El suicidio de los gestos

Imagen referente al suicidio. / informe21.com

El suicidio es una plaga que afecta a mucha “gente de bien” pero peor aún es el suicidio de los gestos, tanto en vida como muertos.

El suicidio en España no sólo es una plaga sin que sus cifras alarmen aunque ya superen las muertes de tráfico en “gente de bien”. Se encubren por pudor y por no reconocer que los españoles estamos a la cola en salud mental si damos por bueno que casi el 50% de las personas que necesitarían tratamiento no lo reciben. Los gestos suicidas podrían ser aún más perturbadores.

Aunque claro, eso no desanima a nuestros gobernantes  porque los dineros públicos se vacían en otras futilidades de renta electoral. Pero hay otro suicidio que no se oculta, el de los gestos con tanta tolerancia hacia el intolerante.

La ley de banderas, pese a sentencias de tribunales, no es algo ajeno a la memoria. Existen aún hoy en día en España un buen número de ayuntamientos indepes en Cataluña que se niegan a ondear en asta la bandera nacional. O diputadas ultranacionalistas que cobran del “estado opresor” y comparecen en el Congreso de los Diputados apartando la enseña nacional “porque no me representa”.

Lo grave no es el gesto que trata de buscar notoriedad escénica (como nos solía acostumbrar el diputado separatista Rufián de ERC) sino que se lo consientan sin amonestación por parte de la presidenta del Congreso, Meritxell Batet. Así estamos logrando suicidar el gesto, y esta vez sin reparar el daño a vivos y muertos por la democracia.

También estamos reventando la credibilidad internacional de España como país a través del fútbol, con el caso Negreira del FC Barça y la sospecha de haber comprado árbitros en competiciones de todo tipo. Un suicido sin resurrección que traerá larga cola con reclamaciones, de otras ligas extranjeras y hasta de la propia FIFA como se pongan a limpiar. Aunque la FIFA tampoco es pulcra en las tareas de aseo ni está limpia de  sospechas de convolutos.

Pero lo que peor llevamos es consumar el suicidio de la transparencia con la modificiación de los delitos de malversación. Todo ello para rebajar las penas de los golpistas catalanes y  un puñado de defraudadores socialistas condenados en Andalucía que así eluden la cárcel por parte de un poder suicida sectario.

Una parte de los fondos europeos Next Generation pueden perderse por el desagüe sin que el peso de la ley caiga sobre los presuntos corruptos. Con la excusa que “mientras no sea para provecho personal no es corrupción”, hemos dilatado el suicidio y el gesto de institucionalizar una vez más la corrupción incluso con los dineros de fuera. Vamos, la mejor fórmula para adular la confianza del país y la prima de riesgo despierte de los encantos del sueño.

Pero el mayor suicidio colectivo al que estamos asistiendo en suelo europeo es el trauma de Ucrania: asesinando a mansalva a voces, almas y gestos. Aquí sus cuerpos saltan al vacío y estallan en los aires, mientras halagamos el cínico gesto de la ayuda reciclada al invadido. No nos asombra porque con la asistencia al Tercer Mundo, mandamos las sobras del consumismo occidental. En el mejor caso, levantamos muros en las fronteras como los que festejamos cuando el comunismo suicida se vino abajo en Europa. 

Menos mal que con la ley del Sí es Sí, la Ley Trans, de la Eutanasia, Vivienda Okupa o Memoria histórica estamos evitando el suicidio con la historia y el pulido de las gestas que facturan. Con menos guasa, no pocos escritores y artistas han flirteado con pulsiones suicidas y así lo denuncian, sin demagogia -en festivales de cine-, porque aquí el arte se mima con Arco, pero se desprecia tan noble profesión ajena al audiovisual.

Cuando concedemos el éxodus a un grande de las artes, todo menos funerales de Estado, que andamos escasos de guita y cuitas protocolarias, pero nos sobra para burdeles, coca y propaganda fantasiosa.

Debo confesar que soy una víctima de otro suicidio podológico en mi generación. El calzado, casi siempre pequeño de talla, no aguantaba los tirones de crecimiento y se apuraba sofocando las molestias a base de resignado aguante. Las estrechas hormas se violaban con alevosía maternal a falta de liquidez. Los defectos, pensábamos, se curan con la edad y en algunos tras gestos del podiatra. 

Hoy ya no nos preocupa tanto porque nos distrae el futuro del coche contaminante que suicida la salud colectiva del cambio climático. Eso, si acaso, es cosa para mayores mientras los adolescentes sortean el bullying autolítico como pueden por falta de atención social. Cómo será cuando se normalice el sexo de los menores con adultos como pretende la ministra pirolítica del autoservicio. @mundiario