¿Éxito o fracaso?
Todos aprendemos jugando, pero también tenemos otra opción no excluyente: Sentir que jugamos mientras aprendemos. Aprender es un juego, y muy divertido.
A lo largo de mi vida profesional he conocido a personas deshonestas que han triunfado y también a personas honestas que han fracasado.
En una etapa temprana de esa vida profesional, compartí tiempo, energía y espacio con una gran diversidad de personas, las cuales pertenecíamos a una división muy especial de la multinacional British Petroleum. Yo tenía apenas 30 años.
Ahí entendí que triunfar, a menudo, era sinónimo de “hacer enemigos dentro de casa”. Digamos que el precio a pagar por alcanzar resultados era muy alto. Parecía que el objetivo era seguir como estábamos, y que cualquier acción que sorprendiese a nuestros competidores, era una sorpresa para nosotros mismos.
En esos años, el departamento HR de la corporación realizaba una selección anual de los 12 mejores ejecutivos a nivel mundial. Se trataba de la élite en el potencial. Algo así como la pista de despegue hacia la gloria, además de un reconocimiento por la aportación presente al futuro de la compañía.
Dicha selección era el primer paso para detectar a las personas, de diferentes nacionalidades, que debíamos dirigir la organización.
El siguiente paso era pasar 15 días en una zona indefinida entre los Países Bajos y Alemania. Lo que llamamos una actividad gamificada de inmersión “Outdoors”.
OUTDOORS O CÓMO JUGAR FUERA DE CASA
Ahí se conjuntaban las actividades exteriores con aprendizajes en aula. Cada uno de nosotros tenía un monitor “mudo” que nos evaluaba como nos podría evaluar nuestra misma sombra.
En una de las pruebas, o juego individual, fui abandonado en un punto concreto de un bosque, al igual que el resto de mis compañeros y compañeras. Eran las 23:00 horas en pleno mes de Noviembre. Hacía mucho frío. Horas antes, tuvimos que memorizar un mapa de la Pampa argentina. El objetivo era volver al hotel y descansar. Al día siguiente había “toque de diana” a las 06:00 a.m.
La verdad es que tuve suerte y sobre las 03:00 a.m. ya estaba en los brazos de Morfeo. Mi monitor escribió en su cuaderno, mientras se le cerraban los ojos de sueño y cansancio, “Well done”.
Los días siguientes tuvimos juegos muy diversos, como construir una balsa para después hacer rafting y actividades tales como escalar una pared natural de 25 metros de altura. Cuando la subimos, luego la tuvimos que bajar haciendo rappel.
Con todos estos juegos se medían nuestras capacidades para “ser osados”, “tomar distancia” y “planificar”. La conjunción de estos 3 elementos ofrecía una potente evaluación de cada uno de nosotros. Se trataba de ser un experto en los 3 temas que dibujaban en un triángulo. Yo siempre vi un poliedro de base triangular, con un gran espacio en su interior.
Muchos compañeros y compañeras habían desarrollado la osadía, mientras otros se habían convertido en expertos en planificación. Uno, creo recordar que era belga, tomó tanta distancia con la pared de 25 metros que se negó a subirla. Así se ahorró bajarla después. Su clasificación fue un “0”.
En el aula, hacíamos una gran diversidad de ejercicios, tests, rol playing, etc… para que nuestros monitores nos ubicasen en los cuadrantes de la matriz “TRACOM” de Estilos Sociales. Hubo gente que era más Driver que Analítico, mientras otros se mostraron más Amigables que Expresivos.
TODOS SOMOS LÍDERES
El caso era que cada cual pugnaba por asumir un rol de liderazgo basado en “mandar” y “ser obedecido”. Todos y todas querían ser “Drivers”. Cosa mala. Nadie obedecía…
Visto lo visto, mi decisión fue “pasármelo bien” y disfrutar de la “aventura”. A veces tenía que obedecer y otras mandar. Según las circunstancias y el objetivo a alcanzar. Creo que todos podemos liderar, incluso cuando obedecemos.
El premio que recibí, a los pocos meses, fue un ascenso a la Dirección de Marketing, además de ser enlace con el resto de las compañías europeas. El castigo fue, creer que todos los compañeros se alegrarían. Así que, como sospecha, la formación no había terminado. Sólo había hecho que empezar.
En las oficinas centrales conocí a gente maravillosa y a gente que no lo era tanto. Personas que utilizaban una diplomacia sucia para intentar desprestigiar a los demás, en vez de tratar de prestigiarse ellos. También conocí a individuos que sabían el terreno que pisaban.
Recuerdo a una persona en concreto que “hacía que los demás no hiciésemos”. Sin duda, su estilo social era el de Amigable Radical. Una sutil forma de decir que su comportamiento era manipulador, hostil y cobarde.
Pero, llegados aquí, usted se estará preguntando, ¿Por qué me cuenta todo esto? Por una razón muy sencilla.
APRENDER ES UN JUEGO
Si en esas épocas hubiésemos podido saber qué hacer y qué seríamos capaces de hacer, cómo somos las personas y cómo reaccionamos ante los demás, sin duda el aprendizaje hubiera sido mucho más acelerado a la vez que más amplio.
Si en esas épocas hubieran existido la IA del algoritmo ADNe® y el Test Bernstein, la división especial de British Petroleum a la que pertenecía, se hubiese ahorrado el outdoors anual de los 12 “elegidos” y a su vez, yo hubiese compactado 5 años de una vida en 1 segundo.
Todos aprendemos jugando, pero también tenemos otra opción no excluyente: Sentir que jugamos mientras aprendemos. Aprender es un juego, y muy divertido.
Lo cierto es que años después he podido comprobar quién había triunfado y quién había fracasado. Por ello, ahora, más de 30 años después puedo decir que a lo largo de mi vida profesional, he conocido a personas honestas que han triunfado y que también he podido conocer a personas deshonestas que han fracasado. @mundiario