La Ley Trans y otras elucubraciones sobre efectos en la sucesión de la Corona
A propósito de la “Ley Trans” estos días se están produciendo un aluvión de críticas, comentarios, valoraciones y lucubraciones diversas, algunas disparatadas y otras pintorescas, en algunos casos bien fundamentadas sobre los efectos que la citada ley pudiera tener en los más insospechados ámbitos, uno de ellos, la propia sucesión a la jefatura del Estado.
Como ustedes saben, la Constitución española, como decían las precedentes, no dice que el “El Rey de España es…”. Sino que la Corona es hereditaria en los sucesores de Juan Carlos I, instituido en sucesor “A título de rey” del fundador de la llamada Monarquía del 18 de julio, por su propio creador, el general Franco, que dejó claro que tal monarquía era fruto de aquel hecho y que nada debía al pasado. Por eso, en contra de sus propios principios de igualdad entre el hombre y la mujer (Artículo 14) prácticamente reproduce en su artículo 57 lo que dice el artículo undécimo de la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado del general Franco, o sea que, en lugar de aplicar su propia doctrina tras la abdicación de Juan Carlos I, se aplicó la Ley de Sucesión del Caudillo, de modo que, al preferir al varón sobre la hembra, en lugar de ser reina la infanta Cristina, lo fue su hermano Felipe. De este modo, se robaron la condición de Príncipe de Asturias y heredero del trono a Froilán.
Mucho se ha dicho que fue el propio Juan Carlos quien insistió en ese cambio, entre otras cosas porque entendía que intelectualmente su hija mayor no estaba adecuadamente dotada para sucederlo. Ya en su día, cuando todavía don Juan no cediera sus derechos históricos, elevó a su hijo Felipe a la condición de Príncipe de Asturias, lo que los leales a don Juan consideraron una bofetada. Lo más curioso es que Franco trataba a don Juan como Príncipe de Asturias (y se dirigía a él como alteza); en tanto el hijo de Alfonso XIII se consideraba a sí mismo heredero y rey legítimo, por lo que cuando Juan Carlos acepta ser sucesor de Franco le retira la placa de Príncipe de Asturias. Es decir, todo un enredo.
La Ley Trans abre ahora posibilidades infinitas que podría crear situaciones nuevas y nada inverosímiles. Dentro de esas lucubraciones, algún jurista, pienso yo que, con fundamento, ha planteado curiosas hipótesis en ese terreno que, aunque sólo sean eso, dan que pensar. Veamos: ¿Qué pasaría o hubiera pasado, si ahora mismo la infanta Elena decidiera convertirse en varón y al serlo plenamente de “iure” reclamara el trono que le hubiera correspondido como sucesora natural, conforme a la propia Constitución que iguala en derechos a los dos sexos, y no la ley de sucesión franquista? Ya sabemos que es una fantasía, una especulación, pero con el fundamento de los efectos de la retroactividad de los efectos de las leyes que favorecen a la persona a quienes se aplican. Insisto en que esto no deja de ser una especulación, pero resulta divertido pensar qué pasaría hoy si el tal Froilán se convirtiera en príncipe de Asturias.
Pero hay otros aspectos más verosímiles. El Estado es aconfesional, pero la monarquía es católica, aunque para disimular se haya eliminado en los saldos e invocación al rey, “Su Majestad Católica, Que Dios guarde”. ¿Qué pasaría si la actual princesa de Asturias quisiera ser madre soltera o tener pareja del mismo sexo, cosa ahora normal? ¿Qué pasaría con la sucesión a la Corona? Por eso la monarquía tiene que seguir siendo católica. Por cierto, que algún medio monárquico ha sugerido que en el futuro el cónyuge de la princesa de Asturias, si llega a reinar, deje de ser príncipe consorte y que reciba el tratamiento de “rey consorte”, lo que obligaría a cambiar la Constitución. No creo que pase nunca, como no ocurre en el Reino Unido ni pasó en alguna monarquía nórdica donde alguno de los consortes quiso que lo trataran como a su señora.
En el transcurso de la vida ordinaria, antes de que existiera esta debatida y controvertida ley, se producían a veces curiosas situaciones. Hace años, en el Hospital Xeral de Vigo un recién nacido presentaba al tiempo los elementos descriptivos de ambos sexos. Y en principio le dijeron al abuelo que había nacido “Manoliño”; pero luego de un detenido examen advirtieron que, pese a la confluencia de ambos sexos, el que tenía más posibilidades clínicas de desarrollo normal era el femenino, y se optó por ese camino de acuerdo con los padres. El problema era como decirle al abuelo que no era “Manoliño”, que era “Manoliña”. Claro que ahora, gracias al Gobierno de progreso, Manoliña puede convertirse en Manoliño, y volver a ser Manoliña cuando quiera. Hemos avanzado mucho. @mundiario