La excesiva presión política desconcierta a los ciudadanos
Un dato alarmante indica que más del 90% de los ciudadanos está harto de la crispación política, y no parece que vaya a disminuir, sino todo lo contrario. Por eso, hay un deseo de reducir la tensión. Esta situación provoca desconcierto y desmoralización, debilitando aún más una democracia que ya no se encuentra demasiado fortalecida.
Algunos ejemplos permiten visualizarlo. Por ejemplo, la opinión pública sobre la política está muy deteriorada debido a la constante presión entre partidos y la desacreditación que unos hacen de otros. Sin embargo, los problemas subyacentes siguen sin resolverse.
La política se ha convertido en un campo de batalla, lo que hace que algunos se desconecten y pierdan interés en participar en este proceso. Estamos tan saturados de recibir mensajes negativos que el desinterés y la apatía se hacen presentes.
La sociedad muestra una gran polarización: nosotros contra ellos, volviendo a ser ejes centrales en nuestros debates. Nosotros somos los buenos, mientras que ellos representan la decadencia y la corrupción. ¿No hay nada que nos una a ambos bandos? Parece que no.
Estamos envueltos en estrés y ansiedad, sentimientos que la política parece transmitirnos. La incertidumbre e inestabilidad afectan nuestro bienestar general, y así es imposible vivir. ¿Qué hacer ante tal situación? Sabemos la respuesta, pero parece no interesarnos.
Ante la constante confrontación, debemos restablecer el diálogo constructivo, hacer entender al ciudadano que el régimen democrático es fundamental y educar en este sentido. Frente a la corrupción y manipulación, temas omnipresentes, estaría la transparencia de los partidos políticos, que es inexistente en nuestro proceder.
¿Acaso ocultamos más de lo que hacemos? Los procedimientos son demasiado personales y cuanto menos sepa la gente, mejor. No puede ser que la política, que debería ser pública, opere solo a niveles de manera privada. Esto nos lleva a pensar que algo incierto se está gestando.
¿Cómo informan los medios de comunicación sobre estos temas? Deficientemente. Deberían enfocarse en educar a la opinión pública. Sin embargo, el sensacionalismo domina, llevando a la gente a preferir medios, que proclaman las mayores barbaridades, incrementando así solo las emociones y pasiones.
De esta manera, la intensidad del debate público se calienta cada vez más. Es desesperante: una amenaza tras otra se presenta con mayor fervor. En el Parlamento podemos observar un clima de confrontación constante, que se transmite continuamente en televisión, especialmente durante las sesiones de control al Gobierno de los miércoles.
¿Dónde ha quedado el consenso, que tantos beneficios aportó? Ya ni siquiera se considera. Predomina un ambiente de tensión y ruido para abrumar al oponente, pero lo que necesitamos es paz para ejercer nuestros derechos en beneficio de la sociedad.
Ahora bien, nos enfrentamos diariamente a la falta de soluciones a problemas urgentes. Libertad y prosperidad deberían ser para todos, no solo para unos pocos. La clase baja puede tener libertad, pero ¿qué hacer con ella sin prosperidad? Al final, parece una libertad condenada a morirse de hambre, y eso es lo que muchos parecen querer.
Debe afirmarse con contundencia: el acoso político y judicial es inaceptable. Al actuar de tal manera, los adversarios se exponen. La verdad siempre será verdad, independientemente de quién la pronuncie. Aunque pueda resultar vergonzoso o incómodo escucharlo directamente, es una realidad que no puede ser ignorada. Es vergonzoso, indigno e intolerable. Los jueces también tienen sus ideas, a veces rechazables. Mejor es que los dejemos en paz.
¿Se pretende transformar un país democrático en una república bananera? ¿Se está jugando con su estabilidad? A veces se amenaza con una moción de censura, otras veces se dice que no merece la pena. Cuando no se puede más, se recurre a tácticas desesperadas. Este estilo no tiene futuro; pronto será necesario buscar otro método de ataque.
Sin embargo, lo que realmente se necesita es buscar el entendimiento y el diálogo para alcanzar un consenso que beneficie el bienestar de los votantes. Estos podrían confiar en una política que esté dispuesta a abordar y resolver los problemas que nos afectan a todos.
Este estilo ya no está de moda. Se piensa que, cuanto peores sean las circunstancias, más se destruye al adversario político, o mejor dicho, al enemigo mortal. ¿No es eso lo que se piensa? Los ciudadanos son los que más pierden, llegando a proclamar que no pueden soportarlo más. Esto no es una exageración, sino la realidad. ¿A qué nos lleva esto? A los dos bandos de la guerra civil. Algunos desean que esto ocurra, pero la gran mayoría lo rechaza y no quiere ni oír hablar de ello.
Que la sangre de nuestros hermanos y patriotas corra otra vez es el mayor disparate que podríamos desear. Lo que realmente necesitamos es tolerancia y respeto entre todos nosotros. Eso es precisamente lo que muchos no quieren, porque lo que necesitan es expulsar a los enemigos. @mundiario