La pelota de las pensiones está sobre el tejado de Moncloa
Le doy gracias a la vida, ahora que me queda tan poco tiempo por delante y tanto por detrás, por haberme permitido levantarme una mañana de junio de 1978 exclamando: ¡buenos días, democracia! No sabíamos lo que era, en que iba a consistir el cambio de paradigma de dejar de ser gobernados y legislados por un solo hombre, ministros y procuradores en Cortes en modo marionetas y Principios Fundamentales del Movimiento, pero aceptamos en masa que más valía lo bueno por conocer que lo malo conocido.
Y así fuimos creciendo, y crecimos tan deprisa, con tanta esperanza que, tres años después de haber condenado a la oprobiosa dictadura a cadena perpetua en Cuelgamuros, tres generaciones de abuelos, padres e hijos marcamos un hito en la turbulenta historia que resumió Machado en un grito casi póstumo: ¡Os guarde Dios! Sí, sí, prácticamente por unanimidad, por goleada, en un civilizado totum revolutum de progresistas, conservadores, franquistas reciclados, comunistas desteñidos, socialistas europeizados, centristas que pasaban por aquí, republicanos, monárquicos, católicos, ateos y toda especie de la condición humana, decidimos guardarnos por nosotros mismos y acatar ese libro de instrucciones para la convivencia en libertad al que todavía seguimos llamando Constitución del 78.
¡Ha sido bonito mientras ha durado! Con sus luces y sus sombras, con sus Adolfos y sus Felipes como pioneros de los gobiernos del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, fuimos sorteando Tejerazos, corriendo tupidos velos ante Pujoladas financieras, enterrando víctimas del Goma Dos y las Nueve Parabellum (¡Buenos días, tristeza!), en el nombre de la Patria que nos ha revelado en su libro Fernando Aramburu, digiriendo fotos de las Azores, mareas negras, atentados de cercanías en Madrid, burbujas inmobiliarias, culturas militantes de la ceja, corrupción al por mayor bajo el tupido velo del humo de los puros de Rajoy, hasta llegar a estos días en los que, la democracia, ha dejado de consistir en el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y ha empezado a ser un instrumento puramente aritmético, publicitario, de boquilla, para estar o aspirar a estar en el gobierno sin el pueblo, al margen del pueblo y, a veces, contra el pueblo.
Era hijo cuando dimos a luz la democracia; era ya padre cuando libramos a nuestros hijos de una España en la que pretendían volver a mantenernos en el suelo: ¡todo el mundo al suelo! Y, ahora, ya soy solo abuelo, un anónimo entre los anónimos 12 millones de jubilados, ¡miradnos!, entre los que unos se inclinan por el relato del gobierno y otros por el relato de la oposición, al respecto del incremento de las pensiones que penden de un hilo. Ni quito ni pongo relato, pero, en democracia, la pelota siempre está sobre el tejado de los que gobiernan, voluntariamente, aritméticamente, incluso peligrosamente. Para un demócrata, es absurdo pedirle peras al olmo de la oposición y disculpar al gobierno si se pudren los frutos del BOE. @mundiario