Plato del día

Record de turistas y lamentos corales de hosteleros

Los precios vacían las terrazas
La gallina de los huevos de oro del turismo lleva décadas manteniendo hipnotizados a los sucesivos gobiernos, henchidos de orgullo cada año que exhiben las medallas en el podio de los países más visitados. Pero a medida que sube la cantidad en las listas de empleo, baja la calidad de vida de los empleados ¡No es oro todo lo que reluce!

El amargo lamento coral de los hosteleros resuena por la geografía española. Por los cuatro puntos cardinales peninsulares e insulares, propietarios y propietarias de hoteles, restaurantes, chiringos de playa, discotecas VIPS y todo tipo de instalaciones especializadas en ordeñar al turista, no salen de su asombro y desesperación ante el paradigma aritmético de este verano de 2025: récord mundial de turistas (¡100 millones, tronco!) e inesperada disminución  de consumo per capita. Inmediatamente, los medios de comunicación han movilizado a sus enviados especiales, con sus correspondientes alcachofas, para darle voz, espacios de radio y televisión, a esas víctimas de semejante catástrofe nacional como consecuencia de un cambio climático, otro más, de naturaleza socio-económica.

Hemos tenido que verlos y escucharlos, oye, deslizando entre sus confesiones y reproches a la opinión pública despreciativos gestos y veladas insinuaciones a una clientela que, por lo visto, ha dejado de caer en la tentación de seguir rascándose los bolsillos y volver a casa en números rojos bancarios. Claro, como con esto del turismo en España se ponen medallas los gobernantes y se ponen las botas los explotadores, este paradigma de haber recibido muchos más turistas y haber recaudado muchos menos euros, lo han querido, lo quieren convertir en un drama nacional. Pero, chico, hasta yo, que soy de letras, soy capaz de interpretar este asunto como una consecuencia de la longeva ley de la oferta y la demanda: 100 millones de turistas empiezan a caer de la burra.

De manera que ¡menos lobos, Caperucita! No empecemos ahora a solicitar ayudas, subvenciones, medidas a un gobierno (este de ahora, los que puedan llegar después), para mantener a flote al sector turístico, frívolamente izado a la categoría de buque insignia de la economía nacional, en el que se lo llevan crudo los patrones y se les reparten migajas salariales y horas extras no cotizables a los marineros. Sería el colmo, en esta nación a la deriva, que le diesen prioridad a la avariciosa voz de la hostelería y condenasen a las víctimas de la dana, de la España calcinada, al galopante síndrome de los pasajeros de los trenes con los que juega el señor ministro Óscar Puente, ya sabes: ¡vuelvan ustedes mañana!, o pasado, o el año que viene si, con suerte, tenemos por fin unos presupuestos generales del Estado.

Esto ocurre, está ocurriendo, porque durante tantos años hemos puesto casi todos huevos en la misma cesta: la del turismo, que no se puede negar que ha sido pan para hoy, pero se puede vislumbrar que acabe convirtiéndose en hambre para el mañana. Por de pronto, no ha caído solo de la burra el turismo genuinamente nacional, oye. En inglés, en alemán, en francés y todo tipo de idiomas, se ha podido escuchar estos días en las recepciones de hotel, ante las facturas de restaurantes, en los chiringuitos, al averiguar el precio de las hamacas y las sombrillas: ¡si lo sé no vengo…! @mundiario