Guerra cultural y madricentrismo educador
Make America Great Again (MAGA)- es decir, “que EE UU vuelva a ser grande de nuevo”- fue un eslogan político empleado por Trump en sus campaña electoral de 2016; además de ser visible en las gorras, encabezó los presupuestos federales en aquel mandato legislativo y ha vuelto al auge desde 2024. Sus antecedentes inmediatos, más matizados, estuvieron en las campañas demócratas de Clinton en 1992, en la de su mujer Hillary en 2008, y también en el “si se puede” de la de Barack Obama en 2009. Pero el creador del eslogan fue el partido republicano en 1979, cuando retrocedía la hegemonía americana: Let´s Make America Great Again. REAGAN ´80. Donald Trump lo popularizó entre los americanos que lo llevaron de nuevo a la Casa Blanca y, también, entre muchos americanizados de otras partes del mundo.
No se ha de olvidar, sin embargo, que, con el asesinato de Bob Kennedy el 06-06.1968, quedó enterrada la esperanza en el “mundo mejor” que defendía el mejor de los Kennedy. En su país prefirieron una versión conservadora del reverso del dólar, cuyo diseño proclama desde 1935: The United States of America reconoce que In God we Trust, en el novus ordo saeculorum desde 1776, independizados de Inglaterra.
Con motivo del 250º aniversario de ese acontecimiento, la presidenta de la Comunidad de Madrid, para conmemorar que USA siga siendo “el principal faro del mundo libre”, le ha concedido la medalla internacional por trabajar “a favor de la Hispanidad”. Se la entregará a algún representante oficial del Gobierno de Trump que pase por Madrid y, para que no quepa duda de su oportunismo, asiste, en la residencia de Trump en Florida, a la The Hispanic Prosperty Gala-, aplaudiendo que se ocupe de “poner fin a los narcoestados que los dictadores de ultraizquierda están implantando”.
Los reproches no se han hecho esperar, y ella no dudó en decir, entre otras lindezas, a quienes se los hacían que eran unos “frustrados” por pretender “aislar” a España. Pero se había delatado al usar el presente del verbo “ser” de modo que el “faro” fuera lo que no es, y tuvo que oír que “siempre estaba del lado equivocado de la Historia”: su parcialidad la inclinaba siempre del mismo lado.
En las consideraciones previas a esta concesión honorífica, no tuvo en cuenta la “cultura MAGA” de Trump, contradictoria con los Derechos Humanos, el Derecho Internacional, la inclusión del cambio climático en la cooperación multilateral o la soberanía de terceros países.
A la corte de Ayuso no le ha importado la manera que tiene Trump de entender la “libertad” o su “providencia” absolutista para las empresas americanas, o cómo defendiendo sus intereses por la fuerza reproduce, a su antojo –ad libitum-, al rey francés Luis XIV. Tampoco les molesta que su supremacismo sea tal que dé igual ser mejicano, venezolano, iraní, palestino, groelandés, o europeo en general, para que quien no siga sus dictados se entere pronto, de uno u otro modo, de su capacidad represora.
Tenían, dentro de USA, los ejemplos del ICE ante inmigrantes no ilegales, y contra manifestaciones de pluralidad tolerante para convivir y entenderse; en pocos meses, han sido múltiples desde Minnesota a Texas, y en cualquier ciudad, universidad o institución solvente –incluso el Supremo, o la Reserva Federal-, en que asomaraalguna discrepancia teórica o práctica con su ego supremo.
Por ello, la alegación de la presidenta de los madrileños diciendo que no era a Trump a quien homenajeaba, sino a EEUU, no es creíble. Javier Milei confirma que sus olvidos de cómo la actual administración americana conculca derechos y maneras respetuosas de educación con quienes no comparten sus ideas, reafirma la inclinación de sus propias decisiones en Madrid y en el sesgo que imprime al liderazgo de Feijóo desde la c/ Génova, cada vez más propicio a VOX.
La exaltación del que manda
Como en la mayoría, en esta conmemoración pesa mucho la ansiedad de que una “memoria impuesta” -acorde con las decisiones que se toman en la sede de la antigua Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol- sea un escaparate de los intereses del ayusismo. Frente a toda documentación en contrario, invisibiliza los lados oscuros de su gestión, sobre todo en servicios públicos como Sanidad, Educación y Vivienda, donde hace y rehace -al modo trumpista-, múltiples facetas de vida de cuantas personas conviven en Madrid.
La atracción de esta ciudad para gentes diversas residía en que nadie se sentía extraño; pocos habían nacido en ella y, según repetía Umbral, no pasaba de “poblachón manchego”, donde “la barra de pan bajo el brazo” indicaba proximidad y cercanía amigable: nadie preguntaba a nadie de dónde era, y todos sabían que, para salir adelante, debían ayudarse. Los años sesenta y setenta no habían sido amables, y el mejor modo de defender “la libertad” era pelear codo con codo para poder expresarse sin necesidad de ser tan “inteligentes” como demandaba La Codorniz a sus lectores.
Desde que la “libertad” trumpista frecuenta el discurso de Ayuso, Madrid es cualquier cosa, y no falta quien diga que ya es “Miami-dos”. Ha ido sucediendo desde el año 53, en que el pacto con los americanos no sólo trajo consigo bases militares en plena Guerra Fría. Tras la Coca-Cola, se intensificó la americanización de la vida económica, cultural y social, como intuyó Berlanga en Bienvenido Mr. Marshall, y los intereses providenciales de los americanos estuvieron muy bien atendidos y vigilados en España, incluso en reformas como la de la EGB y el BUP en 1970.
En 2025, la “guerra cultural” que se libra en EE UU, ha encontrado muchos aliados en España, dispuestos a que la versión trumpista de MAGA invada y erosione las conquistas democráticas, más o menos frágiles, de los españoles. Retrotraen el “orden del mundo” a los tiempos en que hablar de derechos sociales y laborales o de igualdad era peligroso y, para implantar de nuevo aquella mentalidad, acosan a Gobiernos inestables, no arreglan nada, pero insultan a cuantos tratan de construir una racionalidad que facilite la convivencia.
Su proyecto, asociado a planes internacionales, pretende seducir a grupos amplios de discrepantes con la poderosa ayuda de los dueños de las plataformas digitales que, masajean sus neuronas a fin de que reclamen jefes “redentores” y los voten. Esta imitación de Joseph Goebbels, ayudada por sectores confesionales de diversa creencia, blanquea su estrategia acorde en que hay que eliminar “el mal”. En la escuela, entretanto, es dudoso que quienes defienden “los derechos de los niños” puedan hacerlo o intentarlo. Hay casos de censura a la introducción de maneras democráticas en las aulas y la gestión de los recursos, al modo que hace Madrid, sobre todo desde 2003, no es propicia. @mundiario