El rey que lo sigue haciendo en la piscina desde el trampolín y dice que llueve

Nos cabe todo, menos la estupidez. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar este borbón hábil en el manejo de los dineros y de bragueta fácil? ¿Y nosotros? ¿Qué tamaño tienen nuestras tragaderas?
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Juan Carlos I en Sanxenxo. / RR SS

España es país de grandes creencias. Aquí nos hemos creído de todo sin el menor movimiento de cejas. Ya en la infancia nos tragamos que el Cid ganaba batallas después de muerto para acabar en la madurez repitiendo como un mantra: “como en España no se come en ningún sitio”. Y eso que la mayoría de quienes recitaban sin descanso esa frase apenas habían salido de su terruño.  Lo último que nos quieren hacer tragar es que Juan Carlos de Borbón con 85 años bien cumplidos y con movilidad casi nula ha venido a España desde su autoexilio de Abu Dabi para entrenarse de cara al próximo campeonato del mundo de vela de la clase 6mR que se celebrará del 31 de agosto al 8 de septiembre en la isla británica de Wright.

Resulta bochornoso el despliegue de medios de comunicación, sobre todo audiovisuales y gráficos, para seguir los pasos renqueantes de un hombre que salió de España cuando la justicia parecía que iba a procesarle por sus presuntos delitos de corrupción continuada. Cuando la fiscalía concluyó que algunos de esos presuntos delitos no podían juzgarse porque estaban encuadrados en la etapa en la que Juan Carlos era Juan Carlos I y, por tanto, gozaba de “inviolabilidad”, es decir, tenía “impunidad frente a las leyes, sean estas penales, civiles o administrativas”.

El resto de los presuntos delitos había prescrito. Con ese doble escudo pudo regresar a España en mayo de 2022, pasarse casi un día en el palacio de la Zarzuela -nadie nos contó de qué hablo con su hijo- y ante la pregunta del grupo de periodistas que seguía sus pasos –“¿Ha dado usted explicaciones?”- nos dejó con su respuesta la mejor versión de un rey soberbio: “Explicaciones ¿de qué?”.

Y hoy, un año después, volvemos al circo. Televisiones, radios, periódicos, agencias de noticias, canales de youtube, canales de Twitter y Facebook…, todos conectando en directo desde el aeropuerto de Vigo, desde la vivienda de su anfitrión en Sanxenxo (Pontevedra), Pedro Campos, desde el puerto deportivo de esa localidad. La mañana del miércoles 19 de abril tan solo los canales audiovisuales públicos retransmitían la sesión plenaria del Congreso de los Diputados. Allí comparecía el presidente del Gobierno. Para qué distraerse con esos debates tan aburridos si delante teníamos el gran notición del año: ¡una furgoneta de una pescadería de la zona entraba en la residencia de Pedro Campos, el anfitrión del “emérito”! A Juan Carlos le gusta el marisco, deducían los hábiles reporteros.

Más tarde nos fueron suministrando las primeras imágenes de Juan Carlos en su acercamiento a la embarcación en la que haría, en compañía del resto de la tripulación, los primeros entrenos de cara a ese campeonato del mundo de vela. ¿Qué misión tiene en esa aventura náutica tan hábil y ágil marinero? “Su cometido consiste en llevar la caña del timón”, según nos explican con vehemencia algunos reporteros. Para quienes no estamos familiarizados con las artes náuticas ese detalle nos suena a música celestial. Ahora bien, una vez que le vemos descender por las escaleras que dan acceso al espigón donde se encuentra atracado el Bribón -ese es el nombre de la embarcación-, lo entendemos todo.

Llevar la caña del timón significa encajar al emérito en un asiento acolchado del que no puede entrar ni salir sin la ayuda correspondiente. Allí, como si de un madelman se tratase, Juan Carlos tiene la suficiente movilidad para levantar su mano derecha y saludar al respetable, aunque como en esta ocasión dicho saludo solo sea recibido por unos cuantos entusiastas. Con ese bagaje se lanzan al entrenamiento, ya que no hay tiempo que perder pues el campeonato del mundo está a la vuelta de la esquina y sería bonito revalidar un título que ya consiguió en 2017.

