdibujan la autoridad de los poderes públicos.

La voz de Laxe tiene un peso especial no solo por su pasado político, sino por su trayectoria académica y profesional. Economista de formación, fue presidente de la Xunta de Galicia entre 1987 y 1990, y desde entonces ha desarrollado una intensa labor docente e investigadora. Actualmente es catedrático emérito de la Universidade da Coruña, donde dirigió el Instituto de Estudios Marítimos. Es también codirector del Anuario de Estudios Marítimos, forma parte de la dirección del Foro Económico de Galicia y coordina la serie de Economía del Proyecto Galicia de Hércules Ediciones.

El estreno de El Podcast de MUNDIARIO con su testimonio refuerza la vocación de este medio por abrir espacios de análisis y reflexión. Un podcast es un formato de comunicación digital en auge, que permite escuchar contenidos en audio o video en episodios descargables o en streaming. Su gran ventaja es que se consumen “bajo demanda”, es decir, cuando el usuario lo desea, lo que facilita acceder a entrevistas, debates y análisis en cualquier momento y desde cualquier dispositivo.

FORMATO INNOVADOR

Con esta combinación de fondo biográfico, reflexión política y un formato innovador, MUNDIARIO inaugura una nueva etapa en su estrategia de comunicación, dando protagonismo a voces autorizadas y ofreciendo contenidos pensados para una audiencia que busca profundidad, pero también flexibilidad en la forma de informarse. El Podcast de MUNDIARIO se puede seguir desde este periódico pero también a través de nuestro canal de Youtube y a través de nuestras redes sociales Instagram, y Tik Tok.

Así fue la conversación con Fernando González Laxe.

— Presidente, antes de todo, ¿con qué se queda? ¿Con un disco de jazz, con el Dépor o quizá con esa lista de Joshua Tree?

— Con el jazz. El jazz es la combinación de muchas personas que tienen que ir al mismo ritmo, con la misma intensidad y, al mismo tiempo, ser creativas y demostrar su propio talento. La suma de esas individualidades genera una música armoniosa, reivindicativa y que la gente entiende. El Dépor es otra emoción, otra sensación, claro, pero creo que el jazz reúne y combina todo aquello que para mí es importante.

— ¿Recuerda dónde estaba el día que supo que iba a ser presidente de la Xunta?

— Sí, estaba negociando. Mi acceso a la presidencia se produjo a través de una moción de censura, así que fue un proceso de negociación a muchas bandas: con estamentos, colectivos y personas diversas. Escuchaba lo que cada uno consideraba necesario para Galicia, tomaba nota y, a partir de ahí, elegía a las personas adecuadas para emprender aquella aventura.

— Y todo eso con 35 años… llegó al cargo con 35. ¿Qué le viene a la cabeza de aquel joven?

– Muy joven. En aquel momento era el presidente más joven de un organismo ejecutivo del Estado —incluyendo al Gobierno de España y a los de las comunidades autónomas—. Por eso me definía como un “joven maduro”: era joven, claro, pero ya tenía experiencia. Había pasado por dos administraciones, la local y la central, en puestos de responsabilidad. Llegaba bregado, con un recorrido que me daba cierta madurez.

— Y si entrase hoy por esa puerta del Pazo de Raxoi, ¿qué le diría a ese joven de 35 años?

— Que lo ha hecho bien. Que estuvo comprometido con la sociedad, que fue leal a su pueblo y que dejó algo importante: una forma de comportarse para quienes después ocuparan la presidencia de la Xunta. Porque uno no está ahí toda la vida. Nadie es dictador ni teócrata. Hay que saber marcharse, y también ahí quise dejar huella: en cómo debe comportarse un expresidente.

— Su trayectoria estuvo marcada también por su esposa, la bióloga y funcionaria del mar Rosa Liaño, hija del alcalde José Manuel Liaño Flores, que fue regidor de A Coruña en la transición. ¿Qué peso tuvo ese entorno familiar en su manera de hacer política?

— Por ese lado, nada. Absolutamente nada. Yo salía con una chica, era mi novia, y al mismo tiempo participaba en campañas para que dimitiera aquel alcalde, porque quería que entraran los que defendían las ideas que yo preconizaba. Después, llamaba al timbre de su casa para ver si podía bajar su hija… Como puede imaginar, no fue muy agradable. Pero mi mujer es mucho más inteligente que yo, mucho más lista y quizá también bastante más de izquierdas que yo. Por eso es una buena compañera.

— Usted, además de político, fue atleta. ¿Qué le enseñó la pista sobre liderazgo y toma de decisiones?

— El atletismo, como otros deportes, enseña muchas cosas que los jóvenes deberían practicar. Enseña fuerza de voluntad, enseña el afán de superarse y enseña la inteligencia para afrontar una prueba. Pero yo me quedo con la fuerza de voluntad.

– ¿Qué significa? Entrenar todos los días. Luchar contra ti mismo, porque lo que buscas es mejorar tu propia marca. Si ganas, mejor, pero el primer objetivo es superarte a ti mismo.

– Yo corría los 800 metros, una prueba de medio fondo muy exigente: combina fortaleza y estrategia. Hay que saber cuándo cambiar el ritmo —una vez o varias— y al final llegas sin aire, con el ácido láctico apoderándose de ti. Y ahí es donde se mide de verdad la capacidad de resistir.

— De esta forja personal pasamos a lo que muchos consideran su mayor aportación: hacer posible una coalición estable que además legisló a ritmo récord. Se ha dicho que su gobierno fue el único ejemplo de coalición verdaderamente estable en Galicia, capaz de aunar tres fuerzas políticas tan distintas. ¿Qué tenía aquella fórmula que hoy no se encuentra, al menos en España?

