La justicia incurre en cribados a la andaluza
La Justicia es la cirugía de la democracia; el cribado que despeja la incógnita entre la presunción de inocencia y las sospecha de culpabilidad; el último recurso que le queda a una sociedad para que un Estado, por ejemplo, este, el español, vuelva a ser un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia y el pluralismo político.
Escucha uno el lamento de mujeres andaluzas, aún vivas, otras ya sin ni siquiera el derecho de poder descansar en paz tras sus correspondientes certificados defunción; a las valencianas y valencianos que todavía pueden hablar y a los que les ha retirado la palabra, para siempre, un dana que pasó inadvertida a los facultativos del sistema de salud gubernamental de eso que llaman Generalitat y, francamente, señoras y señores, por extensión, se levanta por las mañanas con la impresión de que, el Estado y sus 17 Estaditos, ha empezado a ser un juguete roto, un enfermo prácticamente terminal, invadido de metástasis de frivolidad, de ineficacia, de soberbia, de codicia de poder, de encubrimientos corporativos ejecutivos, legislativos e, incluso judiciales, que no permiten dar un duro ya por aquella hermosa dama a la que, hace casi cincuenta años, pudimos llamar democracia.
Nos quejamos, con razón, de las mortales consecuencias del retraso en cribados y alertas rojas, de permanente y triste actualidad (asunto que, más tarde o más temprano emergerá en los cuatro puntos cardinales del Estado), pero aceptamos resignadamente una Justicia que tarda más tiempo en dirimir un caso, ¡tantos casos!, que el mismísimo Matusalén en rematar el Arca. Es tal el diluvio de presunciones de inocencia (de naturaleza oficial o civil) que se sientan en los banquillos de los acusados; se prolongan hasta tal límite de tiempo entre los síntomas, los diagnósticos y sus entradas definitivas en los quirófanos, que luego pasa lo que pasa, oye: que un tal Pujol, por ejemplo, se va de rositas por consideración a su edad, o un ministro disfruta de mucho más tiempo de libertad provisional que un pobre e infeliz mortal, o un Fiscal General del Estado, sometido a juicio, les impone a quienes le juzgan permanecer a un mismo nivel en el estrado: ¡vamos, qué se note la diferencia entre los señores con coche oficial y nosotros, la chusma!
De los tres conceptos que se valoran en el primer artículo de la Constitución española: libertad, justicia y pluralismo político, el bisturí imprescindible para extirpar los tumores de nuestra democracia es la JUSTICIA, con mayúsculas, claro, capaz de mantener incólume el sagrado garantismo, las constante vitales de la presunción de inocencia y, sin el mínimo temblor de manos y la rapidez necesaria para que no se necrosen los cuerpos oficiales o civiles del delito, el bisturí para cortar por lo sano.
Jueces de todas las Españas; ¡sean ustedes neutros, justos, meticulosos, pero rápidos, por favor! Esta otra eternidad jurídica no deja a los ciudadanos vivos descansar en paz. @mundiario