Feijóo, atrapado entre Netanyahu y Sánchez: la palabra que no se atreve a pronunciar
La política, a veces, se reduce a una sola palabra. Y en este caso, esa palabra es “genocidio”. Pedro Sánchez la pronunció sin vacilaciones en el Congreso y, con ella, arrastró a Alberto Núñez Feijóo a un terreno pantanoso. El presidente del Gobierno sabe que el consenso internacional —ONU incluida— ya ha calificado así lo que ocurre en Gaza, y que buena parte de la sociedad española comparte esa percepción. El líder del PP, en cambio, prefiere quedarse en los márgenes: denuncia las masacres de civiles, responsabiliza a Netanyahu, reconoce que los palestinos asesinados no son terroristas… pero se detiene justo antes del abismo semántico.
La razón no es solo diplomática. Feijóo teme que esa palabra lo desplace de su relato y lo subordine a Sánchez, quien se ha apuntado el tanto de la audacia internacional en la política española. El líder popular prefiere acusar al presidente de usar la tragedia de Gaza como una cortina de humo frente a la corrupción y a sus fragilidades parlamentarias. Pero lo cierto es que el marco lo sigue imponiendo Moncloa: los periodistas preguntan por Gaza, no por los sumarios judiciales; el debate parlamentario gira en torno a la masacre palestina, no a los problemas internos del PSOE; y el PP parece condenado a ser reactivo.
Esa es la trampa en la que está atrapado Feijóo. Si no pronuncia la palabra, queda en evidencia ante una opinión pública que lo percibe tibio y condicionado. Si la pronuncia, corre el riesgo de regalarle a Sánchez un triunfo simbólico y situarse bajo su liderazgo discursivo. En esa ambivalencia, el PP proyecta la imagen de un partido que duda, que no consigue fijar agenda y que observa cómo el relato dominante le es arrebatado sin remedio.
La estrategia de endurecer el tono contra Netanyahu —señalándole directamente como responsable de la masacre y denunciando los bombardeos del Ejército israelí— busca equilibrar la balanza. Pero la ausencia de la palabra clave convierte el esfuerzo en un gesto incompleto. No basta con insinuar; en política, las medias tintas rara vez movilizan. Y menos en un escenario donde la comunidad internacional, los tribunales y la sociedad civil ya han asumido un diagnóstico más contundente.
Mientras tanto, Sánchez aprovecha la ocasión para presentarse como un referente de estabilidad en Europa, comparando su permanencia en Moncloa con la sucesión de primeros ministros en países como Francia o el Reino Unido. La paradoja es evidente: un Gobierno sin mayoría absoluta presume de estabilidad, mientras la oposición, pese a gobernar en varias comunidades con holgada mayoría, se muestra incapaz de dominar el debate nacional.
El episodio revela, en última instancia, un problema más profundo del PP bajo el liderazgo de Feijóo: la dificultad para encontrar un relato propio frente a un presidente que, pese a la fragilidad parlamentaria, ha sabido redefinir los ejes de discusión. No es que Sánchez carezca de problemas —los tiene, y graves—, sino que logra que los focos se dirijan a otra parte. Y en política, quien controla los focos controla el tiempo.
El PP insiste en llevar el debate a la corrupción, a la inestabilidad y al desgaste institucional. Pero mientras Gaza ocupe las portadas, esa insistencia será percibida como evasiva. Feijóo corre el riesgo de convertirse en un líder que siempre llega tarde al relato, obligado a contestar preguntas que no quiere responder y a esquivar palabras que, al no pronunciarse, gritan más alto que cualquier discurso.
La política no se mide solo en votos o escaños, sino también en la capacidad de nombrar la realidad. Y hoy, en España, el PP demuestra que aún no ha decidido cómo llamar a lo que ocurre en Gaza. Esa vacilación, más que una cuestión semántica, es un reflejo de su crisis estratégica. @mundiario