De Ulpiano a hoy: lo que los políticos de ahora deberían aprender del pueblo
No sé si fue la política la que me eligió o fui yo quien, por herencia o vocación, terminó en ella. Camino de los 61, no milito en ningún partido. La pasión sigue, intacta. Pero me sobran siglas y me falta alma. Y sí, fui concejal en mi pueblo, Santa Marta de Tormes, cuando ya era un municipio en crecimiento. De niño, sin embargo, apenas éramos quinientos vecinos. Nos conocíamos todos. Hoy somos muchos más, pero hay días en los que siento que somos menos.
Mis padres fueron parte de esa generación que creyó en la educación como herramienta de futuro. Mi padre fue concejal en la primera legislatura democrática, como miembro de la UCD de Adolfo Suárez. Un hombre bueno, de los que no dejan enemigos. Le convencieron el cura, el boticario y el alcalde. Suena a película de pueblo, y lo fue. De esas que se rodaban con respeto, con silencios, con manos limpias. Aquello no era ambición: era deber. Era compromiso con la democracia recién nacida. Era mirar a los ojos a tus vecinos sabiendo que respondías por ellos. Yo lo vi. Lo viví. Lo heredé.
Política de vino y palabra
Estudié en el Maestro Ávila de Salamanca, un colegio de élite para alguien como yo. Mis padres pagaban medio sueldo para que sus hijos pudieran aprender con los que serían, años después, presidentes y líderes. En aquel momento éramos dos; años después seríamos cuatro. Allí forjé amistades que aún conservo, como con Alfonso Fernández Mañueco, hoy presidente de Castilla y León, o Benjamín Crespo, actual presidente de la Cámara de Comercio de Salamanca.
Yo fui a la política de otra forma. No por carrera —aunque soy licenciado en Ciencias Políticas—, sino por raíz. No me empujó un título, sino la vocación. Mi pasión por la política fue tan fuerte que, aunque en su momento trabajaba y no pude estudiar como correspondía por edad, años después me licencié en Ciencias Políticas por la UNED. Y no solo eso: tuve el honor y el privilegio de sacarme un máster en Política y Administración Pública por la Universidad Pontificia de Salamanca. Porque hay pasiones que no se negocian, ni se apagan con el tiempo. Se cultivan, aunque sea a contrarreloj.
Fui segundo teniente de alcalde en el pueblo que me vio nacer. Y allí conocí a Ulpiano Díaz Moreta.
Ulpi. Comunista. Rojo, como él decía. Pero sobre todo un señor. De los que querían a su gente, a su pueblo, a su calle, a su isla... A mí me unió una amistad con él que nació antes de los plenos y sobrevivió a todos ellos. Discutíamos, claro. Pero nos escuchábamos. Y entre vinos arreglábamos lo que en el salón de plenos a veces parecía imposible.
Y quiero dejar algo claro, sin rodeos ni complejos: yo era, soy y seguiré siendo un hombre de derechas. Siempre lo he sido. Lo digo con la misma serenidad con la que reconozco, con orgullo, que algunos de los mayores gestos de amor a mi pueblo vinieron de la mano de un comunista. Porque así era Ulpiano Díaz Moreta. No necesitábamos pensar igual para remar juntos. Bastaba con tener claro hacia dónde íbamos. Y los dos queríamos lo mismo: un pueblo mejor.
La isla que compramos juntos
Santa Marta tiene una isla. Hoy es orgullo del pueblo. Pero hubo un día en que nadie quería pagar por ella. Solo Ulpiano, yo lo veíamos claro. Peleamos. Convencimos. Compramos. 60 millones de pesetas después, esa isla es de todos. Y cada vez que la piso, sé que no es solo un lugar: es una forma de entender la política.
El voto de mi abuelo
La madrugada antes de las elecciones en las que fui elegido concejal, mi padre me llamó cerca de la medianoche. Me preocupé. Me dijo que no pasaba nada, pero que mi abuelo Vicente —el padre de mi padre— quería hablar conmigo. Llevábamos semanas hablando como nunca antes. Me contó cosas que jamás había compartido. Por primera vez, hablamos de política.
