Gobernar es prever
Si se pretende gobernar de acuerdo con el interés general, no basta con prever las necesidades y soluciones presentes y futuras, hay que disponer, en cualquier democracia, del suficiente número de apoyos de la oposición política para lograrlo, salvo que se cuente con mayorías absolutas.
Si se gobierna para una exigua minoría con mucho poder se reduce todo a cumplir con los intereses de esa minoría y del mercado, que generalmente el ciudadano legitima.
Las últimas encuestas dan como probable una mayoría entre PP y Vox en ese sentido.
Hace muchos años que el origen de esa legitimación fue descubierto por el equipo de pensadores de Fráncfort entre los que Horkheimer, Adorno, Walter Benjamín, Marcuse y Habermas eran los más destacados.
Es la llamada “razón instrumental”.
El capitalismo permite que nos desarrollemos técnicamente como sociedad, pero no que pensemos que tipo de vida queremos llevar, y con esa razón instrumental y los medios empleados se domina a los hombre y a la naturaleza.
El retrato del buen gobernante lo daba Marco Aurelio hace casi dos mil años, cuando escribía:
“El mejor gobernante es aquel que es sencillo, integro, serio, amigo de la justicia, indulgente, amistoso, pero resuelto en el cumplimiento de los deberes. Jamás abandona un problema antes de haberlo resuelto y decidido. Capaz de soportar los reproches injustos. No precipitarse ante nada. Estudioso de los hechos. No injuriador contra nadie y contentarse con poco para sí mismo.”
Aquellos, que se oponen sistemáticamente a cualquier medida que intenta adoptar el gobierno, decía Sagan, están adelantando que esta medida no funcionará, cosa que no es posible constatar mientras no se pone en práctica, es decir mientras no se experimente.
Sin embargo, lo frecuente y lo paradójico, es que, aunque estas medidas estén ya contrastadas, verificadas, beneficien a la mayoría, sean sostenibles, o muchos ciudadanos dependan de ellas, es evidente que siguen siendo rechazadas electoralmente por una gran cantidad de personas.
Sean estas medidas las que afecten a la salud, a la educación de los hijos, al salario a cobrar, la vivienda, o a las pensiones, o al modo de vida, se impide, como queda dicho, que no sean valoradas, reconocidas y apoyadas.
Es conocida además la “destrucción creativa”, término que acuño Schumpeter, como motor de la evolución capitalista.
Los conciertos sanitarios o educativos, los fondos de pensiones, Internet, las finanzas y los nuevos pagos, el comercio electrónico, la biotecnología, la robotica…evidencian que “el capitalismo no progresa por equilibrio, sino por rupturas”.
Por todo ello, para adelantarse a ciertos acontecimientos venideros, el político progresista intenta anticipar el futuro corrigiendo aquí y ahora algunos problemas, como: dar solución a la necesidad de vivienda asequible, al turismo de masas, a la sanidad pública, la educación crítica, las pensiones, el trabajo digno, la conciliación familiar, el cambio climático, o, tratando de introducir ciertas intervenciones del gobierno en el mercado.
Se encontrará con seguridad cualquier responsable político progresista, con enormes resistencias conservadoras que aseguran enfáticamente y con todos los medios a su alcance, que la política siempre es un freno para la economía, y que los mercados representan la eficiencia y la libertad.
En esa tesitura, acaba ganando casi siempre el mercado, es decir unos pocos.
Lo cierto es que “esos pocos y poderosos” han descubierto que hay un buen negocio en lo público, concretamente en el Estado de Bienestar, y, el capitalismo que defiende esa minoría y sus lacayos han sabido conjugar la apropiación de esa riqueza, privatizando lo público, y consiguiendo la mencionada legitimación social.
Uno de los problemas actuales más delicados está en la conocida como Inteligencia Artificial (IA), y de su mano la potencialidad de escapar a nuestro control, procesando por sí sola información y sustituyendo a los humanos.
Se está invirtiendo en ella muchos miles de millones de dólares, yuanes, rublos, y euros, por parte de grandes inversores.
Con esta nueva tecnología se cambiará nuestra vida, la educación, el trabajo, la salud…
Europa, nos advierte Senén Barros, “ha tenido la valentía y el acierto de haber creado la primera regulación general para la IA, pero está empezando a rajarse, acobardada ante las presiones de Trump y los gigantes tecnológicos americanos.”
Ha llegado esa tecnología para transformar nuevamente las relaciones económicas y sociales de forma radical, para bien o para mal según el uso que se haga de ellas.
La pérdida de empleos, de la privacidad, la desinformación masiva, los ciberataques, son algunos de sus aspectos negativos, que solo pueden ser controlados con previsión educativa, con preparación para nuevos trabajos y empleos, con impuestos sobre los robots, y con nuevas normas que limiten los usos peligrosos…
Según el “World Economic Forum” se pueden perder antes del 2030 unos cien millones de empleos, y unos trescientos entran en riesgo según muchas proyecciones, (unos catorce millones se consideraban ya perdidos este año que ahora remata).
Goldman Sachs afirmaba recientemente, que entre un dos y un tres por ciento de los empleos de EEUU se podrían eliminar en los próximos tres o cuatro años.
No se trata de alarmar a nadie, ni de inventar pretextos fácilmente comprobables, sino, una vez más, usar de argumentos y datos conocidos para entender la necesidad de prever problemas por los gobiernos, como advertencia de lo único que puede poner freno a un más que probable y negativo futuro próximo.
Es, en consecuencia, la decisión de cada uno de nosotros y la previsión de algunos politicos, la que van a afectar más que nunca al conjunto de la sociedad. @mundiario