— En aquel momento había, primero, compromiso y lealtad. Y en segundo lugar, lo que quizá falta hoy en España: saber escuchar. Yo no veo a los políticos actuales escuchando a la gente. O, dicho de otra manera, les falta sensibilidad ante los problemas que la gente está planteando. Estamos en un mundo de cambios, de transformaciones, de ajustes. La gente a veces tiene miedo a dónde vamos, o no entiende la incertidumbre de las variables que se están manejando. Y el político tiene que escuchar.

Hoy no lo hacen. En los debates —en el Parlamento gallego, en el nacional, en el europeo, incluso en Naciones Unidas— los políticos llevan el discurso escrito y también la réplica escrita. No prestan atención a lo que dice el otro. Y estoy convencido de que siempre hay aspectos comunes, acuerdos posibles, entendimientos que permitirían doblar los esfuerzos.

Eso fue lo que representó el llamado gobierno tripartito, el gobierno Laxe. Tres partidos con ideas distintas y, dentro de cada uno, con corrientes también muy específicas y especiales… pero conseguimos unirnos. No perdimos una sola votación en todo ese tiempo. Claro que hubo discrepancias, pero se resolvían.

Recuerdo, por ejemplo, llamar la atención a algunos conselleiros porque querían ir a manifestarse. Y yo les dije: ¿para qué? Un miembro del gobierno no necesita manifestarse: tiene el Diario Oficial de la Xunta, tiene el Consello de Gobierno. Si una propuesta va adelante, se convierte en orden, en decreto o en ley aprobada en el Parlamento. Ese es el cauce. El gobierno debe escuchar y marcar las pautas.

Hoy, sin embargo, parece que las pautas las marcan otros: una declaración que llega por ahí, una bala perdida que viene por allá, un político que mete la pata… Y el rumbo lo marcan factores externos, no la capacidad de gobernar. 

— Usted habló alguna vez de la política como una artesanía. ¿Qué acuerdo volvería a firmar tal cual y por qué funcionó?

— Para mí había tres cuestiones básicas en aquel momento histórico. La primera fueron los servicios públicos. Galicia estaba muy atrasada en educación y en sanidad. ¿Qué hicimos? Multiplicar los centros escolares, crear universidades para fomentar el talento y, en sanidad, organizar nuestro propio sistema. No quisimos la transferencia del Insalud porque no estábamos preparados económicamente para recibirla, pero sí construimos más de 140 centros de salud por toda Galicia: eso fue el Sergas.

La segunda fue la tecnología. Siempre he creído que el político tiene que ir un paso por delante de la sociedad, anticipar lo que puede pasar dentro de cinco años. Por eso impulsamos el Parque Tecnológico de Galicia en Ourense y aprobamos la Ley de I+D+i, que fue el embrión de lo que después sería la creatividad y el talento, lo que hoy mide la fortaleza de las regiones.

Y la tercera fueron las competencias. El Estatuto, fruto de la negociación entre las fuerzas gallegas y el Estado, se aprobó con carencias. Una de ellas era que el presidente de la Xunta no tenía capacidad de disolver el Parlamento, y conseguimos esa reforma. También logramos que el gallego no solo fuera oficial en el papel, sino que se implementara en todos los niveles de la educación. Y defendimos el atlantismo, algo que, como se sabe, me enfrentó con Felipe González.

Yo siempre le reconozco como el político más importante de la transición, pero en este caso concreto, con Galicia de por medio, antepuse los intereses de mi tierra a los de mi partido. Y eso me llevó a enfrentarme con mi secretario general y con el presidente. Que no era poco en aquel momento… que era mucho en aquel momento.

— Fueron dos años de récord en leyes aprobadas, entre ellas la creación de las universidades de A Coruña y Vigo. Pero, ¿cuál de todas esas medidas cree que define mejor su legado?

— Pues mire, quizá la Ley de Cooperación Local. Una ley poco analizada y poco contextualizada, pero muy importante.

Nosotros pensábamos que Galicia no podía depender únicamente de su capital, que era y es una sociedad policéntrica, con muchos centros alrededor de los grandes polos urbanos: A Coruña, Ferrol, Pontevedra, Ourense, Lugo, Santiago… Cada uno muy distinto, pero todos necesitaban estar conectados.

El problema era que esos núcleos no se relacionaban entre sí: eran rivales, competían, incluso se ponían zancadillas. Por eso reunimos a los alcaldes de las grandes ciudades para preguntarles qué necesitaban y qué podíamos hacer desde la Xunta para potenciar el desarrollo local. Cada uno expuso sus prioridades y, dentro de lo posible, les respondimos. En aquel momento podíamos invertir en torno a 100 millones de pesetas, que era una cantidad muy importante.

Así se levantaron proyectos que hoy nos parecen normales, pero que entonces eran decisivos: el Coliseum de A Coruña, el Palacio de la Ópera, Fontiñas en Santiago, el campo de fútbol de A Malata en Ferrol, la estación de autobuses de Vigo, la urbanización del acceso al Ángel Carro en Lugo, el estadio que hoy lleva el nombre de Vero Boquete… Y así fuimos construyendo.

La idea era clara: que ese policentrismo se sostuviera en grandes núcleos capaces de irradiar desarrollo económico y armonizado. Y todo ello vinculado a otros avances: las universidades, la apuesta tecnológica, las infraestructuras. En ese mismo tiempo se terminaron las dos grandes autovías, la de A Coruña a Madrid por Lugo y la de Vigo a Madrid por Ourense.

Por eso creo que quizá fue de lo que más satisfecho quedé: de haber contribuido a vertebrar Galicia en un modelo que hoy parece natural, pero que en aquel momento estaba todavía sin hacer. Y seguimos pensando que las grandes áreas metropolitanas necesitan una estructura organizativa distinta: áreas funcionales, áreas metropolitanas… como queramos llamarlas. Pero Galicia funciona con nodos.

