Confesiones verdaderas de un verdadero cascarrabias

El Trono de Hierro, mis nalgas y el fraude del sofá

Un hombre con los brazos cruzados. / Mundiario.
Yo, por ejemplo, me fío más de un político en campaña electoral que de Ned Stark prometiendo que va a decir la verdad. El pobre Ned dura en la serie menos que un helado en la puerta de un colegio en agosto.

Ver “Juego de Tronos” por segunda vez es como volver a leer la letra pequeña de un contrato bancario: sabes perfectamente que te van a engañar, pero lo haces por masoquismo cultural, porque al final hasta la estafa tiene su encanto.

La primera vez lo ves con la ingenuidad de un turista en Tietze comprando una máscara hecha en China; la segunda vez lo ves con la sospecha de que cada personaje que sonríe lo hace solo porque ya está afilando el cuchillo con el que te va a rajar. Y sí, confirmo lo que sospechaba: en Poniente no se salva ni el panadero.

Mi motivación para repetir semejante epopeya visual no fue otra que “los matices y eso”. Una expresión que utilizamos todos cuando queremos parecer cultos, como cuando alguien dice que ha vuelto a leer a Proust (mentira y gorda) porque “se le escaparon detalles en la primera lectura”. Mentira podrida: lo que pasa es que la primera vez uno no entiende nada, y en la segunda lo único que consigue es perder aún más tiempo. En mi caso, me di cuenta de que los matices de “Juego de Tronos” consisten básicamente en que todos tienen cara de oler a pescado pasado, y que las estrategias políticas de la serie se resumen en:

Prometer lealtad eterna.

Traicionar a los dos minutos.

Que te corten la cabeza.

El lema oficial de la serie debería ser “Confía en mí” seguido inmediatamente por un primer plano del traidor sacando una daga de la manga. Yo, por ejemplo, me fío más de un político en campaña electoral que de Ned Stark prometiendo que va a decir la verdad. El pobre Ned dura en la serie menos que un helado en la puerta de un colegio en agosto.

Lo curioso es que uno termina aplicando esta desconfianza ponientil a la vida cotidiana. Sales a comprar pan y miras al panadero pensando: “Este tío me va a vender una barra blanda, como mínimo”. O peor aún: “Seguro que se ha aliado con los Lannister”. Si después de ver la serie dos veces no desarrollas una paranoia funcional, es que no has estado atento.

Pero hablemos del objeto de deseo universal: el Trono de Hierro. Ese amasijo de espadas retorcidas, tan incómodo como atractivo, que convierte en aspirante a cualquiera con un mínimo de delirio de grandeza. Yo confieso que me gustaría sentarme una sola vez en él, pero solo de visita guiada, como quien se sube a un tanque en un museo militar. Sin responsabilidades, sin conspiraciones, y, por favor, sin que me corten el gaznate por ocupar sitio.

Porque claro, uno se imagina el protocolo:
 —“Pase usted, siéntese, majestad por un día”.
 Y al minuto aparece un asesino con el cuchillo más afilado de acero valirio, plástico marbellí. El trono es, en realidad, el peor taburete de la historia. Si IKEA lo vendiera, lo encontrarías en la sección de “Muebles que nadie quiere, salvo sociópatas”.

Por otra parte, la lógica me dice que ese trono, soldado a martillazos con espadas recicladas, debe de tener defectos de fábrica. Conociendo cómo funcionan las chapuzas medievales, lo más probable es que alguna hoja esté mal colocada, con la punta hacia arriba, lista para pinchar una de las partes más nobles de mis carnes: los glúteos.

Imaginen la escena: yo, majestuosamente sentado, intentando imitar la cara seria de Tywin Lannister, y de repente un respingo porque una espada rebelde ha decidido saludarme la nalga izquierda. Así no hay dignidad que aguante. El consejo del reino no podría tomarme en serio mientras me retuerzo de dolor y grito improperios contra el herrero que hizo la soldadura. Sería el único rey de Poniente destronado no por una rebelión, sino por una almorrana traumática.