Me confesó que era de izquierdas. Que durante la Guerra Civil, a él y a otros hombres de su pueblo, San Muñoz, los levantaron de noche y los llevaron a la tapia del cementerio. Algunos no volvieron. Él se salvó por una intervención de última hora: “No tienen afiliación política —dijeron—, son buena gente”.
A mí me quedó claro que si aquella noche lo hubiesen fusilado, hoy yo no estaría aquí. Pero también que eso no significaba que yo tuviera que pensar como él. Aquella noche me pidió que le preparara el voto para darme su apoyo. Le pregunté si lo había convencido. Me respondió: “No, hijo esa derecha ya no existe". Me alivio que entendiera que aquella derecha no tenía nada que ver con la que yo representaba”.
Le pedí que no me votara. Le pedí que fuera fiel a su conciencia. Al día siguiente, lo esperé en el colegio electoral. Lo acompañé hasta la cabina. La cortina quedó abierta. Alfonso San Casto, referente socialista en Santa Marta, al verlo, puso el grito en el cielo. Me acerqué, tranquilo, y le dije: “Estoy aquí para asegurarme de que te vote a tí”. Mi abuelo, con serenidad, le dijo: “Sí, hijo. No me deja votarle, dice que como socialista comprometido tengo que votaros a vosotros". Y yo fui feliz porque mi abuelo voto en conciencia algo que no podía arrebatarle por mucho que fuera su nieto.
San Casto se quedó callado. Y al día siguiente me reconoció el gesto. Hoy, el estadio de fútbol de Santa Marta lleva su nombre. Porque en la izquierda, como en la derecha, sigue habiendo gente de bien… aunque a veces cueste encontrarlos.
No hay dignidad en vender la unidad
Miro hoy a este Gobierno —y a no pocos de la oposición— y me duele. No por nostalgia, sino por verdad. Porque cuando uno ha servido, sabe reconocer cuándo se están sirviendo de lo que debería ser sagrado. Pactan con quienes quieren romper lo que otros defendimos con palabra y trabajo. Juegan con la legalidad como si fuera plastilina. Y lo hacen como si no pasara nada.
Pero sí pasa. Pasa que los que creemos en España, en sus pueblos, en sus gentes, nos sentimos traicionados. No por perder unas elecciones, sino por ver cómo se ganan a costa de vender la dignidad. No todo vale. No debería valer.
A los que hoy mandan, les digo: recuerden al pueblo
Este artículo no es una pataleta. Es una carta. Es el grito manso de alguien que supo lo que era servir sin cobrar, sin salir en la foto, sin ambición. A quienes hoy se sientan en los escaños del Congreso o en los despachos ministeriales, les pido que recuerden esto: que hubo un día en que dos concejales, uno comunista y otro de centro-derecha, compraron juntos una isla porque amaban su pueblo más que su ideología.
La política no debería ser una carrera personal, sino un compromiso con tu palabra y con quienes confiaron en ti. Porque no se representa a un partido: se representa a una comunidad.
Y si algún día dudan de lo que digo, pregunten por Isi el taxista, que nos escuchó discutir de política desde la barra o desde el volante con la radio apagada. O por Agus del Montemar, socialista de los de antes, coherente y buen amigo, que en su bar acogía nuestras tertulias con la misma naturalidad con la que servía un vino y ponía una tapa. Años después, cuando alguno se sorprendía de que Ulpiano Díaz Moreta y yo, tan distintos en lo ideológico, siguiéramos siendo amigos, yo sonreía y les decía con alevosía: “Fuimos amigos antes, durante y después de la política”. Porque eso también es servir: no perder nunca al ser humano que tienes enfrente.
Lo escribo desde Madrid, donde llevo ya media vida, pero con el alma siempre entre Salamanca y Santa Marta. Porque uno nunca deja el lugar que le enseñó a mirar a los demás de frente. @mundiario