Somos diferentes a Cataluña, que tiene una sola capital —Barcelona— de la que dependen las demás provincias. Diferentes de Andalucía, donde dominan Sevilla y Málaga, o de Castilla-La Mancha y Castilla y León, con sus propios problemas de centralidad. Nosotros concebimos Galicia de otra manera: como una red policéntrica. Tanto que, como decía Xaquín Marín en una viñeta de la época, “agora xa se fala en chino”, cuando hablábamos de policentrismo.

— Seguimos con esa mirada hacia atrás. ¿Hubo alguna decisión que le hubiese gustado tomar y que no pudo tomar?

— Seguro que sí. Yo creo que lo del Eje Atlántico. En aquel momento todo estaba pensado para el Mediterráneo, y nosotros quedábamos aislados. Lo que intentamos fue unir a los presidentes de las comunidades autónomas del Cantábrico. Tuvimos muchas reuniones, sobre todo con los asturianos, pero siempre nos encontramos con el rechazo de la comunidad vasca, concretamente de Ardanza. Él decía: “No, no quiero que el desarrollo se extienda hacia el oeste.”

Eso me dolió, porque en realidad era yo solo tratando de poner en marcha un nuevo lenguaje, una nueva estrategia política y una nueva forma de actuar. Aunque debo decir que en este caso sí estaba muy respaldado por la sociedad gallega. Muy respaldado.

Detrás estaban los grandes banqueros, los secretarios generales de los sindicatos… Con todos ellos pasamos muchísimas horas de discusión. Invertimos mucho tiempo en crear una conciencia colectiva, y eso sí se consiguió. Por eso no había esos grandes problemas: había acuerdos con los sindicatos para la función pública, se crearon los fondos de riesgo con las empresas para invertir en proyectos, o la Fundación Galicia Europa, que instaló su sede en Bruselas y fue de las primeras en hacerlo. Allí acudían empresarios gallegos que usaban ese espacio como lobby y plataforma internacional. Y todavía hoy sigue funcionando.

— En tiempos de polarización, ¿qué deberíamos recuperar de aquella política de entonces aparte de la comunicación?

— Hablar, hablar. Un presidente de la Xunta tiene que estar llamando constantemente a los líderes de los otros partidos. ¿Qué cuesta comer juntos? Si a todos nos gusta comer. ¿Qué cuesta hablar? Si a todos nos gusta hablar, y más a los políticos. Hablar, explicar, aunque no se llegue a un acuerdo, pero transmitir de verdad, sin pensar en la televisión, lo que se quiere conseguir y las dificultades que hay en el camino.

Yo eso sí lo hacía, y lo hacía mucho. Lo hacía con la gente del Partido Popular, que siempre me votaba en contra, pero lo hacía con ellos. Lo hacía con el líder del Bloque, José Manuel Beiras. Y también, aunque menos, con el líder de Esquerda Galega, Camilo Nogueira. Con esos tres líderes charlábamos, y yo les facilitaba los borradores de las leyes que después se iban a aprobar en el Consello de la Xunta. Era una forma mucho más transparente.

Después nos peleábamos en el Parlamento, lógico, pero la pelea era en igualdad de condiciones. No queríamos tener más información que ellos, lo que queríamos era avanzar.

Por eso, si me preguntan cómo fue aquel gobierno, para mí fue como un día muy largo. Un día muy largo en el que de vez en cuando dormía un poco, pero no paramos nunca. Y precisamente porque no paramos, ese gobierno tripartito de dos años y medio resiste cualquier comparación, ya no digo con legislaturas completas, sino con otros periodos de gobierno.

— ¿Le habría gustado seguir en la presidencia un tiempo más?

— Acabé agotado, pero me gustaría haber seguido, también se lo digo con toda claridad. Me habría gustado, al menos, empezar la siguiente legislatura para culminar el trabajo y dejarlo bien marcado.

Mi intención nunca fue ser un político profesional, no era ese mi camino. La presidencia me cogió y lo asumí, pero sí me habría gustado dejar avanzado lo que estaba en marcha. Porque después hubo un corte. El presidente Fraga actuó de una manera completamente distinta: introdujo la ideología como un elemento diferenciador, separó a los gallegos, excluyó a muchos de ellos y mostró un servilismo hacia determinados sectores y actividades, olvidando y marginando a otros.

— Tras dejar la presidencia, como en la política y en la vida se cierran puertas y se abren otras, ¿cuál ha sido la más importante para usted?

— La educación, la docencia. Soy hijo de maestra, así que siempre me gustó explicar, investigar, descubrir cosas y estar en contacto con la gente joven.

Después de dejar la política tuve un periodo de descompresión, que duró un poco más de lo previsto, pero finalmente regresé a la universidad y completé mi carrera académica. Conseguí la cátedra a los 40 años, que no está nada mal.

A partir de ahí mi gran objetivo ha sido explicar, formar y estimular la creación de nuevos talentos. Y, al mismo tiempo, investigar en aquellos sectores a los que no se les había prestado suficiente atención, para entender cómo funcionan y cómo pueden ofrecer alternativas de futuro.

— Hablemos de liderazgo y gestión de crisis, donde también se mide a un presidente. Usted vivió crisis imprevistas: incendios, accidentes, inundaciones… ¿Cómo se toma una decisión difícil contra reloj?

— ¡Uf! Pensando mucho, pero al mismo tiempo siendo muy rápido. Sí, tuve muchas de esas. Incendios, un accidente como el del Cason, una gran inundación al comenzar el mandato… y también muchos atentados.

De eso no me olvido. Aún hoy me emociono cuando recuerdo a los que murieron, a los que fueron asesinados. Eso sí que lo llevo grabado.