Ahora bien, después de tantas fantasías imperiales, vuelvo a la realidad de mi salón. Allí me espera mi sofá, que me fue vendido con la promesa de ser “piel auténtica, pura, suave, casi acariciadora”. Me lo describieron como si fuera el mismísimo dragón de Daenerys, domado y dispuesto a ofrecerme comodidad suprema. La verdad, era un fraude monumental. Ni piel, ni comodidad. Parece fabricado con el mismo material que usan para las butacas de autobuses interurbanos: un híbrido de plástico, tristeza y sudor ajeno.

Me aseguraron que era tan cómodo que podría ver series enteras sin moverme, y lo único que consigo después de un capítulo son calambres en las piernas, dolor lumbar y la sospecha de que alguien me ha echado un conjuro malicioso. Ni el Trono de Hierro me provocaría semejante tortura.

Aquí aparece el dilema filosófico: ¿qué es peor, ser rey de Poniente y arriesgar mis nalgas en un sillón asesino, o quedarme en mi salón con un sofá comprado en rebajas que me destroza la columna vertebral? La pregunta no es banal: se trata de elegir entre la gloria sangrienta y la incomodidad doméstica. Entre el puñal del enemigo, la traición del vendedor de muebles y mi absoluta ignorancia de ello, aunque le haga la prueba del “arañazo”.

Quizá lo sensato sea reconocer que mi trasero no está preparado ni para el hierro ni para la poli piel. Tal vez mi destino sea una butaca de abuelito, de esas con cojines blandos y estampado floral, donde la única conspiración posible sea que alguien se quede dormido roncando.

Volviendo a “Juego de Tronos”, debo admitir que la segunda visualización tiene su gracia: ya sabes quién muere y aun así vuelves a sufrir, como si esperases que esta vez cambie algo. Es como volver a ver Titanic confiando en que el barco esquive el iceberg porque lo has deseado mucho. Ned Stark sigue perdiendo la cabeza, Joffrey sigue siendo imbécil y los dragones siguen tardando en crecer, lo mismo que un niño alimentado con potitos ecológicos.

La diferencia es que ahora ya no me sorprenden las traiciones, solo las disfruto con un humor negro, como quien ve a su enemigo tropezar con una alfombra. Eso sí: sigo sin fiarme de ninguno, y me parece un consejo aplicable a la vida real.

Tras dos vueltas completas de la serie, he redactado mis normas de supervivencia si alguna vez me invitan a Poniente (que todo puede pasar, ya que últimamente se hacen tours de todo tipo):

Nunca confíes en nadie que diga “Mi señor” más de tres veces seguidas.

Si alguien te ofrece vino, probablemente tenga más veneno que el botiquín de Cleopatra.

Si ves un cuervo, huye: seguro trae malas noticias.

Nunca, jamás, te sientes en un trono lleno de espadas. Ni aunque lleve cojín.

Lo he aceptado: yo no soy de tronos, soy de sofás. Quizá el mío sea un engaño, un fraude de poli piel infame, pero al menos nadie quiere matarme por ocuparlo (o eso quiero pensar). El sofá, aunque incómodo, no exige lealtades ni me enfrenta a ejércitos de bárbaros. Me castiga lentamente, pero sin gloria ni sangre. Es el equivalente burgués de la tortura medieval: discreto, continuo, sin titulares en la prensa.

Y si alguna espada mal soldada me va a pinchar en el culo, prefiero que sea la cremallera rota de un cojín barato, no la hoja oxidada de un guerrero caído.

Sentarme en el Trono de Hierro es una fantasía inútil, como querer casarse con Daenerys y que te cocine croquetas de atún enlatado. Mejor me quedo con mi serie, mi paranoia saludable y mi sofá traicionero. A fin de cuentas, siempre puedo justificar mi incomodidad diciendo que estoy entrenando para un futuro reinado en Poniente. Y cuando alguien me pregunte por qué veo “Juego de Tronos” por segunda vez, podré responder con seriedad: “Por los matices y eso”.

Lo que no diré es que, en el fondo, lo que me fascina no son los dragones, ni las batallas, ni las intrigas. Lo que me fascina es comprobar, capítulo tras capítulo, que en ese universo de sangre y espadas nadie tiene un buen sillón.

Y que, aunque mi sofá sea un timo, sigue siendo el único lugar donde mi trasero es, todavía, rey absoluto. @mundiario