España, entre el derrotismo y la realidad: por qué cuesta reconocer lo que funciona
Mientras crece un discurso áspero que presenta al país como un fracaso, los indicadores sociales y económicos cuentan otra historia. La fractura emocional avanza, pero también lo hace la esperanza.
En los últimos tiempos se escucha con cierta frecuencia una frase tan gruesa como reveladora: este es “un país de mierda”. Lo sorprendente no es solo la crudeza del juicio, sino su procedencia. Muchos de quienes lo repiten disfrutan de rentas altas, viven en chalets con piscina y cuentan con más estabilidad material que gran parte de sus conciudadanos. Resulta difícil no advertir una contradicción: quienes más tienen son, a menudo, quienes más denostan el país que les ofrece ese mismo bienestar. Y lo hacen, además, sin haber conocido realidades donde un simple grifo o un interruptor siguen siendo un lujo.
Después de recorrer más de medio centenar de países en cinco continentes, la comparación se vuelve inevitable. España, con sus virtudes y defectos, sigue siendo un país excepcional para vivir. No es solo una percepción viajera: organismos internacionales y agencias de calificación destacan su elevada esperanza de vida, su calidad de vida, sus servicios públicos y un marco constitucional que se define como Estado social y democrático de derecho. No es poco en un mundo cada vez más convulso.
¿Por qué entonces prendió este discurso derrotista? Una parte de la respuesta puede encontrarse en el clima político. Se ha asentado una oposición que, durante años, ha priorizado la descalificación permanente sobre la presentación de alternativas. La exageración, la mentira y la media verdad han desplazado el debate sereno. Esa dinámica ha contaminado la conversación pública y ha erosionado la confianza en las instituciones, alimentando un pesimismo que poco tiene que ver con la realidad material del país.
Frente a ese relato, los datos sobre la evolución reciente de España apuntan en dirección contraria. Desde la moción de censura que cambió el rumbo del Gobierno, el empleo ha crecido con fuerza, la afiliación a la Seguridad Social marca récords y la economía se ha mantenido estable incluso en un entorno internacional adverso. Las políticas sociales se han ampliado y las pensiones se actualizan con el IPC, algo especialmente relevante para quienes hoy critican con más dureza, aunque pertenecen al segmento mejor protegido por estas medidas.
Motivos para la esperanza
Este clima de crispación invita a recordar a Antonio Machado y su idea de las dos Españas que coexisten con miradas no solo distintas, sino a menudo enfrentadas. Ojalá la tensión no vaya más allá de lo que ya conocemos. El crecimiento de movimientos de extrema derecha en Europa y España, así como episodios que apuntan a un aumento incipiente de la violencia política, deberían actuar como advertencia.
A pesar de todo, hay motivos para la esperanza. La sociedad española ha demostrado históricamente una notable capacidad de resistencia y adaptación. Los problemas existen —muchos y complejos—, pero también la voluntad de afrontarlos. Reconocer lo que funciona no implica negar lo que falta. Solo permite afrontar el futuro con menos estridencia y más madurez. Y quizá evitar que ese virus del derrotismo termine contagiando aquello que todavía nos une. @mundiario