Negacionismos desmemoriados

As bestas. / Productora.

As Bestas son un aviso para cuantos miran sin ver. A la bestialidad humana no le agradan proyectos de vida que rompan su vigencia.

Las lindes entre la memoria y la Historia son tan frágiles que, a menudo, se confunden y tienden a difuminarse de tal modo que, a veces, se da lo acontecido por no existente y viceversa. Las reuniones de antiguos alumnos de colegio suelen confluir inevitablemente –y no digamos si han convivido en un internado- suelen en el repaso de lo que fue o no fue el tiempo de colegueo adolescente. Siempre concuerdan en cuanto a la superioridad manifiesta del grupo de clase, diferente de los otros, sobre todo los de cursos posteriores. También acostumbran a coincidir en lo referente a una supuesta solidaridad interna, consolidada en múltiples acontecimientos que confirman con inacabables relatos, precedidas siempre del inevitable: ”os acordáis de aquel día en que……”. Acuérdense o no de tanta concordancia, esas reuniones transcurren en una interminable retahíla de chascarrillos y anécdotas, que dulcifican y casi siempre mejoran lo realmente sucedido muchos años atrás. Los reunidos parecen rejuvenecerse con sus versiones de lo vivido, y más si se animan con bebida abundante, y no  hay discordancias en la narrativa  de aquel tiempo ido.

Los problemas de las narraciones grupales surgen de los negacionistas del relato, bien porque en su memoria persisten retazos inexplicados, humillaciones o desencuentros con espabilados y acusicas de entonces o, también –caso muy frecuente-, porque estén convencidos de que todo les ha ido maravillosamente bien y no han  encontrado tropiezo a la buena imagen que de su paso por el mundo dejó aquel pasado. Para estos negacionistas últimos, no hubo problemas, maltrato, ignorancia o cosas peores; no pueden ver que, en aquellos años de supuesta paz armoniosa y celestial, hubiera habido personajes nefastos, partidarios de sí mismos o de que la letra con sangre entra, como aquel Doctor Centeno que Galdós había pintado como “antipática pesadilla” y generador de “repugnancias”, porque su pedagogía, de “autoridad despótica” y “crueldad sublime”, recorría los bancos desde que advertía “los primeros síntomas de la rebelión” contra su incapacidad, y les ponía “rápido correctivo con su vara o su mano al cuchicheo”. Aquella máxima: “Siembra coscorrones y recogerás sabios” produjo ya entonces gente adepta y servil, colaboracionista de lo que había. Pretender que la memoria no lo borre ese historial no puede ser; si lo hace, es casi segura la bronca con el resto de compañeros o compañeras para quienes estuvo bien e, incluso, muy bien aquel tiempo, en que no hablábamos de política porque ¡hay que ver cómo nos queríamos!

As Bestas

Para este colaboracionismo desmemoriado, el pasado no se puede corregir y lo que impone el presente son nuevas formas de sobrevivir; superviviente de aquel pasado se empeña en imponer la paz a golpe de restricciones de la memoria y, si puede, con decisiones de pervivencia tranquilizadora que no inquieten  desconfiando de lo que hay. Es más, el patrimonio de desmemoria es hereditario y quienes tienen el control de la palabra lo propagan de continuo en lo que dicen o callan. Sobreseyendo asuntos, ocultando información y manipulando mensajes, establecen la verdad de lo que fue, desde el poder que creen tener. Lo que existe o no existe, igual que lo que ha existido, lo determinan seleccionando previamente como olvido o recuerdo tolerable lo que se publica o edita y el cómo haya de hacerse; por eso son casi siempre engañosos los centenarios, aniversarios y conmemoraciones, redundantemente laudatorias de quienes determinan los hilos narrativos oficiales de lo acontecido. Ese es, asimismo, el determinante de los algoritmos que operan en los debates, opiniones y decisiones ejecutivas. Alimentando la desmemoria ocultan el presente, no sea que el pasado lo haga ignominioso y obligue a rectificar lo que se sigue haciendo a cuenta del dominio colonializador, la superioridad de la fuerza, el poder de los intereses propios y, a veces, para retrasar la defenestración de tontería arrogante e inane.  

Quienes hayan visto la película de Rodrigo Sorogoyen, As Bestas, habrán visto el impredecible despertar de la memoria en la supuesta vida tranquila de las vaciadas riberas del Sil ourensano. En un espacio tan idílico, suscita tensiones irracionales, de bestialidad desmedida; entre bellas caracochas de castaños, este guión no revela una morriña melancólica, sino un pasado desdeñado y preterido, hostil a toda novedad exterior. Apto para producir dolor a cuantos rocen su adormecimiento, acaba produciendo la versión más odiosa del desacougo, capaz de matar a cuantos ronden su periferia.

Si bien se mira, el noticiario no es menos trágico. Por ejemplo, la reunión del gobierno italiano de Meloni en Cortona, después de los decretos y decisiones contra los migrantes, y con los  muertos que un mar enfurecido dejó en las playas del Adriático: sus desmemoriados gestos y palabras no curan sino que endurecen la mirada sobre una realidad problemática. Es la misma coraza que pretende crear el gobierno inglés, en manos de un “integrado”, desmemoriado de la marginalidad en que vivió su gente; como si el pasado de zipayos no haubiera existido, procura que el presente sea tranquilo para el conservadurismo, por más que ACNUR avise de que este plan de inmigración se “aleja” de los compromisos humanitarios; la política migratoria  de Rishi Sunak, legal según algunos jueces, pero inmoral, prolonga el colaboracionismo desmemoriado con aquel pasado colonizador, inmisericorde con cuantos no estaban a la altura del imperialismo, y no quiere estar atento a la radical igualdad humana. A su vez, la Comunidad de Madrid, tan modélica para otras comunidades autónomas, ha vuelto a serlo una vez más en asuntos de currículo educativo. Heredera de más de ochenta años de repudio al pasado incivil, anda a la procura de que así continúe siendo con el entierro de la “memoria histórica”. En los cursos de formación del profesorado escolar ignora el golpe de Estado de 1936, la Guerra, la dictadura y la represión , depuradora del propio profesorado democrático durante y después de aquellos años. Es una manera de cultivar el colaboracionismo de la desmemoria para que las incoherentes maneras de convivencia prosigan en su tranquila inequidad y nadie se atreva a modificar maneras de superioridad injusta de unos pocos sobre la libertad y derechos de los demás, cuando no vivimos en la mejor de las democracias posibles.

As bestas son un aviso para desmemoriados: sin cita previa, la bestialidad se produce inopinadamente entre cuantos cultivan idilios inexistentes. @mundiario