No recuerdo todas las inauguraciones de centros, pero sí cada una de esas tragedias, porque en esos momentos el presidente es siempre el último que tiene que tomar la decisión. Y a veces ni siquiera había legislación: Protección Civil, por ejemplo, no funcionaba; había un decreto que, en la práctica, era inservible, y eso obligó a modificarlo después. Lo mismo con los accidentes marítimos: el Cason marcó un antes y un después con nuevas comisiones y protocolos. Y en los incendios, en aquel momento decidimos contabilizarlos todos, no como ahora, donde solo cuentan los de más de 20 hectáreas. Nosotros quisimos decir la verdad, fuese monte, matorral o prado, porque Galicia necesitaba una nueva conciencia forestal.

Un presidente debe aguantarlo todo, tenga o no tenga la competencia. Hoy se discute quién es responsable, pero entonces, aunque algo correspondiera al Estado, no podías quedarte de brazos cruzados. ¿Qué sentido tendría? Si un ciudadano ve a alguien caído en la calle, no puede decir: “Esto es cosa de un sanitario, yo no hago nada.” No. Hará lo que pueda: dar conversación, tapar una herida, acompañar. Pues lo mismo hacía yo.

Sí, muchos golpes los recibí yo y la Xunta que presidía, aunque la competencia fuera del Estado. Pero siempre actuamos y siempre dimos cuenta al Parlamento. Nunca prohibí una comisión de investigación: se hicieron todas y todos pasamos por allí. Esa es la gran diferencia con hoy. Porque al final, la competencia verdadera es del político comprometido, sensible y dispuesto a actuar con los medios que tenga.

— Con la cabeza de atleta, ¿esas decisiones difíciles eran salidas explosivas, gestión de ritmo o sprint final?

— Lo primero es estar bien situado. Ante un siniestro o un acontecimiento difícil, el político debe estar en el puesto, y de ahí no puede marcharse. El responsable tiene que estar presente, y desde allí asegurarse de que nadie se va a casa: todos deben permanecer pendientes, disponibles, y tú el primero.

Puedes pedir agua o bocadillos, lo que haga falta, pero no moverte del lugar. En mi etapa recuerdo algún responsable que cogió el coche y se fue. Eso es inadmisible: hay que estar allí. No en un comedor, no en un restaurante: en el sitio. Y si un conselleiro está fuera, llamarle y decirle que venga inmediatamente.

A partir de ahí, análisis técnico. Los expertos deben darte la información en un tiempo récord, con todas las consultas necesarias, pero clara y concisa. Y después, la decisión es tuya. Ese es el sprint final: mirarte al espejo, pensar rápido y tomar la decisión. Una decisión que debe cumplirse, aunque siempre se pueda rectificar después si las circunstancias lo exigen.

— Supongo que será difícil esto, pero ¿cuál fue la decisión más difícil y qué aprendió usted mismo sobre ello?

– Las decisiones más difíciles son siempre las que tienen que ver con las personas. A mí me tocó casi todo: incendios, accidentes, crisis… pero si pienso en una concreta, recuerdo la dimisión de un vicepresidente del Gobierno.

No es una decisión fácil, porque ahí no hablamos de papeles ni de leyes, hablamos de personas. Quien tiene que tomar la decisión es él, aunque tú ya la tengas en la cabeza. Y entonces lo que toca es darle tiempo, el tiempo que necesite para llegar a esa conclusión.

El político, al final, es una persona que debe tomar decisiones. Y cuando, después de reflexionar, me dijo: “Creo que lo mejor es dimitir”, yo lo asumí con claridad. Firmé el cese, nombramos a otro, y seguimos adelante. No fue fácil, pero aprendí que en política, como en la vida, hay que respetar los tiempos de las personas.

— ¿Recuerda algún instante concreto en el que pensó: “Por esto sí ha merecido la pena ser presidente”?

– Muchos, muchísimos. Desde que unas parroquias se convierten en ayuntamiento, como fue el caso de Cariño o de Vila de Cruces, ya vale la pena. Desde que pones en marcha un centro de salud o un centro educativo, ya vale la pena. Desde que los inmigrantes pueden regresar y tienen ayudas específicas, ya vale la pena. Hay muchos momentos así, y cada uno de ellos justifica haber estado en la presidencia.

— ¿Y cómo se gana la confianza de socios que piensan de una forma tan distinta?

– Primero, hablando claro, sin esconder ninguna carta. Y en segundo lugar, dejando claro adónde quieres ir y demostrando que vas a seguir defendiendo lo mismo, estés o no en ese puesto. Eso da credibilidad. Y la credibilidad se construye con actos y con tiempo.

A veces, claro, hay que conseguirlo más rápido, y creo que también lo logré. ¿Quién me dio ese apoyo? Quizá la gente mayor. Yo era joven, muy joven, y tal vez me veían como un David frente a un Goliat. Y dijeron: “Vamos a ayudar a este chaval, a este joven maduro que tiene ganas, energía y pulso.”

— Y eso es muy gallego, además, ¿no?

— Sí. Antropológicamente, los gallegos tenemos tres yos en uno. Eso nos diferencia de los demás. Somos, en cierto modo, más inteligentes que catalanes, madrileños, andaluces o franceses porque convivimos con tres dimensiones: el yo de la aceptación, el yo de la identidad y el yo de la generosidad o solidaridad.

Somos profundamente ambivalentes: lo mismo creemos en la religión que en la Santa Compaña, y pasamos de la Semana Santa al carnaval de un día para otro. No hablamos en blancos o negros, sino en tonalidades de grises.

Además, sabemos hacer pausas, escuchamos, nos identificamos con la tierra, con el mar, con el fuego, incluso con el más allá. Eso nos hace distintos, riquísimos en pensamiento e identidad. Y cuando sabes transmitirlo, la gente te cree, te impulsa y te da más fortaleza y moral para seguir luchando.