El pasado se puede cambiar

Es sabido que en España lo que más cambia es el pasado. Construir un pasado glorioso es tarea fácil. Basta contar con un buen relator, dinero suficiente, medios de comunicación afines y una pléyade de tertulianos bien remunerados. Para las nuevas generaciones Juan Carlos de Borbón nació con la Transición. Incluso, hoy está comúnmente aceptado que fue quien nos trajo la democracia. Más tarde, los relatores que adaptan el pasado a las nuevas circunstancias nos fueron contando que teníamos un rey muy cercano al pueblo, un “campechano”, uno más, aunque tuviese la testa coronada. El detalle de su adopción por parte del dictador Franco y la designación que le hizo como sucesor (sucesor de Franco, no equivocarse) a título de rey se fue olvidando en las biografías oficiales y en las crónicas de la prensa.

Cuando transcendieron algunos deslices de su vida -cazando osos embriagados en Rusia, pero el rey lo desconocía, no seamos mal pensados; o bien partiéndose la cadera en otra cacería a la que fue acompañado de una señora, Corinna Larsen, a la que había alojado en una residencia oficial en El Pardo-, volvieron los cuentistas oficiales para montar una escena muy bien ensayada con Juan Carlos saliendo de una habitación para decirnos: “Me he equivocado. Lo siento. No lo volveré a hacer”. Ya está, todo aclarado, vía franca para seguir con el divertimento.

Y, entonces, apareció el dinero. The New York Times había publicado en 2012 una historia que fijaba la fortuna del entonces rey Juan Carlos en 2.000 millones de euros, asegurando que era una incógnita cómo Juan Carlos había amasado esa fortuna. Ese mismo año se desveló otro dato: Juan Carlos donó 65 millones de euros a Corinna Larsen (amiga íntima del rey, según se comentó entonces). Esos 65 millones de euros procedían al parecer, del pago de una comisión ilegal de 100 millones de euros pagados por el gobierno de Arabia Saudí en agosto de 2008 y que respondería a las gestiones realizadas en torno a la concesión de las obras del AVE a La Meca.

Los asuntos del dinero oscuro iban in crescendo. Había que recurrir de nuevo a los cuentistas que, finalmente, convencieron al borbón para que abdicara a favor de su hijo el 18 de junio de 2014. Solo un mes más de reinado y la abdicación habría sido otro 18 de julio. Los cuentistas pensaron en todo.

De fácil digestión

Hubo un momento en el que todos creímos que Juan Carlos iba a sentarse en el banquillo de los acusados por varios presuntos delitos. Falsa ilusión; nos volvieron a vender una historia de trama sencilla: a un rey no se le puede juzgar ni investigar en una comisión del Congreso de los Diputados. Eso sería dar el mando a los “malvados comunistas” de antaño. Como si del catecismo del padre Ripalda se tratase, Juan Carlos volvió a aparecer en nuestras vidas impoluto porque como ha declarado estos días el expresidente Rajoy, “hay que normalizar la presencia del rey Juan Carlos en España”. 

Tras ensalzar la figura del emérito (Rajoy dijo que Juan Carlos nos trajo la democracia, nos dio una Constitución y nos introdujo en la UE), el expresidente del Gobierno nos regañó a todos al aseverar que “no hay razón para que siempre que viene a España alguien se empeñe en montar un espectáculo”. O sea, que la culpa es nuestra.

Nos cabe todo menos la estupidez. Por mucho que lo disimulemos, ni somos necios ni nos falta inteligencia. Pero seguimos tragándonos el relato del “emérito”, del “campechano” con total naturalidad. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar este borbón hábil en el manejo de los dineros y de bragueta fácil? ¿Y nosotros? ¿Qué tamaño tienen nuestras tragaderas? Alguien tendrá que recordar al rey Felipe VI ¿por qué su padre mantiene el título de rey con carácter honorífico, el tratamiento de “majestad” y ha pasado a la reserva como capitán general de las Fuerzas Armadas? Tampoco se entiende que se le haya permitido establecer residencia fuera de España y dejar de ser contribuyente de la Hacienda Pública. ¿Entonces, qué significa lo de rey emérito, “majestad” y capitán general en la reserva?

Y a Rajoy y a la banda de cuentistas cabría pedirles que recordasen a Estalisnao Figueras, primer presidente de la I República. En julio de 1873, en medio de un debate en el que era imposible llegar a algún acuerdo, tomó la palabra y dijo: “Estoy hasta los cojones de todos nosotros”. Dimitió y se largó a Francia. Probablemente, la frase no fuese exactamente esa, pero para la historia ha dejado como huella “hacer un Estanislao”. Pues eso, señor Rajoy, háganos un “Estanislao”. @mundiario

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