El verdadero problema de las pensiones
En España se habla del problema de las pensiones como si fuera una catástrofe natural. Algo inevitable, casi bíblico. Faltan nacimientos, vivimos demasiado, sobran abuelos y faltan niños. Un drama demográfico que, curiosamente, siempre sirve para justificar subidas de impuestos y nunca para revisar el modelo económico.
La explicación oficial es cómoda: no hay suficientes trabajadores. La explicación real es bastante menos amable: no hay suficientes trabajadores trabajando de verdad.
El espejismo del empleo
Porque España no es un país sin gente. Es un país lleno de personas infrautilizadas, escondidas en estadísticas creativas y categorías laborales que suenan a estabilidad pero huelen a precariedad. Parados oficiales por un lado; “fijos discontinuos” por otro, esa figura casi poética que permite estar empleado sin estar trabajando, cobrar a ratos y cotizar de manera irregular mientras las cifras lucen estupendas en las ruedas de prensa.
Hagamos un ejercicio elemental, de esos que no suelen aparecer en los informes ministeriales.
Supongamos que los demandantes de empleo actuales y los fijos discontinuos cuando no están activos —varios millones de personas— pasaran a tener trabajo real, estable y a jornada completa. No hablamos de sueldos de élite ni de revoluciones salariales, sino de un salario modesto pero continuo, en torno a los 25.000 euros brutos anuales.
El resultado es devastador para el relato oficial: la caja de las pensiones ingresaría cerca de 20.000 millones de euros adicionales cada año solo en cotizaciones. El déficit estructural, que ronda los 8.000 millones, no solo desaparecería: quedaría reducido a una anécdota contable.
Conviene detenerse un momento aquí, porque en este punto suele perderse el hilo del debate. No estamos hablando de hipótesis futuristas ni de milagros demográficos, sino de personas que ya viven en España, que ya están en edad de trabajar y que ya figuran en las estadísticas laborales. Con la población activa actual, bien empleada y cotizando de forma regular, el sistema no solo sería sostenible, sino razonablemente sólido. No faltan trabajadores: faltan trabajadores trabajando.
La conclusión es incómoda, por eso rara vez se menciona:
el problema de las pensiones no es demográfico, es productivo.
Un trabajador que no trabaja no cotiza.
Y un trabajador que trabaja poco no sostiene a nadie.
El efecto que nunca se cuenta
Pero el efecto positivo no acaba ahí. Hay un segundo factor, todavía más revelador, que suele omitirse con notable constancia: el gasto. Cuando alguien pasa del paro o de la inactividad encubierta al empleo real, no solo empieza a cotizar; deja de cobrar. Prestaciones por desempleo, subsidios, ayudas complementarias y rentas de apoyo se reducen de forma automática. No desaparecen por completo —siempre existe un paro friccional—, pero sí caen de manera drástica. El impacto, por tanto, es doble: más ingresos para el sistema y menos salidas de dinero. De modo que esos casi 20.000 millones en cotizaciones no serían el efecto total, sino solo la mitad visible del ajuste. El resto llegaría en forma de ahorro presupuestario y mayor recaudación fiscal derivada del consumo.
La huida hacia adelante
Sin embargo, llevamos años haciendo justo lo contrario de lo necesario. En lugar de crear empleo productivo, se ha optado por maquillar el paro. En lugar de mejorar salarios y estabilidad, se ha repartido precariedad. En lugar de fortalecer la base de cotizantes, se han estirado calendarios, cambiado nombres y afinado la estadística hasta convertirla en un arte decorativo.
Luego llega la otra gran huida hacia adelante: importar mano de obra como solución mágica. La propuesta parte de una premisa discutible: atraer trabajadores a un país con salarios estancados, vivienda inaccesible y trayectorias laborales inciertas. Sin un cambio profundo del modelo productivo, esa estrategia solo incrementa la población activa sin reforzar la base real de cotización.
Y mientras tanto, el debate público sigue instalado en la superficie: que si los jóvenes no tienen hijos, que si vivimos demasiado, que si el sistema es insostenible por definición. Todo menos admitir que un país que no genera empleo sólido no puede sostener nada, ni pensiones, ni natalidad, ni cohesión social.
Hablar de esto obliga a mencionar palabras incómodas: productividad, industria, valor añadido, salarios reales, reindustrialización. Obliga a aceptar que un modelo basado en turismo estacional, subsidio crónico y estadística ornamental no puede mantener un sistema de pensiones del siglo XXI.
Eso no da votos rápidos ni titulares amables.
Así que seguiremos culpando a los que no nacen, a los que viven demasiado y a los que se marchan. Todo antes que reconocer el verdadero elefante en la habitación: el empleo ficticio.
Porque el problema no es que falten personas.
Es que sobra autoengaño. @mundiario