— Usted ha dicho que Galicia mira al mar por todas partes. ¿Qué significa para usted vivir en una economía azul?

— Significa vivir en el futuro. El mar es el futuro. Nuestro planeta es, en su mayor parte, mar. ¿Y qué nos da el mar? No solo actividades económicas, empleo y rentas. En el mar vive ya la mayor parte de la población mundial, que se desplaza hacia la costa, no hacia el interior. Del mar obtenemos energía —también la renovable—, recursos minerales que se encuentran en las capas freáticas, biotecnología, alimentación, aire limpio, comercio… porque el comercio mundial se hace fundamentalmente por barcos. Los puertos son la antesala de la economía.

Pero hay más: el mar también nos da construcción naval, desarrollo tecnológico, innovación. Y Galicia está bien situada geográficamente. Europa, que se amplió con los últimos países en adherirse a la UE, nos coloca en una esquina, frente a un gran mercado. Nosotros somos la encrucijada de caminos y rutas.

Mire lo que está ocurriendo ahora con el conflicto en el Mar Rojo: muchos barcos ya no pasan por allí y buscan una nueva ruta por el Cabo de Buena Esperanza para llegar a Europa, a Róterdam, Bremen o Hamburgo. Y todos pasan por delante de nosotros. También los que van a América Latina o a América del Norte. Galicia es su punto más próximo en el continente europeo.

Ese es nuestro papel, y ahí tenemos que jugar nuestra baza. Galicia debe ser consciente de que el mar es, de verdad, su futuro.

— Todo este potencial, ¿cómo se traduce?

— En empleo cualificado, en especialización y en oportunidades. Los astilleros podrían especializarse más, la universidad también, y las empresas de alimentación aprovechar mucho mejor los recursos marítimos. Esa es, a mi juicio, la gran apuesta.

Europa lo está planteando, aunque tímidamente, a través de lo que se llama la economía azul o la economía de los océanos. Pero aquí debemos estar atentos, porque hay una cuestión de alarma: si Europa lo impulsa es porque las grandes multinacionales quieren acaparar los océanos. Y acaparar significa, en la práctica, privatizar el mar.

Eso se traduce en exclusividades: “aquí solo pueden operar estas empresas, y nadie más”. Ya ocurre en el Golfo de México —o “Golfo de América”, como decía Trump—, donde los estadounidenses consiguieron de México la cesión para explotar petróleo mediante franquicias. Lo mismo pasa con países como China, que buscan la exclusividad de su flota pesquera en los caladeros internacionales gestionados por organismos multilaterales.

Ese es el peligro: el acaparamiento y la privatización del mar. Por eso insisto en que debemos avanzar en conciencia: el mar sigue siendo patrimonio de la humanidad y debe gestionarse de una manera completamente distinta.

Esa nueva dimensión de los océanos va a ser, de hecho, objeto de un gran debate en los próximos años. Los portugueses lo saben bien. Ellos están trabajando mucho en este terreno y van muy por delante. Por eso Galicia debería retomar esa línea y aliarse con Portugal para impulsar juntos este camino.

Hubo intentos, como el Campus del Mar en la Universidad de Vigo, que no salió bien. Pero hay fórmulas para insistir y volver a apostar por ello, porque Galicia no puede quedarse atrás en este movimiento.

— Si tuviera que apostar todo a una sola carta de Futuro Azul, ¿con qué se quedaría? ¿Energía marina, biotecnología, construcción naval?

— Con la biotecnología, sin duda. Biotecnología en todos sus aspectos. Mire, hoy hablamos de drones, pero también existen ya vehículos acuáticos. En el mar están los cables submarinos de los que depende toda la conectividad global de internet. También está la energía. Y la biotecnología, por su carácter transversal, nos permitiría avanzar en todo ello.

Tenemos tres universidades, tenemos astilleros repartidos por toda Galicia, tenemos empresas de I+D que ya están trabajando en este campo. Algunas incluso con satélites que permiten localizar bancos de pesca: antes lo hacíamos con la ardora, después por la temperatura de los océanos… ahora por satélite sabemos exactamente dónde están las especies pelágicas.

La acuicultura del futuro no será en jaulas: los peces estarán en libertad, controlados por sensores. Y más allá: cuando comamos un pescado, ese alimento estará diseñado para aportar beneficios sanitarios. Comeremos un rodaballo que, además de nutrirnos, servirá para prevenir la caída del cabello, mejorar la piel, regular la glucosa o reforzar la salud.

Eso es la sociedad del mar. Ese es el futuro de Galicia si apostamos por la biotecnología azul.

— ¿Qué indicador nos diría en 12 meses que vamos bien?

— Bien… ¿qué significa? ¿Que vamos subiendo o que ya hemos llegado al final? Porque al final nunca se llega. Pero sí, que vamos subiendo. Y eso se ve en el empleo, aunque a veces la gente no lo crea. Si el empleo vinculado al mar crece, es que estamos subiendo.

— Con todo este potencial, ¿qué cree que le falta a Galicia para ser líder en la economía marítima?

— Conciencia. Conciencia de pueblo. Eso es lo que nos falta.

Le pasa igual a Galicia que a España. España es, en realidad, una isla económica. El 80% de nuestro comercio exterior se hace por vía marítima. Dicho de otra manera: si los puertos entrasen en huelga o hubiese un acontecimiento que los paralizara —algo que nadie desea—, España quedaría desabastecida en 40 días. Y no somos conscientes de ello.

Yo he intentado transmitir esa conciencia, incluso con los dos últimos presidentes de España, con los que tengo buena relación, Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero. Siempre les pedí una cosa muy sencilla: que se hicieran una foto con un contenedor.

