La famosa “jota de los tres ratas” ha vuelto a escena
Se ha levantado el telón para dejar paso a La Gran Vía, zarzuela en un acto, de Chueca, Velarde y Pérez-González, estrenada en 1886. La música, cantos y diálogos suenan bien y a poco que pongamos el oído comprobaremos que las costumbres y sus sátiras siguen vigentes ciento treinta y nueve años después. Lo malo es que en estos días de bulla la representación siempre arranca por la mitad de la trama. Justo por el cuadro de la jota de los ratas, número donde tres pillos de toda la vida presumen de su arte para robar mientras aconsejan que “para empezar la carrera hay que tener vocación”. Luego aparecen dos guardias municipales empujando su jaula trucada y vemos a los bribones entrar en ella por una puerta y de inmediato salir por otra. Así hasta que la propia autoridad se queda atrapada en el ingenio.
El barítono, el tenor y el bajo de la actual puesta en escena se llaman Cerdá, Ábalos y Koldo. Ellos en lugar de cómicos se han tornado tenores grotescos. Mientras aguardamos la caída del telón nos invade el sabor amargo de ver al Paseante en Corte, al Caballero de Gracia, al Comadrón, a doña Virtudes, a la Menegilda y a un largo etcétera de personajes empecinados en demostrarnos que la España de charanga y pandereta, de Rinconete y Cortadillo, de Lázaro de Tormes y trabucos de la serranía de Ronda nos sale al paso y le pone la zancadilla al progreso década sí y década también.
No quiero ser determinista ni ensalzar el pesimismo propio en que hemos caído la izquierda decente con este asunto de los trapicheos perpetrados por tres bribones a la sombra del PSOE. Ni quiero dejar de señalar la falta de encaje con la que los bien pensantes soportamos la traición de personas consideradas amigas por el presidente Sánchez. Pero sobre todo a mí me molesta la hipocresía reinante en el tablado de la política mediática.
El caso de estos tres torpes traidores es más grave por acontecer en los pagos de la izquierda que por cuánto (por el momento) parece que se han llevado a la saca. Un simple euro birlado sería suficiente para sacrificarlos, pero analicen esta comparación: ¿cuál es la diferencia entre el caso Gürtel o el caso Bárcenas o el caso Pujol y el de los tres nuevos sinvergüenzas? No, no son los montantes económicos, ni las dispares formas de expulsarlos de sus partidos, ni la falta de sentencia condenatoria en el caso de Koldo & Cía… No, la diferencia es la hipócrita e hiperbólica escandalera alimentada por el PP. No, tampoco pretendo hacer uso del “y tú más”, sino poner de manifiesto que, para alcanzar el Gobierno, ni las algaradas institucionales ni las bombas son caminos democráticos. Son alfombras azules en beneficio de la extrema derecha. Y sobre todo cuando en los próximos meses asistiremos a un otoño negro por las vistas judiciales de treinta casos de corrupción acaecidos en el seno del partido conservador.
Sánchez y Feijóo
En plena función zarzuelera el viaje al futuro de Pedro Sánchez pasa por un momento delicado. El viaje al centro de Núñez Feijóo ha quedado sentenciado con la ponencia política, que aprobarán en junio, y su propio liderazgo al suplantar ideológicamente a Vox.
La decisión de Sánchez de mantener el timón con firmeza es lo mejor que puede sucederle económica y socialmente al país. La incapacidad de Feijóo para presentar una moción de censura como correspondería no es por la insuficiencia de votos sino por la falta de un programa capaz de convencer a la ciudadanía para ir más allá del simple derrocar al sanchismo.
El bisturí de la limpieza democrática sigue ausente del escenario mientras en el público crece la sospecha de que esta zarzuela también concluirá bailando otra jota de los ratas, conforme a la coreografía diseñada por las tradicionales empresas constructoras. @mundiario