La expulsión del excandidato Henrique Capriles aflora la desunión de la oposición en Venezuela
La expulsión de Henrique Capriles Radonski de Primero Justicia no es solo la caída de un líder dentro de un partido opositor. Es también la escenificación pública de la bancarrota de la oposición venezolana, dividida entre pactar o no con el régimen de Nicolás Maduro de cara a las elecciones legislativas y de las gobernaciones de los estados. Capriles, quien llegó a estar a un puñado de votos de la presidencia en 2013 y que fue, durante años, una esperanza democrática para millones de venezolanos, ha terminado encabezando una lista para unas elecciones que casi nadie en Venezuela –salvo el poder y sus cómplices– considera legítimas. Cuando menos, su decisión es controvertida.
Primero Justicia, el partido centrista del que Capriles fue fundador y figura clave, ha sido claro: no reconocen la negociación que condujo a su habilitación política, una negociación hecha a espaldas de la unidad opositora, mientras cientos de presos políticos languidecen en cárceles y otros tantos opositores son perseguidos, torturados o forzados al exilio. La habilitación exprés de Capriles y su mano derecha, Tomás Guanipa, no es un gesto democrático de Maduro, sino una jugada calculada para dividir a la oposición y blanquear el fraude con rostros conocidos del pasado.
Capriles, junto con otros expulsados como Amelia Belisario, Ángel Medina, Pablo Pérez y Juan Requesens, forma parte de una nueva coalición que ha optado por participar en los comicios del próximo 25 de mayo. Pero no se trata de elecciones reales, sino de una pantomima donde muchos escaños de la Asamblea Nacional y las gobernaciones ya tienen dueño. El régimen solo necesita una fachada de pluralismo para presentarse ante el mundo como una democracia funcional. ¿Ha aceptado Capriles, hasta ahora inhabilitado por Maduro, prestar su rostro para ello?
En su defensa, el exgobernador de Miranda ha recurrido a la retórica del "rescate democrático". En un mensaje de WhatsApp, afirma que "lo más fácil sería no hacer nada" y llama a los venezolanos a protagonizar el cambio. Pero ¿qué tipo de cambio puede venir de un proceso electoral sin garantías, sin árbitro independiente y con los principales líderes de la oposición inhabilitados o en el exilio? Capriles habla de lucha democrática, pero olvida que toda democracia comienza por respetar el mandato popular: y ese mandato, expresado en las primarias opositoras de 2023, lo encarnó María Corina Machado, de quien Capriles fue rival.
La tentación de algunos de mantenerse en el juego
La maniobra de Capriles y del también rehabilitado Manuel Rosales, líder de Un Nuevo Tiempo, refleja un fenómeno recurrente en las democracias fallidas: la tentación de algunos de mantenerse en el juego, aunque sea al precio de la dignidad. Es el síndrome de la silla vacía: más vale ocupar un puesto decorativo que quedarse fuera del tablero. Pero ese pragmatismo, en este caso, podría ser autodestructivo. Porque al pactar con la dictadura chavista, se valida su estructura de poder, se legitima su narrativa y se debilita el frente común que tanto costó construir.
Lo paradójico es que Capriles y Rosales son los mismos que, tras ser derrotados en las primarias, dijeron aceptar el resultado. Entonces, ¿qué cambió? La respuesta es simple: la oportunidad personal. El régimen les ofreció una tarjeta electoral nueva –Unión y Cambio– y una silla en la escenografía del poder. A cambio, les pidió que abandonaran la estrategia unitaria, y ellos aceptaron. De la talla política de Capriles cuesta admitir algo así.
Este episodio deja una lección amarga pero necesaria para los venezolanos: no todos los que dicen luchar por la democracia están dispuestos a asumir sus costes. Algunos prefieren la comodidad del acomodo a la incomodidad de la resistencia.
En un país donde la represión se ejerce a diario, donde los partidos políticos están judicializados, y donde la libertad es un privilegio fugaz, la coherencia se convierte en un acto revolucionario. La expulsión de Capriles de Primero Justicia no es una anécdota: podría ser el punto final de un gran liderazgo que si renuncia a la memoria y a la unidad terminará abrazando su propia irrelevancia. @mundiario