Se hacen fotos con el AVE, con la caricia del AVE, que está muy bien y no lo discuto. Pero nunca con un contenedor. Y hay dos cosas que cambiaron el mundo: el bacalao y el contenedor.

El bacalao porque permitió conservar y transportar alimento, hacer expediciones, que Colón, Elcano o Vasco da Gama pudieran salir al mar. Y el contenedor porque transformó la economía global: hoy todo se transporta en contenedores. Y hasta en casa tenemos pequeños contenedores para guardar y trasladar cosas.

Por eso, falta conciencia. Tomar en serio lo que significa vivir de cara al mar y entender que ahí está nuestra fuerza y nuestro futuro.

— Y desde Puertos del Estado, ¿qué le enseñó sobre competir a nivel global desde una costa como la nuestra?

— En Puertos del Estado lo que hicimos fue una ley. Y fíjese: tanto que hablé antes de la importancia del consenso, esta fue la única ley del Gobierno de Zapatero que salió votada por unanimidad de todos los partidos. La Ley de Puertos de 2011.

Eso prueba que lo que yo decía en la Xunta, lo de escuchar y buscar acuerdos, no era una pose. En Puertos conseguimos que la política portuaria se convirtiera en una auténtica política de Estado. Que todos fueran conscientes de lo que estábamos haciendo y hacia dónde queríamos ir.

Esa ley permitió remontar la crisis del 2008-2009, crecer con fuerza y disponer de infraestructuras portuarias de primer nivel. Y permitió también algo único: que Puertos del Estado funcione como una empresa pública obligada, por ley, a tener una rentabilidad mínima anual del 2,5%.

Imagínese si esa exigencia se la aplicáramos a Renfe, a AENA o a Sogama. Pues bien, desde 2011 hasta hoy —2024— se ha cumplido siempre: un 2,54% de rentabilidad. Eso significa que el cálculo del ratio estaba bien hecho y que el modelo funciona.

España fue el primer país en hacer una reforma portuaria de este tipo, y después los demás países siguieron esa pauta. Hoy nuestros puertos son eslabones clave en la cadena global, integrados y conectados con el mundo.

— Hace poco supimos que Pontegadea entraba en PD Ports. ¿Es señal de que la economía azul gana peso?

— Puede entrar porque en Inglaterra el sector portuario está privatizado desde Margaret Thatcher. Allí las empresas privadas gestionan sus propios puertos. Y Pontegadea, todo el imperio Inditex, ¿qué necesita? Un lugar donde recibir mercancía, almacenarla y hacer trasbordos.

Han encontrado un sitio estratégico: justo enfrente de Róterdam, al norte de Londres. Perfecto para su logística. Piense que si traen mercancías de Turquía, Marruecos, China o de todo el continente asiático, no van a llegar ni por avión ni por tren: llegan por barco. Allí las concentran, las almacenan y desde ese punto las distribuyen.

Y no solo Inditex: todas las grandes compañías globales tienen lo que se llaman distritc ports, puertos donde acumulan mercancía para después repartirla. Es la lógica de la logística moderna, lo que hoy llamamos parques logísticos.

Esto es una señal muy clara. Mire Marruecos: ha desarrollado Tánger Med y Nador, dos puertos colosales. Hoy Tánger Med ya es el doble que Algeciras. Y Nador está llamado a ser la gran competencia de Valencia. Marruecos ha apostado fuerte por este modelo. Y no solo Marruecos: muchos países están siguiendo esa estrategia.

Nosotros también tenemos que hacerlo. Galicia y España tienen que apostar de verdad por la logística portuaria si queremos competir a nivel global.

— ¿Qué señal política lanzaría para este escenario?

— Desarrollar de una vez la logística portuaria. Ese es el mensaje. Hoy algunas autoridades portuarias están convencidas, pero no todas. Algunos empresarios también lo están, pero no todos. Y lo mismo sucede con los estibadores. Sin embargo, hay un grupo reducido, una élite muy preparada, que lo tiene claro: lo que están pidiendo es que el Gobierno de España deje de ser pasivo en esta materia. Que deje de ser cómodo, poco atrevido, y que dé un paso más. 

— Hablando de visión estratégica, hace poco también supimos de la disolución de Impulsa Galicia. ¿Qué reflexión le merece este desenlace? ¿Qué enseñanza nos deja?

— Nos deja la enseñanza de que era posible que un gobierno autonómico reuniera a empresas privadas y a personas para poner en común ciertas alternativas. Y, una vez detectadas cuáles eran las ideas importantes, retirarse sin problema.

¿Qué hizo Impulsa? Algunas cosas salieron bien, otras se testaron y no funcionaron. Pero en cualquier caso fue un camino de cuatro años, el tiempo que más o menos tuvo de vida. Nació en la pandemia, en un momento en el que había necesidad de aportar, de proponer. Ahora habrá que ver qué sucede a partir de ahí.

Esto lo explicó muy bien una economista llamada Mariana Mazzucato, en su libro El Estado emprendedor y en otros posteriores como asesora de grandes gobiernos. Ella dice que el Estado no tiene por qué asumir pérdidas: lo que tiene que hacer es llevar la iniciativa.

En este caso, el gobierno llevó la iniciativa y buscó a distintos empresarios: ¿podemos montar aquí un centro de datos?, ¿podemos crear una empresa que asegure trazabilidad?, ¿podemos generar energía a través de los purines?, ¿podemos dar aprovechamiento a la riqueza forestal para el textil?

Se lanzaron ideas, se sembró. Algunas fructificaron, otras no. Pero esa es la enseñanza: un espacio para ensayar, proponer y ver qué puede salir a la luz.

— ¿Cuál es la fase que nunca se puede saltar en un proyecto estratégico?

