Leela

Robo. / Pixabay

No, no te estoy diciendo que la leas. Has leído bien, leela, pero fíjate que dice leela sin tilde. Y si quieres saber de qué va esto, sin pensar que se me ha ido la pinza, sigue leyendo.

La palabra "leela" procede del sánscrito y significa "juego de Dios". La primera vez que leí esta palabra, bastantes años atrás -fue en un libro de la autora Victoria Moran titulado Cada día más joven- con la leyenda: 365 maneras de rejuvenecer tu cuerpo y revitalizar tu espíritu, y son un conjunto de reflexiones (como siempre, unas más afortunadas que otras) para cada día del año, un libro bastante divertido que se puede leer de forma seguida o discontinua. En la época en que compré el libro solía interesarme por los temas espirituales y me encantó esa palabra que parecía proyectar un significado misterioso sobre la vida. Leela, el juego de Dios. Pero aunque no creamos en Dios, ni en la existencia de un juego divino, la vida en sí misma es un juego.

No solo en el sentido de lo lúdico como comenté en mi anterior artículo Grandes de hoy, sino en las cartas aleatorias que reparte la vida, que sin embargo, no impiden que, aunque hayamos recibido muy malas cartas, no podamos jugar poniendo cara de póker a nuestro adversario con el fin de protegernos. De eso se trata el juego de la vida.

Según la citada autora, leela “consiste en ver la inmensidad de la creación como el juego preferido de Dios, y sugiere que, si esta juguetonería ha quedado grabada para siempre en el cosmos, tal vez esté bien que nosotros nos relajemos” “ Cuando todo parece grave e inquietante…”  cuando “ arrastramos mucha tensión, estamos lejos de experimentar leela, el sentido de humor del universo”. Y sigue diciendo: “ En estos momentos, si acabas de perder el autobús y está lloviendo a cántaros, en vez de despotricar sobre tu mala suerte y la doble pulmonía que pillarás, piensa en leela y no dejes que te afecte” Claro que este caso es muy prosaico, pues casi todo el mundo ha vivido una situación muy similar. Perder el bus, mojarse corriendo mientras lo persigues... Situaciones cotidianas de la vida, que a nadie le sorprenderían. Leela es más bien un caso de sucesos enredados e incomprensibles que uno no sabe cómo manejar.

Y como ejemplo de leela contaré una anécdota que me sucedió hace un año, precisamente por estas fechas.

Mi padre y yo habíamos comido en un restaurante cercano al puerto y nos disponíamos a coger un taxi para regresar a casa. El día era soleado y el taxista que nos tocó muy amable. Tanto que nos pusimos a conversar con él; estábamos ya cerca del domicilio y el taxista se vio obligado a pitar a un coche que estaba obstaculizando su paso, cercano a una parada de buses. El conductor, hispanoamericano, se encaró con “nuestro” taxista, pero el semáforo se puso verde para nosotros lo que permitió poner fin a una conversación que podría haber acabado mal.

Por fin llegamos al portal. En ese instante el coche del conductor mal hablado volvió a pasar por el lado del taxi, pues estábamos pagando la carrera y vuelta a decir improperios, “maricón” y otras palabras del estilo que ahora no recuerdo. Me enfadó la actitud de aquel conductor que aún tenía más que decir, pero nuestro taxista no se alteró, y salimos del vehículo.

Habían pasado veinte minutos desde aquello y me disponía a comer cuando sonó el teléfono fijo y una voz ligeramente familiar desde el otro lado del teléfono, me preguntó si habíamos perdido un móvil.  Era el taxista que habíamos cogido antes y se trataba del móvil de mi padre; me alegré mucho de que hubiera gente honrada y así mismo se lo dije, pero el taxista contestó que no podía entregármelo en ese momento y que a ver cuándo podía ser, pero que le tendría que pagar la carrera, sin especificar dónde se encontraba él. Me dijo que no había llamado a las compañías de taxis para saber si se trataba de nosotros y estuvimos mareando la perdiz para no concretar ninguna hora para la devolución del celular. Recuerdo que todo el asunto me sonó a excusa, y pensé que intentaba sacar tajada, por lo que le dije que me acercaría donde él estuviese, pero después de colgar no volvió a contactar con nosotros. Mi padre llamó a las compañías de taxis y dado que él no había dado el “parte” de pérdida era imposible rescatarlo. Como para la mayoría de la gente, para mi progenitor, perder el móvil es algo horrible, pero para mi padre- pese a que ya no es joven, es más horrible que para la mayoría. Es un asunto de Estado. Al día siguiente cuando mi progenitor me llamó por teléfono me comentó, cabreado, que el taxista se había dado las de Villadiego, que no había cogido sus llamadas para añadir: "¿Sabes…? Es un hijo de puta...Es un hijo de puta."

