Dios se ha exiliado de la tierra de su pueblo elegido
Tras tantos siglos considerando a Palestina y alrededores la Tierra Prometida, se ha erigido en uno de los lugares del planeta que hiere con más intensidad y menos esperanza la sensibilidad del respetable público al que llamamos humanidad.
Muchos de los hijos y los nietos de aquellos seres humanos que conformaron La lista de Schindler; otros de esos tantos descendientes de aquellos pasajeros y pasajeras que emprendieron una travesía hacia el futuro a bordo del Exodus, han debido perder la memoria, o se les ha ido la pinza o son el último eslabón de una cadena de generaciones que le han estado traspasando a la humanidad el cuento de hadas de la Tierra Prometida, los territorios donde mana leche y miel de Canaán, las siete plagas de Egipto, la apertura de las aguas del Mar Rojo, las Tablas de la Ley que recogió un tal Moisés en el Monte Sinaí que, entre otras cosas, recogía un mandamiento de obligado cumplimiento: ¡No matarás!
¿Cómo todo ese pueblo denominado secularmente como el elegido (israelitas, palestinos, libaneses, sirios) ha podido llegar a esto, que mantiene a esa otra enorme parte de los pueblos no elegidos estupefactos, escandalizados, horrorizados, contemplando en las pantallas de sus televisores como se matan, se masacran, aspiran al exterminio entre los unos y los otros? ¿Para eso los llevó el llamado Dios de Abraham ahí? ¿Sabía, en su omnipotencia, cuando los liberó de Egipto, les permitió sobrevivir en el desierto, les proporcionó maná e hizo sonar Las trompetas de Jericó, que en un lejano siglo XXI iba a acabar esto como está acabando, con Netanyahus, Hamases, Hezbolás, dando rienda suelta a los cuatro jinetes del Apocalipsis?
Porque hay guerra, pasan hambre, padecen enfermedades y conviven permanentemente con la muerte, oye. Y, francamente, transmiten al resto de los pueblos no elegidos (¡qué también nos las traemos, eh!), el pírrico consuelo de no formar parte de las tribus tocadas por aquella ancestral varita mágica de naturaleza divina. De hecho, escucho esta mañana las Coplas del Payador Perseguido, en las que Jorge Cafrune , la voz argentina que se pasó décadas exclamando en vinilo con tristeza: Dios por aquí no pasó, y me afecta menos su muerte que la posibilidad de que siguiese vivo y contemplase el paisaje actual del Oriente Medio, la Tierra Prometida por la que pasó Dios, en la que no manan precisamente leche y miel, sino misiles, drones, obuses, balas y, las listas de caídos, son cada día un poco mas extensas que el día anterior pero menos que el día siguiente.
Mientras tanto, el mundo, con la banda sonora de rasgamientos de vestiduras, de grandilocuentes condenas orales, de diplomáticos o enérgicos amagos de ejercer de disuasorios Primos de Zumosol, se mantiene ahí, quieto hasta ver, locuaz para esgrimir cifras de bebés agonizando de hambre, censos de camiones con manás inaccesibles, número de viviendas ya inhabitables, cifras de seres humanos sepultados bajo toneladas de tierra prometida, con sus miles de millones de habitantes transformados en telemirones de ese pedazo del planeta que agoniza, de prisa y sin pausa. Eso que seguimos llamando humanidad, se está ganando a pulso la esclavitud por parte de eso otro que, tampoco va a tener corazón, pero al menos más inteligencia (aunque sea artificial, claro) que la depauperada inteligencia natural. @mundiario