— La de la ignorancia. Cuando veo a alguien decir: “Voy a hacer todo esto”, me parece muy bien. Pero primero, cuando sepa cuál es el proceso tecnológico. Y después, cuando sepa cuánto cuesta.

Si usted no me dice los números del proceso tecnológico y lo que cuesta, difícilmente podemos hacer todo eso.

En Galicia hay empresas y sectores que presumen de eso y están pidiendo dinero y subvenciones para acometer proyectos tecnológicos… pero hasta ahora nadie lo ha logrado. Y, claro, a mí eso me hace mucha gracia.

— Hablamos de sectores, de estrategia… y falta lo esencial: el talento, que es lo que lo hace posible. ¿Qué le preocupa más, que lo perdamos o que no sepamos atraerlo?

– Primero, evitar que se marche. Evitar que se marche, porque se marcha mucha gente. Y mucha de esa gente que se va, no vuelve. Eso es una gran reflexión.

— ¿Cómo se convence a un joven brillante? 

— No es fácil. Yo participé en una asociación que daba becas para hacer tesis doctorales en el extranjero, y el gran problema era el regreso. Al final, aquella entidad llegó a tener 900 doctores formados en universidades de fuera, pero nunca entendió por qué esa gente no volvía. No se inoculaba el sentimiento de retorno ni de identidad.

Todavía hoy muchos licenciados y graduados se marchan y ya no regresan. Y para mí ese es el gran problema. La Xunta tiene en marcha el programa “Retorna” para universitarios, pero es incompleto: ofrece facilidades de regreso con cantidades pequeñas y periodos muy cortos, muy inferiores a lo que reciben en los grandes centros de investigación internacionales. En la práctica es como decir: “Venga usted unos días a dar unas clases, explique lo que hace y se va”. Eso no es crear retorno real.

Lo que falta es exigir a las grandes empresas que tengan de verdad laboratorios de I+D e innovación, porque no todas los tienen. Ahí está la clave. Lo vimos en la pandemia:
– Las grandes vacunas inglesas venían de las universidades.
– Las vacunas alemanas venían de las empresas.
– Las francesas, de organismos públicos de desarrollo.

Cada país tiene su modelo: universidades, empresas, organismos públicos. Pero lo tiene definido. Y en España, ¿qué modelo tenemos? Ninguno. Es caótico. Cada comunidad autónoma va por su cuenta.

Necesitamos definir un modelo propio. Si creemos en el sistema universitario, apostemos por él. Si creemos en el de las empresas, lo mismo. Si creemos en el público, igual. Pero definamos. Lo que no puede haber es duplicidad: un organismo público y otro semipúblico haciendo lo mismo. Eso es ineficaz.

En Galicia, las tres universidades deben coordinarse en sus másteres y líneas de investigación. La fortaleza está en sumar. Y en I+D, quienes van por delante son las empresas, así que exijamos que tengan más laboratorios. Ayudemos, sí, pero no con dinero en regadera. Ahora se da dinero a startups con tres trabajadores. Con tres trabajadores no hay economías de escala. Está bien para empezar, pero no para sostener un sistema. En cambio, a las que tienen 30, 40 o 50 trabajadores sí hay que apoyarlas, porque son las que pueden generar patentes.

Y al talento hay que exigirle también. Exigir patentes, exigir publicaciones en revistas de élite, porque el nivel de patentes de las empresas y organismos gallegos es reducidísimo: 51 en todo 2023. Muy pocas.

Por eso insisto: la prioridad es evitar que el talento se marche. Después, fomentar su regreso o su irrupción mediante los mecanismos que ya tenemos, pero con una estrategia clara, no dispersa.

—¿Cuándo fue la última vez que un joven le dijo: “Me voy de Galicia porque aquí no hay futuro”? ¿Y qué sintió?

— No me lo han planteado de esa manera tan directa. Pero muchos alumnos sí me han dicho: “Me voy a ir, ¿me recomiendas algún sitio?, ¿qué puedo hacer?” Y después añaden: “Voy a seguir en contacto contigo, a ver qué puedo hacer cuando regrese.”

Recuerdo el caso de un chico extraordinario que me confesó: “Yo quiero ir al Banco Mundial.” Dio muchas vueltas, le costó bastante, pero acabó llegando a Washington. Y desde allí me llamó para decirme: “Ya estoy aquí, ¡qué difícil ha sido! ¿En qué puedo ayudar? Estoy a tu disposición.”
Eso me pasa mucho, y me emociona: ver que tantos jóvenes brillantes se marchan, pero siguen vinculados y quieren aportar.

— Usted ha sido un socialista muy identificado con la idea de consenso y de compromiso social. ¿Qué diferencias ve entre el PSOE de su época y el de hoy?

— Nosotros, cuando éramos profesionales, teníamos un compromiso muy claro: no podíamos fallar. Éramos la generación que entraba en la democracia, y todo el mundo sabía que detrás había un pensamiento, una doctrina, un partido político que había obtenido la Segunda República, que después fue perseguido, encarcelado, fusilado o exiliado. Con ese legado, cuando irrumpe la democracia, la obligación era no fallar. Nuestro gran objetivo era hacer cosas, pero sin cometer errores, porque lo que nos habían dejado era un testigo que había que transmitir intacto. Esa fue la responsabilidad de mi generación, y yo lo viví así.

Además, tuve maestros que me marcaron. Recuerdo a Ramón Rubial, que fue presidente del PSOE y Lendakari. Perdió las elecciones y se fue a la cárcel, pero con una coherencia ejemplar. Me decía: “Lo que tenéis que hacer vosotros, los jóvenes, es demostrar que sois capaces, mantener vuestro compromiso y no defraudar a la gente.” 

— Algo de ese peso ha perdido el PSOE por el camino, ¿qué no debería perder nunca? 

