Trump, el petróleo y el nuevo realismo global: la excentricidad se abre paso
Durante años, Donald Trump ha sido descrito como una anomalía política: un presidente imprevisible, propenso a la exageración y a las salidas de tono, más cercano al espectáculo que a la diplomacia clásica. Sin embargo, más allá del ruido, hay un dato incómodo que se repite desde su llegada a la Casa Blanca y que vuelve a emerger con fuerza: buena parte del sistema internacional, incluidos aliados tradicionales y grandes corporaciones, acaba adaptándose a sus prioridades. No tanto por afinidad ideológica como por puro cálculo político y económico.
El sector energético es quizá el mejor termómetro de este fenómeno. Trump ha hecho del petróleo una pieza central de su visión del poder estadounidense, y lo ha hecho sin complejos. Mientras Europa acelera su retórica verde y China invierte masivamente en renovables, Estados Unidos sigue considerando el crudo un activo estratégico irrenunciable. No es una rareza: pese al crecimiento de las energías limpias, el petróleo continúa siendo la fuente de energía primaria más consumida del planeta, por delante del carbón y el gas, y su demanda global sigue aumentando.
En Estados Unidos, el crudo mantiene el primer puesto en el mix energético, seguido del gas. En China, aunque el carbón sigue dominando, el petróleo ocupa el segundo lugar. En India ocurre algo similar. La transición energética es real, pero también lo es su lentitud y su desigual reparto. En ese contexto, Trump no inventa la dependencia del petróleo: simplemente la asume y la convierte en palanca de poder.
El petróleo sigue siendo el nervio central de la geopolítica, pese al discurso triunfal sobre la transición energética. Frente a Trump, muchos critican el estilo, pero pocos desafían el fondo
Venezuela, país de oportunidades
Venezuela aparece aquí como una paradoja casi perfecta. Desde 2010, el país cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Sin embargo, su producción se ha desplomado hasta mínimos históricos. Hoy extrae alrededor del 1% del crudo global, menos de la mitad de lo que producía a mediados de los noventa, cuando aportaba en torno al 2,5%. Lo hace, además, con unas reservas que cuadruplican las de entonces. Es el ejemplo más claro de cómo los recursos naturales, sin estabilidad política, inversión y tecnología, no garantizan poder ni prosperidad.
Durante décadas, Venezuela fue un exportador clave, especialmente para Estados Unidos. Esa relación se deterioró con la llegada de Hugo Chávez y acabó rompiéndose con las sanciones y el aislamiento internacional. El resultado es conocido: una industria petrolera colapsada y unas exportaciones que hoy rondan la mitad de las de hace diez años. Para Trump, este escenario no es solo un problema político o ideológico, sino una oportunidad estratégica: recuperar influencia sobre una de las mayores bolsas de crudo del planeta.
De ahí su presión explícita a las petroleras para invertir decenas de miles de millones de euros en la región y controlar la industria. Y de ahí también la respuesta, menos ruidosa pero muy significativa, de grandes compañías. Repsol es un ejemplo elocuente. Mientras el presidente del Gobierno español mantiene un discurso crítico con Trump, la multinacional española ha dejado claro que está preparada para invertir más y triplicar su producción en Venezuela cuando el contexto lo permita. Su consejero delegado, Josu Jon Imaz, no ha ocultado esa disposición, combinando pragmatismo empresarial con una lectura realista del nuevo clima geopolítico.
No se trata de un caso aislado. Muchas empresas energéticas europeas, y no solo ellas, han aprendido a separar el juicio político sobre Trump de la necesidad de operar en un mundo donde Estados Unidos sigue marcando el paso. Algo parecido ocurre en América Latina, donde el margen para la retórica soberanista convive con una dependencia estructural del mercado estadounidense. México intenta defender su autonomía energética, pero lo hace midiendo cada gesto. En Venezuela y Cuba, el endurecimiento de la política de Washington ha generado incluso un aumento del apoyo a Trump entre sectores de la diáspora, convencidos de que la presión externa es la única vía para un cambio interno.
Este pulso tiene además una dimensión global más amplia: el papel de China. Pekín se ha convertido en el principal socio comercial de América del Sur y ha invertido miles de millones en infraestructuras y energía en la región. La ofensiva de Trump sobre Venezuela y su discurso sobre el realineamiento latinoamericano ponen a prueba esa influencia. No es solo una cuestión de petróleo, sino de esferas de poder en un mundo cada vez menos multilateral y más competitivo.
Groenlandia, en el punto de mira
La misma lógica se extiende a otros escenarios aparentemente excéntricos, como Groenlandia. Cuando Trump insiste en que Estados Unidos “hará algo” con la isla, por las buenas o por las malas, y relativiza la soberanía danesa con argumentos históricos discutibles, no está improvisando del todo. Groenlandia es clave por su posición estratégica en el Ártico y por sus recursos minerales y energéticos, en un contexto de deshielo y rivalidad creciente con Rusia y China. El tono puede ser abrupto, pero el interés es compartido por buena parte del establishment estadounidense.
Quizá ahí resida la clave del fenómeno Trump. Su estilo incomoda, sus formas irritan y sus declaraciones rozan a menudo la caricatura. Pero debajo de esa capa hay una política de poder reconocible, basada en recursos, influencia y control de las cadenas estratégicas. Muchos gobiernos y empresas lo saben y actúan en consecuencia. Critican el método, pero se adaptan al objetivo.
La pregunta de fondo no es por qué Trump logra que tantos se plieguen a sus dictados, sino por qué el resto del mundo sigue sin ofrecer una alternativa sólida a esa lógica. Mientras el petróleo siga moviendo la economía global y la transición energética avance a ritmo desigual, el realismo más crudo seguirá imponiéndose. Y en ese terreno, Trump, con todas sus excentricidades, juega con ventaja. La Unión Europea debería hacérselo ver. @J_L_Gomez en @mundiario