El periodismo como compromiso democrático
El periodismo no se legitima solo por su actualidad, ni por su capacidad de adaptarse a cada nueva tecnología, sino por la coherencia de quienes lo ejercen y por la función social que cumple. Esa fue la idea que atravesó el acto de entrega del IV Premio Mundiario de Periodismo, celebrado coincidiendo con el decimotercer aniversario de MUNDIARIO, y que explica el sentido profundo de un galardón concebido no como un gesto ceremonial, sino como una toma de posición.
La concesión del premio a José Castro López responde a esa lógica. No se trata únicamente de reconocer una trayectoria extensa y solvente, sino de subrayar una manera de entender la comunicación y el periodismo como espacios de responsabilidad pública, rigor intelectual y compromiso democrático. El jurado, integrado por profesionales del ámbito universitario y periodístico, lo otorgó por unanimidad, un dato que no es accesorio: señala que existe un consenso básico en torno a ciertos valores del oficio que siguen siendo irrenunciables.
En su intervención, el editor y fundador de MUNDIARIO, José Luis Gómez, situó el premio en una perspectiva que va más allá del homenaje personal. Recordó que el galardón no nace para celebrar coyunturas ni modas, sino para reconocer trayectorias que han contribuido a dignificar el periodismo y a fortalecer pilares democráticos como el pluralismo, la independencia informativa y la libertad de expresión. Son los mismos principios que inspiran el proyecto editorial de MUNDIARIO desde su fundación.
Reconocer trayectorias es también defender una forma de entender el periodismo como servicio público. Sin periodismo independiente no hay ciudadanía informada ni democracia sólida
En apenas cuatro ediciones, el premio ha ido construyendo un pedigrí reconocible. Los nombres de Carsten Moser, Francisco Abuín, María Xosé Porteiro y ahora José Castro configuran una constelación diversa, pero unida por una misma idea del periodismo como ejercicio cívico. No es casual que José Luis Gómez evocase a Ryszard Kapuściński para resumir el espíritu del galardón: para ser buen periodista hay que ser ante todo buena persona. La frase encierra una exigencia ética radical en tiempos de desinformación, polarización y cinismo.
El contexto en el que se produce esta reivindicación no es neutro. El periodismo atraviesa una transformación profunda marcada por el peso creciente de las redes sociales, los grandes agregadores de noticias, los algoritmos y la inteligencia artificial. Estos cambios han ampliado las posibilidades técnicas, pero también han introducido riesgos evidentes para la calidad informativa, la sostenibilidad de los medios y la autonomía editorial. Frente a lecturas apocalípticas o ingenuamente tecnófilas, el discurso del editor apostó por una posición intermedia: el futuro no está escrito y sin periodismo no hay democracia.
Esa afirmación no es retórica. Los medios no existen para amplificar consignas ni para competir en ruido, sino para garantizar el derecho de los ciudadanos a estar informados con contexto, honestidad y sentido crítico. Cuando esa función se debilita, se resiente la calidad del debate público y se abre espacio a la manipulación, la mentira y el autoritarismo blando.
La intervención del propio José Castro López reforzó esa idea desde la experiencia. Al aceptar el premio como reconocimiento a una trayectoria humana y profesional, explicó su concepción de la comunicación corporativa como una herramienta para crear confianza y construir alianzas duraderas entre las organizaciones y su entorno. Una visión que trasladó también a su relación con los medios, basada, según recordó, en el respeto mutuo y en un código ético compartido. El Premio Cristal a la Transparencia Informativa que recibió en 1996 de manos de los periodistas de A Coruña fue, en ese sentido, una validación especialmente exigente.
Su discurso incluyó además una reflexión crítica sobre la desaparición de las cajas de ahorro tras la crisis de 2008, entendida no solo como un episodio financiero, sino como la pérdida de un modelo con fuerte arraigo territorial y función social. Y, ya en el tramo final, una defensa explícita de la libertad de prensa como condición indispensable de la democracia, no para combatir a los gobiernos, sino para garantizar el derecho de la ciudadanía a saber.
El acto, celebrado en Oleiros bajo la presidencia de su alcalde, Ángel García Seoane, tuvo también una dimensión política en el sentido más noble del término: la reivindicación del periodismo como contrapoder y como espacio de libertad en un contexto internacional incierto. Las advertencias sobre determinadas derivas autoritarias no desdibujaron el tono general, pero sí recordaron que los derechos nunca están definitivamente conquistados.
Con trece años de trayectoria, MUNDIARIO reafirma así su apuesta por un periodismo independiente, reflexivo y plural en un ecosistema mediático cada vez más condicionado por la velocidad y los intereses ajenos a la información. El mensaje que atravesó toda la jornada fue claro: sin periodismo no hay democracia. Y mientras existan profesionales que entienden el oficio como un compromiso ético y proyectos que lo sostienen desde la independencia, el futuro del periodismo seguirá abierto. @mundiario