Feminizar el mensaje(ro)
La feminización del mensaje puede ser vista como un esfuerzo de moda por desafiar los estereotipos de género. Pero también conlleva riesgos éticos y de intolerancia democrática.
Está de moda hablar del sexo femenino, la opresión que desde hace generaciones sufren en la actualidad, la moda del feminismo en sus amplias facetas y de todas sus enjundias fervorosas en favor de una igualdad que en el fondo separa y discrimina si atendemos a la realidad politica del momento.
Pero hoy quiero abordar otra cara. Cuando el lado masculino de la vida se vuelve femenino no por convicción sino por conveniencia para lograr un cierto fin interesado, político. Ya hay políticos -que no saben situarse ni en el centro ni en los extremos porque no se terminan de decidir-, que anuncian “feminizar” el partido para atraer más votos. En la acera de enfrente tenemos “el gobierno feminista” de España.
Se trata de subirse a la ola del feminizar tanto el mensaje como al mensajero. Con el riesgo más que razonable de caer en el talibanismo ortodoxo que apunta al varón como el origen de todos los males del planeta. Por eso nos hemos curado en salud, cuando el ministro -y no ministra de turno- anunció la “diplomacia feminista” que regiría nuestras relaciones exteriores.
En la moda reciente de feminizar el mensaje y el mensajero, incorporando características femeninas a través de un lenguaje más amable o empático, incluso añadiendo emociones al comportamiento, estamos adulterando la esencia del género. La inclusión a la fuerza de más mujeres en los roles del mensajero o forzar la promoción de la igualdad en el proceso comunicativo (político y mediático), cuestionando ciertos estereotipos de género en la convivencia cotidiana, puede generar riesgos en defensa de una igualdad que en el fondo separa y discrimina. O dicho de otra forma: la democracia corre peligro si se obliga a feminizarse por decreto.
También hay quienes ventilan ahora la impetuosidad de la paridad, aprovechando las debilidades del prójimo para acaparar cuotas de poder. Porque no es lo mismo rodearse de un competente, con indiferencia del sexo, que de uno in, al que hay que ceder el paso porque la ley obliga aunque no cuente con las capacitaciones apropiadas. La cesión de roles no tiene género intrínseco, salvo que los convencionalismos sociales los alteren con intencionalidad según el contexto histórico y/o cultural-político del momento.
FEMINISTAS COMANDITARIOS Y EMOCIONALES
Así asistimos al fenómeno de la feminización forzada del mensaje(ro) no por una cuestión natural sino por ideología retórica. Es el caso de la controvertida paridad. Estamos dando más importancia al género que a las habilidades de una persona. O la corrupción feminizada, que parece que por ser protagonizada por una mujer, como en el caso de la afloración del dinero negro por parte de la familia de la ex-directora general de la Guardia Civil, María Gámez, y dimitida con todos los honores protolocarios, es otra cosa menos corrupción. Es como si al dinero le asignaran un género para desvirtuar la corrupción.
Entre las prácticas de la feminización del mensajero destacan también los conciliadores repentinos, y calzonazos de siempre por temor a alterar su punto de vista a cambio de sufrir cierto desgaste neuronal. Suelen ser de personalidad frágil y basculante. Nada que ver con los feministas comanditarios, que como en las juntas generales de las cotizadas los accionistas no se abstienen de formular en alto sus reclamaciones y demandar información extenuante al consejo.
Luego están los feministas emocionales, que se creen con todo el derecho del mundo de defender un objetivo determinado, aunque no estén involucrados en la causa salvo emocionalmente ni arriesguen ninguna clase de patrimonio excepto el hormonal. No suele ser muy gratificante toparse con uno de estos de frente cuando azota la marejada en el mar. El ejemplo más reciente son los encendidos debates sobre el caso Ana Obregón.
Habría que preguntarse por otro lado si todos los que promueven las guerras carecen de perspectiva de género o tienen un exceso de estrógenos. La violencia no sólo no es machista como pretenden hacernos ver.
En los departamentos de recursos humanos se está pretendiendo imponer de forma aparente, no se sabe muy bien por qué, la intuición femenina sobre la racionalidad (masculina?). Los gestores tratan de hacernos ver que ser más empático, sensible y compasivo es lo que los tiempos demandan. Como si estos fueran atributos exclusivamente femeninos.
Lo ideal sería -según el relato imperante- que para la gestión de las emociones en el mundo de las empresas y en el debate político pudieran haber muchas más féminas o sujetos feminizados sin importar otros valores relevantes. Un botón de muestra: las cualidades de ejemplaridad que nos venden en la guerra abierta de dos figuras, uno ascendente y otro menguante, como la de la lideresa ególatra Yolanda Díaz (Sumar), frente al testosterónico Pablo Iglesias (Podemos).
Ambos se esfuerzan por feminizar cualquier mensaje que tocan al son de la música comunista como si fuera la salvación de nuestros males endémicos en democracia. Es así como el partido de Iglesias ha cedido muy a su pesar las riendas de las mensajeras a unas dirigentes con enormes torpezas feministas.
En este mismo orden de cosas, habría que preguntarse si la falta de natalidad en un país como España, se debe al machismo imperante, a la feminización de las parejas o a ambos a la vez. El exceso de debate sobre el aborto, del alquiler de vientres, la sostenibilidad de las pensiones o de la migración no evita que padezcamos un déficit claro de descendencia. Da lo mismo el género. Porque el problema de fondo sin resolver es precisamente ése.
Shakira sin proponérselo ha infectado clara-mente la campaña electoral de no pocos candidatos a las alcaldías de España. Para que luego vengan otros a exigir feminizar sus partidos con objeto de evitar ser diana de las críticas.
Lo malo es que mientras perdura el debate biónico, si un género u otro, nadie hace nada en este país por la natalidad. La natalidad no lo es todo, pero por desgracia todo sin natalidad no es nada. Hasta entonces, me temo, los números nunca saldrán. @mundiario