¡Basta ya!, ese indicio de infalibilidad papal
Con todas las reservas en lo que se refiere al historial de la llamada Santa Madre Iglesia, las cosas de los Médicis, los casos de los Papas Luna, los banqueros del Vaticano, las Cruzadas, el Cisma de occidente, la Santa Inquisición, el duelo en el OK corral entre Lutero y el Papa (curiosamente León X) y todo lo que, a lo largo de la historia, le ha permitido a católicos y ateos coincidir en ocasiones con Atahualpa Yupanqui y el diagnóstico en boca de su Payador perseguido: ¡Dios por aquí no pasó!, confieso que este fin de semana ha sido la primera vez que me he puesto a deliberar sobre la infalibilidad del Papa, mejor dicho, de un Papa capaz de poner el dedo en la llaga, el ojo donde quería poner la bala y hacer blanco en la diana de un mundo que está loco, loco, loco.
Es que eso de la infalibilidad, que quieren ustedes que les diga, me ha mantenido en un mar de dudas durante toda mi existencia. O sea, se monta un Cónclave, se reúnen un montón de señores procedentes de los más remotos rincones de la tierra y esperan a que, un Espíritu Santo, así, por las buenas, se pose sobe la cabeza de uno de ellos que, por lo visto, va a ser infalible. Hombre, una cosa es alentar al personal alicaído con el asunto ese de que la fe mueve montañas, al que estos días, precisamente, se acogen los jugadores del Real Madrid y el Barça como clavo ardiendo para soñar con una remontada, y otra, bien distinta, que entre miles de millones de homo sapiens aparezca de repente uno que, casualmente escuchó la llamada de Dios, por sus propios méritos progresó adecuadamente en el proceloso escalafón clerical y, de repente, pasó de su reconocida sapiencia de naturaleza humana a una infalibilidad sobrenatural.
Y, sin embargo, confieso que el desahogo urbi et orbi de León XIV, que acaba de resonar en toda la Tierra por encima del zumbido de los drones, el estruendo de implacables misiles, los gritos desesperados de familiares de víctimas y los retos a duelo entre el dúo Trump/Netanyahu y su homónimo en Teherán, para dilucidar cuál de las dos partes sobra en este planeta, me ha dado la sensación que se parecía mucho a la infalibilidad: "¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida" ¿Se puede abarcar un todo, todo el postureo verbal de tantos, todo el humanismo de algunos con subterráneas intenciones de obtener réditos electorales, toda la miseria humana concentrada en un estrecho, llamado de Ormuz, cuyas aguas, ahora innavegables para toneladas de petróleo, preocupan mucho más que las toneladas de sangre, sudor y lágrimas derramadas, en tan solo tres líneas leídas en voz desde Roma para el mundo?
A mis escasas luces, creo que no. Si por casualidad se las ha inspirado al llamado sucesor de Pedro un tal Espíritu Santo, al que uno no tiene el gusto de conocer, va a ser cuestión de que, la dichosa AI (Inteligencia Artificial), los reproduzca para los divinos líderes de la tierra, miradles, cuyos actuales espíritus asesores no son precisamente santos, oye, sino una mezcla de arribistas, diabólicos y conjurados necios dispuestos a no dejar piedra sobe piedra. ¡Menos mal que habemus Papam! ¡Menos mal que este, León XIV, tras haber surgido a partir de una fumata blanca por la chimenea del Vaticano, no solo rezuma incienso y ha conseguido que su voz no clame en el desierto, sino por toda la tierra, en todos los periódicos, emisoras de radio y pantallas de televisión para cristianos, islámicos, ateos, escépticos y cualquier ser humano que, en una justa revolución, un ajuste de mentalidad, una actitud firme pero sin acritud, una jornada electoral, empiece a creer que se puede cambiar el mundo. @mundiario