El futuro de Venezuela, ligado a Donald Trump

Escenario de la comparecencia de Donald Trump sobre la situación de Venezuela. / Mundiario

“Estamos preparados para tomar el poder”, dice María Corina Machado, tras la captura de Nicolás Maduro por parte de EE UU.

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses ha provocado una reacción inmediata de euforia en parte de la oposición venezolana y, al mismo tiempo, ha situado el futuro del país en un terreno delicado: nunca había estado tan condicionado por la voluntad de un presidente de Estados Unidos. Donald Trump no solo ordenó el ataque militar de esta madrugada, sino que ahora controla los tiempos, el relato y, en buena medida, los próximos pasos de una crisis que redefine el tablero político venezolano.

La líder opositora María Corina Machado, premio Nobel de la Paz, no ha ocultado su satisfacción. “Ha llegado la hora de la libertad”, ha proclamado tras conocerse la captura de Maduro, asegurando que el dirigente chavista responderá por sus “atroces” crímenes y que Washington ha cumplido su promesa de hacer valer la ley tras el fracaso de cualquier salida negociada. Su mensaje culmina con una afirmación rotunda: “Estamos preparados para tomar el poder”. Es una declaración de intenciones clara, pero también una apuesta arriesgada en un contexto dominado por factores externos.

Maduro y su esposa, Cilia Flores, han sido trasladados fuera de Venezuela y se dirigen a Nueva York a bordo de un buque estadounidense, donde serán juzgados por delitos de narcotráfico y posesión de armas, según la fiscal general Pam Bondi. Trump ha anunciado que se dirigirá a la nación, reforzando la idea de que esta operación es, además de militar y judicial, un movimiento político cuidadosamente escenificado. El protagonismo del presidente estadounidense es absoluto.

Mientras tanto, el poder en Caracas permanece en una zona gris. La vicepresidenta Delcy Rodríguez exige pruebas de vida de Maduro y asegura desconocer su paradero, mientras Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y uno de los hombres fuertes del chavismo, sigue en la capital. No hay una sucesión clara ni un mando indiscutido, lo que alimenta la incertidumbre sobre la estabilidad interna y el riesgo de tensiones o enfrentamientos.

La legitimidad, en el aire

En este escenario, la oposición enfrenta su propio dilema. Celebrar la caída de Maduro es comprensible tras años de represión, fraude electoral y exilio forzado, pero asumir el poder bajo el paraguas de una intervención extranjera puede erosionar su legitimidad interna y regional. La pregunta clave no es solo si Machado y su entorno están preparados para gobernar, sino si podrán hacerlo sin quedar subordinados a la agenda de Washington.

El futuro inmediato de Venezuela parece así ligado a Donald Trump de una manera inédita. De su discurso, de sus decisiones sobre el proceso judicial y de su disposición –o no– a impulsar una transición política real dependerá que el país avance hacia una salida democrática o quede atrapado en una nueva fase de tutela externa y polarización. La captura de Maduro cierra una etapa, pero no abre automáticamente una solución. El día después apenas comienza, y Venezuela sigue sin tener el control pleno de su destino.

Meses de campaña

El trasfondo de esta crisis es conocido. Washington mantiene desde hace meses una campaña intensificada contra el narcotráfico en el Caribe y acusa al entorno del poder venezolano de estar implicado en esas redes. Caracas, por su parte, niega de plano esas acusaciones y las interpreta como la coartada de una estrategia más amplia de presión y cambio de régimen. En ese choque de narrativas, los hechos concretos –quién atacó, qué se atacó y con qué consecuencias– quedan peligrosamente difuminados. El periodismo independiente en Venezuela enfrenta fuertes restricciones y el acceso a información oficial suele ser limitado.

La declaración del estado de conmoción exterior introduce un elemento adicional de riesgo. Los estados de excepción, incluso cuando están previstos en la legalidad interna, tienden a reducir márgenes democráticos y a concentrar poder en el Ejecutivo. En un país ya sometido a una profunda crisis política, económica y social, el recurso a la lógica de guerra puede servir para cerrar filas, pero también para silenciar disidencias y posponer indefinidamente cualquier salida negociada.

La estabilidad regional, en juego

Nada de esto exonera a Estados Unidos de su responsabilidad. Un ataque directo contra territorio venezolano supone una vulneración grave del derecho internacional con consecuencias imprevisibles para la estabilidad regional. 

En este momento, la prioridad no debería ser alimentar la retórica del enfrentamiento, sino reconstruir los hechos con rigor y activar de verdad los mecanismos multilaterales. La ONU y los organismos regionales no pueden limitarse a comunicados de preocupación: están llamados a investigar, mediar y, llegado el caso, frenar una escalada que nadie parece poder controlar del todo.

Venezuela vuelve a situarse en el centro de una tormenta geopolítica que mezcla intereses estratégicos, viejos antagonismos ideológicos y una región exhausta de crisis. La historia demuestra que, cuando se cruza el umbral de la confrontación militar, las certezas se evaporan y las víctimas suelen ser siempre las mismas. Evitar ese abismo es hoy una responsabilidad compartida, tanto de Caracas como de Washington y de una comunidad internacional que no puede mirar hacia otro lado. @mundiario