Los mosquitos llegaron a Buenos Aires para quedarse

Un mosquito. / Pexels.com.
Desde el comienzo del verano austral, en el mes de diciembre, Buenos Aires y el conurbano sufren invasiones de mosquitos.

A partir de fin de año, a los argentinos se nos dio vuelta la vida. Más del cincuenta por ciento de los ciudadanos votaron a un candidato de ultra derecha que amenazó con usar “la motosierra” para terminar con una “casta” a la que hay que combatir. Ese gran porcentaje de votos se los debe al hastío de la mayoría de la población por los sucesivos gobiernos corruptos y populistas que nos llevaron a una hiperinflación insostenible.

Lo primero que hizo el nuevo presidente, el diez de diciembre pasado, cuando asumió, fue anunciar: “No hay plata”. Y entró a achicar el estado con la motosierra sin piedad. Tanto, que los jubilados, si pasan de esta, serán sobrevivientes más heroicos que los de los Andes. Y los pobres, que ya eran muchos, pasaron a ser mayoría.

Como si este shock fuera poco, junto con la motosierra, nos cayeron las invasiones: primero se instalaron los Aedes albifasciatus, muy monocromáticos y oscuros ellos, planearon en nubes negras por encima de los recortados, abrumados y acalorados humanos de la Provincia de Buenos Aires. Este primer regimiento, si bien invadió con intenciones golpistas —para quedarse para siempre, como aquel General Onganía— prometió no traen enfermedades. Solo picazones, molestias, zumbidos en el oído a la hora de pretender descansar, y, lo más difícil: obligar a las víctimas a aprovisionarse de repelente de insectos.

Los bonaerenses salieron a atacar los supermercados en búsqueda de aerosoles de cualquier marca que los protegieran, como hicieron con el papel higiénico en la época de la pandemia —no hace mucho, y ya es historia—.

Nuestra nueva política económica es la del libre mercado, por lo tanto, se cumplió la regla número uno de su teoría: a mayor demanda, menor oferta y mayor precio. Hoy, en Buenos Aires, los repelentes se cotizan en bolsa. Aumentaron el 170% y una empresa multinacional es dueña del 80% del mercado.

Y no se consiguen. No se habla de otra cosa.

¿No será que el nuevo gobierno nos mandó la plaga para distraernos del apocalipsis en el que nos metió?

Todo puede ser en un país donde los ciudadanos relacionan el hecho más intrascendente con la política. Se instala un monotema  sobre el que todos dan cátedra. Surgen los especialistas en catástrofes y agoreros. Bueno, sí, las especialistas y agoreras también —hay que tener mucho cuidado con eso para que no la acusen a una de machista y discriminadora—.

Volvamos a los mosquitos

Animados por la inimputabilidad de los inofensivos Aedes albifasciatus, y atraídos por el agua de las intensas lluvias estivales y las inundaciones, aparecieron sus parientes: los Aedes aegypt. Muy coloridos, invaden con un ejército vampiro y mercenario. Su arma letal es el virus del dengue. Este virus, con sus variantes de diferentes serotipos, es uno de los más mórbidos del mundo.

¿A qué país eligió el invasor este verano? Al nuestro, con una predilección especial por la provincia panzona que está en el centro de nuestra extensión territorial, con costa al Océano Atlántico.

Ya estamos sospechando que —como los ingleses con las Malvinas— han instalado su bandera multicolor para colonizarnos y quedarse. Porque no hay quien los saque.

Parece que necesitan calor, y acá sobra. Nuestros veranos son muy húmedos y con temperaturas que rondan los cuarenta grados centígrados, en forma continuada.

Las hembras de los aegypt se infectan con la sangre de una persona que ya ha contraído la enfermedad —con o sin síntomas—. Y, a diferencia de los vampiros humanos que se alimentan por la noche, estas mosquitos, madres abnegadas, salen a la pesca de sus presas por la mañana, y pican a otro ser humano, transmitiéndole el virus.

Los síntomas de la enfermedad son:

-Fiebre (de menos de siete días de duración).

-Sarpullido y picazón.

-Cefalea.

-Dolor retrocular.

-Dolor muscular.

-Dolores articulares.

-Cansancio intenso.

-Náuseas y vómitos.

Algunos casos pueden tener complicaciones que pueden ocasionar la muerte del paciente.

El mosquito macho nunca se alimenta de sangre, pero sí la hembra para poder engendrar a su prole. Se ocupa de depositar las larvas en el agua estancada que encuentra por ahí, y ya no le importa nada más. Por más que la persigan los insecticidas y la espanten con repelentes carísimos, su descendencia está a salvo. Y, si baja la temperatura, ellas pueden desaparecer tranquilas porque, en cuanto vuelva a subir, sus hijos e hijas ya serán mosquitos adultos, y las hembras estarán enroladas en el ejército letal.

En el cono sur, el otoño empezó el veintiuno de marzo. Pero en la provincia de Buenos Aires es muy difícil que la temperatura se  mantenga en diez grados centígrados muchos días como para que no puedan sobrevivir los recién nacidos.

Por lo que, tenemos mosquitos, de los inofensivos y los sanguinarios, por tiempo indeterminado.

Ellos representan el sueño de todos los dictadores que nos gobernaron: quedarse para siempre. @mundiario