— Y los demás, no solo en el PSOE: también en los demás partidos. El problema actual no es de una sola formación ni de un solo líder, sino de la sociedad en su conjunto. Cuando uno enciende la televisión y ve enfrentamientos que no llevan a ninguna parte, piense quién los inicia —da igual, el que sea—, la conclusión es la misma: eso hay que frenarlo. Pero los medios de comunicación lo alimentan, sin detenerse a estudiar nada, y lo publican sin más. Y también hay profesores universitarios que se inventan teorías que no son ciertas o no están probadas. Así hemos llegado a este nivel de polarización y de insulto que, a mi juicio, no tiene ningún sentido.

— ¿Aun así, tiene esperanza?

– Sí, muchísima. Sí, sí, sí. Yo soy de los que, si hubiera un acuerdo, sería el primero en subirme a un barril y dar un mitin.

—¿Qué propondría usted?

— Primero, parar la tensión. Parar la tensión. Hay que pararla. Eso es lo esencial.

En segundo lugar, preguntarnos: ¿en qué estamos de acuerdo? Queda un año de legislatura: ¿qué se puede hacer en ese tiempo? Y después, cuando llegue la siguiente etapa, el que gane que haga lo mismo: marcar lo que sí puede hacerse en común e ir de la mano unos con otros.

No somos una isla política, aunque a veces lo parezcamos. El mundo avanza: tenemos un cambio climático, una evolución tecnológica, un desarrollo de la inteligencia artificial que no sabemos a dónde nos lleva. Antes el dios era Google, ahora es el ChatGPT que hace deberes, resuelve problemas sanitarios o incluso mentales… pero también puede llevarnos a un desastre si no lo encauzamos.

Y ahí entra la ética. Porque si vemos que alguien recibe golpes por llevar una pegatina o un gorro, eso nos interpela. La sociedad debe responder.

— Tendrían que escucharle… Muchos analistas le señalan a usted como uno de los grandes activos del socialismo gallego, pero en su partido no todo el mundo quizá lo pensaba así. ¿Usted lo sintió?”

— No. No, porque yo fui hijo de maestra. Mi madre me enseñó a estudiar, a ser responsable, a dar clase, a transmitir los conocimientos que uno ha podido adquirir y a no guardarse nada, nada de conocimientos ni de ‘know how’. Y entonces, pues no. Si soy útil, estoy ahí. Y si los demás consideran que mi etapa ya ha pasado, que he cruzado ese Rubicón y estoy ya en la cuarta o en la quinta edad, pues sigo a lo mío. Y si hace falta, me subo a un barril para hablar.

— Y para cerrar esta etapa política y entrar en la política nacional: una anécdota. Como teniente alcalde, usted impulsó la placa de la Plaza de la Constitución en la fachada, un gesto cargado de simbolismo en aquel momento. ¿Qué significa para usted ese recuerdo?

— Muy emocionante. El otro día se lo explicaba a mis nietos paseando por allí. Estaba en obras y no se veía bien, pero les conté que fue después del 23F. ¿Qué respuesta había que dar en ese momento? Pues la primera: la Constitución por encima de todo. Y se puede hacer sin ley de memoria histórica. Nosotros lo hicimos.

En aquel momento el alcalde se fue, yo me quedé como alcalde accidental y, con esas prerrogativas y con unas cuantas personas, fuimos allí y cambiamos una placa de General Franco por la de Plaza de la Constitución. ¿Se pueden hacer esas cosas? Claro que se pueden hacer.

— ¿Qué símbolo escogería hoy en día para reconectar a la ciudadanía con la democracia?

— La democracia necesita una cara. Igual que la República tuvo la suya o la Marsellesa tiene la suya, la democracia también tiene que tener un rostro reconocible. Démosle una cara agradable, cercana, y esa será la que tengamos que defender siempre.

CUESTIONARIO PROUST

Cuestionario Proust en formato pregunta–respuesta, pulido pero fiel a lo que él dice:

— Su idea de un día perfecto.

— Escuchar música y leer.

— Un rasgo que valora más en las personas.

— La humildad.

— Un defecto propio que intenta corregir.

— Soy muy cegato.

— Un miedo que merece ser vencido.

— A los médicos; me dan pánico.

— Un libro al que siempre vuelve.

— No lo sé. Tengo muchos en la cabeza; no sabría decir uno.

— Un álbum que siempre le acompaña.

— A Love Supreme (John Coltrane).

— Un partido del Dépor que aún le emociona.

— El del Valencia; en el que no ganamos la Liga.

— ¿El Dépor de Lendoiro o el de Escotet?

— El de Lendoiro…  fue el que ganó. El de Escotet aún no.

— Una prueba de atletismo que le marcó y por qué.

— Los 800 metros de la final que ganó Peter Snell.

— Un puerto del mundo que le impresionó y por qué.

— Amberes; tiene de todo y son listos.

— Una lección de sus alumnos fuera del aula.

— Cuando te piden repetir la clase porque dos faltaron o porque fue interesante y dos no pudieron asistir.

— Un hábito cotidiano que no negocia. 

— La lectura del periódico por la mañana, en papel, con un café.

— Un lugar del mar gallego al que regresa para pensar.

— A Illa de Arousa.

— Una persona que le enseñó a pactar.

— Mi padre.

— Una palabra para definir su legado en Galicia.

— Honestidad.

— Complete la frase: “Galicia será mejor cuando…

— …cuando todos seamos capaces de que lo podemos lograr.

— Si un joven le dijera: “Quiero cambiar Galicia, pero no creo en la política”, ¿qué le diría?

— Métete en la política y cámbiala desde dentro.

— ¿Qué frase le gustaría que quedara de esta charla en 20 años?

— El primer socialista que estuvo en la Xunta de Galicia. @mundiario