Trump regresa con más poder que nunca y una transformación profunda para EE UU
Donald Trump, el primer expresidente de Estados Unidos en enfrentar una condena penal, ha regresado con una victoria como un punto de inflexión en las elecciones presidenciales. Tras una campaña cargada de promesas de deportaciones masivas, persecución del “enemigo interno” y represalias contra medios críticos, el republicano logró captar el apoyo de una amplia mayoría de estadounidenses.
Su éxito ha sido abrumador, demostrando una capacidad de movilización y aglutinamiento en un nuevo Partido Republicano que pocos políticos contemporáneos pueden igualar. Además, Trump ha declarado abiertamente su intención de terminar la guerra en Ucrania, aún si esto implica cortar la ayuda militar a Kiev, y ha amenazado con erosionar la relación de EE UU con sus aliados en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), reflejando su visión de una política exterior proteccionista y aislacionista.
Las encuestas pronosticaban un resultado ajustado, pero Trump superó las expectativas con cinco millones de votos adicionales sobre su oponente Kamala Harris, según el recuento preliminar. El republicano se impuso en estados tradicionalmente demócratas y obtuvo una ventaja considerable en todos los estados bisagra, en regiones como el Cinturón del Sur y el Cinturón del Polvo, consolidando una base diversa que incluyó a jóvenes votantes y a una creciente población hispana.
En esta victoria, el Partido Republicano recuperó el control del Senado y acaricia el poder de una importante representación en la Cámara de Representantes, lo que le da a Trump una base legislativa para implementar su ambicioso plan de gobierno, que blinda con una mayoría, aunque conservadora, afín a su figura en el Tribunal Supremo.
El hastío de una potencia
La derrota de Harris refleja un cambio drástico en el electorado estadounidense, que parece haberse alejado de la coalición progresista que llevó a Joe Biden al poder en 2020 para cortar la prolongación de la Administración Trump. A diferencia de la visión optimista de Harris, quien promovía una política inclusiva, Trump apeló a una narrativa de “América primero” y supo aprovechar el descontento de décadas con las políticas identitarias y climáticas de las élites progresistas.
Este contraste fue resumido por Bill Clinton, quien señaló que los estadounidenses, especialmente en tiempos de incertidumbre, buscan líderes fuertes más que aquellos que “tengan la razón”, una visión que Trump supo capitalizar al presentar un país en decadencia, un “Estado fallido” que necesita medidas firmes y directas antes que tratamientos paliativos. Pero EE UU está lejos de ser eso.
En su discurso de victoria, rodeado de familiares y figuras influyentes como el multimillonario con más ceros en la cuenta, Elon Musk, Trump mostró un tono conciliador, prometiendo “sanar al país” y anunciando una “era dorada de América”. Afirmó que “Dios salvó mi vida por una razón: para restaurar la grandeza de América”, recalcando su compromiso de gobernar para todos los estadounidenses. Esta postura aparentemente unificadora contrasta con las polémicas promesas de campaña, pero busca atraer a un sector más amplio de la ciudadanía en un momento de profunda polarización.
Consecuencias globales
Kamala Harris reconoció la derrota, aunque reafirmó que no renuncia “al espíritu de la lucha que alentó esta campaña”. Se retiró dirigiéndose a sus seguidores en la Universidad Howard, a quienes avisó de que, si llegaba a producirse el “momento oscuro” que desde la izquierda y sectores moderados tanto temían, solo “déjennos llenar el cielo con la luz de mil millones de estrellas brillantes. La luz, la luz del optimismo, de la fe, la verdad y el servicio”.
Según su equipo, Harris llamó a Trump para felicitarle y abogó por una transferencia pacífica del poder, aunque para muchos este resultado significa una confrontación abierta entre dos visiones opuestas de la política estadounidense, una sociedad dividida al borde del divorcio y la intolerancia. La decisión de Harris de no comparecer en público en la noche de las elecciones recuerda la reacción de Hillary Clinton en 2016, dejando ver un patrón de sorpresa y desconcierto en el ala demócrata ante la fuerza del movimiento MAGA.
El resultado electoral tiene profundas implicaciones no solo para EE UU, sino para el tablero geopolítico global. La victoria de Trump amenaza con desestabilizar alianzas históricas, como la OTAN, y podría suponer un giro en el apoyo estadounidense a Ucrania y un distanciamiento con el resto de Occidente. Analistas internacionales advierten sobre un posible fortalecimiento de los regímenes autoritarios, ya que Trump ha mostrado admiración por líderes de esta índole en múltiples ocasiones, como el ruso Vladímir Putin, el chino Xi Jinping o el norcoreano Kim Jong-un. Para muchos, su retorno representa no solo la consolidación de un líder, sino también el avance de una visión rupturista de la política, las relaciones internacionales y la economía, poniendo en duda el compromiso estadounidense con el liberalismo occidental.
La victoria de Trump no solo es el reflejo de una preferencia política, sino también de un rechazo a la élite progresista. Muchos estadounidenses, en medio de la inflación (del 2 %) y la carestía de la vida, han optado por una figura que representa una respuesta directa y clara, aunque polarizadora, a estos problemas. A pesar de los logros económicos del Gobierno de Joe Biden, la percepción pública se ha visto afectada, llevando a una preferencia generalizada por las promesas de un cambio radical liderado por Trump.
Los próximos meses mostrarán si el nuevo Gobierno de Trump, respaldado por un fuerte apoyo popular y una mayoría en el Senado, logra implementar sus reformas y mantener la estabilidad en un país profundamente dividido. La sociedad estadounidense, en un momento crítico de transformación, enfrenta la posibilidad de un cambio de rumbo drástico que, según expertos, podría definir el rol de EE UU en el escenario internacional en las próximas décadas. @mundiario