El vandalismo cultural se revitaliza

David, de Miguel Ángel. / RR SS.

Maestros y profesores lo tienen difícil: libros reescritos, arte mutilado e Inteligencia Artificial manipulada limitan su libertad docente.

La americanización de costumbres, que dio sus primeros pasos tras los Pactos de 1953, no ha cesado. El ansia de abandonar la autarquía de la posguerra -tan bien contada por Berlanga en Bienvenido Míster Marshal ese mismo año-, ha tenido en el plano político más imitadores de Reagan, Bush y Trump, que de los líderes demócratas. De EE UU nos siguen llegando, influencias, modas e inventos que marcan muchos ámbitos de la vida española. De la infinidad de artículos de consumo y costumbres americanas que han entrado en nuestras vidas durante estos años, merece la pena recordar que, hace poco más de 40 años, Motorola puso a la venta el primer móvil; en 1976, empezó a comercializarse en Madrid y Barcelona, sólo para vehículos. Hoy, hay casi 56 millones y medio de líneas operativas, que han cambiado profundamente los hábitos de vida y, también, los que atañen a la infancia y adolescencia escolar. El móvil, casi indispensable, es objeto de atención educativa por sus potencial positivo y negativo: los instrumentos que usamos para que la mano sea una extensión del cerebro no siempre se aplican a generar competencias sociales. 

Reescrituas censoras

Entre los hábitos que, procedentes de EEUU, cabe advertir de algún tiempo a esta parte, tiene gran interés el celo puritano que aquí ha empezado a cundir respecto a reescribir libros del pasado suprimiendo expresiones y frases que, en lenguaje de otra época,  no son “de buen tono”.  Es laudable que haya hoy más atención a la igualdad de la mujer y los niños, pero no parece razón suficiente para la revisión, expurgo y blanqueamiento de las palabras, metáforas y giros expresivos de las relaciones humanas en tiempos pasados. Aparte de que la mutilación de esos textos los deja irreconocibles como testigos de la Historia, la nueva moda es expresiva de los caminos de la mojigatería censora que, en definitiva, no ansía la mejora de las desigualdades que genere la sociedad actual, sino demostrar la “buena conciencia de buenas personas” coartando la libertad de expresión de las demás en lo que tiene de mayor interés: denunciar las situaciones injustas.

Reescribir narraciones literarias del pasado, novelas y cuentos en clave puritana no es el camino para eliminar los problemas; simplemente es autoritarismo repetitivo del afán conservador de que que nada cambie, por injusto que sea. Infantilizar a la sociedad y manipularla para que parezca que somos más buenos es exactamente lo mismo que se hacía en el pasado escolar, en que para leer un libro se pedía un permiso, que era negado si no estaba bien calificado en el catálogo de Lecturas buenas y malas, del P. Otaola, Garmendía de Otaola. Esta guía –entre otras de similar estilo- continuaba la censura contra los “errores” heterodoxos que había entretenido a Menéndez Pelayo. La orientación didáctica de la lectura, convertida en mojigatería, se había ocupado de la “buena prensa” desde el siglo XIX; había impuesto que los libros llevaran el sello eclesiástico del imprimatur,  y nunca había cejado en que la prensa lo tuviera mal para ser medianamente libre. Desde 1478 a 1834 había estado vigente la Inquisición a efectos de censura y control de lo que leía la gente (la poca que sabía leer) y, de añadido, con motivo de la Guerra Civil, habían vuelto los bibliocaustos y las censuras de bibliotecas y autores cuya presencia en los listados de los expurgos sucesivos crearon hábitos perniciosos.  Efecto inducido por esta santurronería fue la dificultad para leer una Biblia en castellano antes de 1965; en los rituales de las misas siempre era leída en latín. En fin,  ese mismo año tuvo lugar la reestructuración del Santo Oficio, que pasó a llamarse Congregación de la Fe, pero la gran cantidad de “libros prohibidos” hasta entonces ha seguido vigente en muchas mentes con la misma prevención que había tenido en el Index.

Arte mutilado

En la expresión artística, razones similares, revestidas de pretexto confesional, han estado siempre detrás de las obsesiones iconoclastas, que han dejado una larga historia en las guerras político-religiosas del siglo XVI-XVII o en las revoluciones de finales del XVIII. Hace cinco años, Catherine Nixey recordó en La edad de la oscuridad  cómo el arte clásico, griego y romano, fue profundamente mutilado, cuando no destruido, después de que el cristianismo se declarara triunfante del paganismo cuando pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano en el año 370 d.C. En algunos de los lugares a que presta atención, el fanatismo religioso iconoclasta volvió a ser noticia reciente; en marzo de 2001, lo fue la destrucción de los Budas de Bamiyán (Afganistán): los talibanes prefirieron el vacío de un nicho de 55 metros de altura.

Ahí seguimos: de esta tradición viene el Pin parental que algunos piden los que se ven rebeldes frente a quienes no les siguen o no canten aleluyas a sus negacionismos. En Florida, una profesora acaba de sufrir su alcance con Miguel Ángel y su David, obra que, según las fobias de los padres de su alumnado, es una escultura pornográfica, inapropiada para chicos y chicas de 11 y 12 años. El consejo escolar del centro le dio a escoger entre ser despedida o dimitir, y no es el único caso en centros controlados por grupos de mentalidad conservadora y ultraconservadora: las clases de arte, de biología, de historia y similares están siendo objeto de obsesiones enfermizas con el conocimiento y la belleza; para nada coinciden  con la armonía que Miguel Ángel atribuía a la Creación. El miedo a reconocer tabúes, acompañado de prohibiciones  culpabilizadoras, ya le tocó al artista renacentista en otras obras; las ropas de los personajes de su Juicio Final –en la Capilla Sixtina- fueron pintadas por Daniele de Volterra, a quien, después de la muerte de Miguel Ángel, Pío V le encargó tapar los genitales de las figuras; por tal servicio, los italianos lo apodaron Il Braghetone.  

Estos vetos a la lectura y al arte, en nombre de la cultura, no son nada, de todos modos, en comparación con el que puede traer la manipulación de los datos que configuran la educación de los algoritmos que rigen la vida cotidiana a la búsqueda de rentabilidad. La Inteligencia Artificial está en fase de desarrollo exponencial, y el control de la información, de noticias, competencias laborales, puestos de trabajo e infinidad de decisiones que afectan a nuestra libertad de pensar y actuar, están en manos de grupos de poder que ni elegimos ni controlamos. No sólo el puritanismo, sino otros idearios contrarios a la vida democrática, tienen capacidad para actuar en nombre de supuestos bienes mayores con procedimientos autoritarios, a beneficio de objetivos privados. La petición de una moratoria para la evolución que está teniendo la tecnología digital, dudosa en algunos aspectos, es una gran llamada de atención sobre las derivas contrarias a la tan invocada “libertad” de los ciudadanos. @mundiario