Me arrancó una carcajada la vehemencia de sus palabras, pero la "desaparición" del tipo daba más que pensar.

Era domingo y total que fuimos a la única comisaría abierta ese día; nos dijeron que si no teníamos el IMEI fuéramos otro día porque habría que hacer unas ampliatorias etc, etc…  Nueva carrera de taxi en balde  de regreso al centro de la ciudad, con enarcamiento de cejas por parte de mi padre hacia mí, por si se trataba del interfecto. Era el síndrome del taxi, aunque en base al comienzo de este artículo, podría calificarse de leela, el juego de la vida o el juego de Dios.

No terminó ahí la cosa. Regresamos al puerto y estábamos tomando un refresco en una terraza, cuando vi que mi antiguo preparador de oposiciones se sentaba un par de mesas más allá, por lo que me acerqué, dejando el bolso apoyado en mi mesa, pero a la vista. Mi padre se acercó también para saludarle e invitó a mi preparador a su consumición. Yo echaba un ojo de vez de en cuando a nuestra mesa en la terraza y tenía mi móvil en la mano, escarmentada por lo que nos había sucedido el día anterior, mientras veía de refilón que el camarero salía con la vuelta y la depositaba en el platillo metálico de nuestra mesa. Y mientras, los tres seguíamos conversando.

-¡Oye, oye…! -me gritaron de pronto. - ¡Te acaban de robar! ¡Oye, chica, que te están robando…!

Me puse nerviosa y pese a tener el móvil en la mano no lo veía y creía que me lo habían robado.

-¿Qué …? Pero ¿qué me han robado?- exclamé como una posesa.

-El hombre de allí, ese que… ¡Se lleva tu dinero!

En ese instante, el hombre señalado, afroamericano, entregó algo a otro que estaba algo más alejado. Salí disparada en su dirección, pero ya no pude hacer nada, sin saber muy bien qué demonios estaba buscando, tal era mi estado de confusión con móviles y billetes pululando por mi cabeza, aunque el “ladrón “ ya no tenía nada en la mano cuando me puse a su altura. Iba caminando tranquilamente como unas castañuelas, calle adelante. Mi antiguo preparador me acompañó por segunda vez a ver si podía hacer algo, pero fue imposible.

Al regresar me percaté de que faltaba la vuelta de la consumición, unos diez o doce euros. Y justo en ese instante un hombre que estaba por la zona, con voz eslava me dijo: “lo shiento mucho, señorritha…”

En aquellos instantes pensé que dónde estaría la cámara oculta, pero mi padre soltó un conocido refrán, al mal tiempo buena cara y después del consabido cabreo decidí brindar con una copa de Ribera de Duero. Sin saberlo, decidí brindar por leela.

 Al día siguiente fuimos a la compañía telefónica para que nos dieran el IMEI y para solicitar un nuevo móvil, y mientras hacía la cola, otro hombre con pinta y voz de eslavo me soltó la chapa diciendo: esta compañía, no serria. No serria... Yo... por carreterra, interferrensias, no oir. Yo no tonto,  yo no tonto... Compañía no serria...me decía. Cuando le hube escuchado repetir su perorata como unas quinientas veces en la lengua de Tarzán, entró en la tienda y le dijo lo mismo a una de las trabajadoras, que intentaba comprenderle para poder ofrecerle una solución.

Salimos de la tienda con el nuevo móvil y pusimos la denuncia, aunque el policía que nos tomó la declaración no daba dos duros por su recuperación, pero el viejo IMEI del móvil desaparecido -que conseguimos de la tienda donde lo había comprado-, dio sus frutos y pudo ser localizado. Puede que fuese gracias al IMEI, que es el DNI de todo móvil, o quizás fuese de nuevo el juego de la vida. Una risa interior, algo que te saca de la monotonía y cuando el resultado es feliz, se dice mejor, o con más alegría ¡Leela! @mundiario