Netanyahu en la ONU: entre las medias verdades y la política de desgaste
El paso de Benjamin Netanyahu por la Asamblea General de Naciones Unidas dejó tras de sí un discurso cargado de afirmaciones discutibles, tergiversaciones y silencios significativos. No se trata solo de matices en la interpretación de un conflicto complejo, sino de un uso político del relato para mantener a Israel como víctima permanente, a pesar de las pruebas acumuladas sobre la devastación de Gaza.
Uno de los ejes de su intervención fue la insistencia en que Hamás roba la comida destinada a la población civil. Sin embargo, ningún organismo internacional ha encontrado pruebas de una práctica sistemática de este tipo. Lo que sí señalan los informes de Naciones Unidas es la existencia de saqueos protagonizados mayoritariamente por gazatíes hambrientos y, en menor medida, por clanes criminales enfrentados a Hamás que operan con la permisividad del ejército israelí. Convertir eso en un argumento de que la ayuda humanitaria acaba en manos de la milicia islamista es, como mínimo, una tergiversación.
La cuestión de las bajas civiles es otro punto donde el discurso oficial israelí se desmorona. Netanyahu aseguró que la proporción entre combatientes y no combatientes muertos es “asombrosamente baja”, cuando los propios datos filtrados de inteligencia militar israelí reconocen lo contrario: una abrumadora mayoría de víctimas son civiles. Las cifras independientes elevan esa proporción hasta niveles excepcionales en comparación con otros conflictos recientes.
Sobre la solución de dos Estados, Netanyahu volvió a recurrir a la narrativa de que los palestinos nunca la han querido. Pero la historia dice otra cosa: la OLP aceptó formalmente el reconocimiento de Israel en los años noventa y asumió el marco de Oslo, mientras que Israel nunca ha reconocido el derecho palestino a un Estado. La parálisis actual responde más a la política de bloqueo de Netanyahu que a un rechazo absoluto de la parte palestina.
El primer ministro también sostuvo que casi el 90% de los palestinos apoyaron el ataque del 7 de octubre. En realidad, los sondeos más recientes muestran un apoyo decreciente y muy lejos de ese porcentaje. Netanyahu mezcló datos de encuestas distintas y descontextualizadas para dar una imagen uniforme de un pueblo alineado con Hamás, algo que no refleja la realidad, ni en Gaza ni en Cisjordania.
La idea de que Gaza fue ya un “Estado palestino de facto” desde la retirada unilateral de 2005 tampoco resiste el contraste con el derecho internacional. La ONU nunca ha dejado de considerar el enclave como un territorio ocupado, bajo control militar israelí, con un bloqueo que ha condicionado desde entonces la vida de sus habitantes.
Incluso en cuestiones simbólicas, como la demografía cristiana en Belén, Netanyahu optó por manipular las cifras y las causas. La disminución de cristianos no tiene su raíz en la Autoridad Palestina, sino en décadas de ocupación, restricciones y emigración económica.
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Lo más preocupante no es solo la falta de rigor en un foro como la ONU, sino el trasfondo estratégico. Netanyahu necesita prolongar la guerra para sostener su coalición interna y evitar una rendición de cuentas política y judicial. Sin embargo, la presión internacional va en aumento. El plan presentado por Estados Unidos, con la implicación de Tony Blair y la participación de países árabes, refleja que los aliados más cercanos a Israel buscan ya una salida que garantice el alto el fuego, la liberación de rehenes y un futuro posguerra sin Hamás, pero tampoco sin una Autoridad Palestina reforzada.
El problema es que el propio Netanyahu se aferra a mantener la potestad de intervenir militarmente en Gaza cuando lo considere necesario, lo que convierte cualquier solución en un frágil equilibrio destinado a romperse. La paz no llegará con discursos construidos sobre medias verdades, sino con decisiones políticas capaces de reconocer derechos y responsabilidades de ambas partes. @mundiario