Los inaceptables tertulianos
Cainitas como somos los españoles, rencorosos y vengativos con los nuestros, no me extraña que la crispación se haya instalado, no solo en la vida política sino también en la sociedad, hasta un nivel nunca antes alcanzado como el que estamos viviendo en estos últimos tiempos. Lo que sí me extraña es que la vara de medir sea tan diferente cuando el sujeto en cuestión susceptible de ser censurado o criticado no es español sino foráneo, por mucho tiempo que lleve afincado aquí. Ahí se instala una incomprensible permisimidad que no tenemos para con los nuestros.
Hace unas semanas volvió a salir a la palestra el asunto de las acusaciones de maltrato a las mujeres por parte de Alessandro Lequio. Por mucho que él ahora las negase, no solo hay testimonios de algunas de sus parejas, sino que, como las redes sociales se han encargado de difundir, hay unas imágenes del propio Alessandro Lequio en un programa del corazón de hace ya un par de décadas declarando sin pudor a la cámara que él había dado bofetones a mujeres. "Pero bofetones light", apostillaba después, como intentando atenuar la barbaridad confesa. Pues bien, una circunstancia así, que en cualquier otro país civilizado habría acabado con la carrera pública de este señor, aquí fue y sigue siendo absolutamente pasado por alto. Y Alessandro Lequio sigue trabajando de colaborador y de tertuliano en programas de máxima audiencia de Telecinco.
Cierto es que el canal que le da cancha, Telecinco, y el grupo mediático que lo sustenta, el italiano Mediaset, no están como para presumir de nada. Yo sostengo sin temor a equivocarme que desde que Mediaset irumpió en el escenario televisivo español, nuestro país es un poco más choni. Quizá por eso, aquí nadie dice nada y se le sigue dando cobertura y voz a personajes como Lequio.
Pero no es el único. Hace unos días me llamó la atención ver a Gerardo Pisarello como colaborador del programa “Todo es mentira,” emitido por Cuatro, otro de los canales de Mediaset España. Pues bien, este señor, además de diputado en las Cortes Españolas por En Comú Podem, es el mismo que, además de haber retirado la bandera española de su despacho oficial en el Congreso, hace unos años protagonizó también un vergonzoso episodio al no permitir colgar la enseña nacional en el balcón de ayuntamiento de Barcelona durante las fiestas de la Merced. Y tampoco pasa nada, oigan. Tanto es así que este personaje, que vive del erario público ―es decir, de nuestros impuestos― y que de manera tan burda nos faltó al respeto a todos los españoles al afrentar nuestra bandera, es secretario primero de la Mesa del Congreso y preside la Comisión de Cultura.
En cualquier país con una cultura democrática normalizada, personajes como Lequio o Pisarello estarían defenestrados. Pero en España no solo les damos de comer ―como es el caso de este diputado― sino que les abrimos de par en par esa ventana tan influyente que es la televisión.
A mí, personalmente, tanto uno como el otro lo que me generan es rechazo. Y me parece una ofensa que un grupo mediático (cuyos propietarios, por cierto, son socios de la presidenta Meloni) los acoja y les dé voz. Pero así somos. Y así nos va. Me gustaría que el rasero fuera el mismo para todos, seas hombre o mujer, italiano, argentino o español, diputado en las Cortes o charlatán de feria. O las dos cosas a la vez, que también puede ser. @mundiario