Las desmemorias de la memoria debida no ayudan a convivir

Adolfo Suárez planta cara a Tejero en el 23-F
Las explicaciones de la historia eliminan la parcialidad, si son honradas, y facilitan entender el presente.

Si la historia es auténtica, la mirada sobre lo acontecido facilita un futuro más democrático; depende de que la deontología del historiador esté orientada por una ética de valor universal. Como en otros oficios de los humanos, cuando median intereses particulares, ni la Historia, ni el periodismo, ni las instituciones estatales, son imparciales.

La memoria descontrolada es subjetividad en que no caben todos y todas. Se rige por el fondo que han formdo las sinapsis neuronales entre la infancia y la adolescencia en que, como dice el neurólogo Rafael Yuste, construyen su Teatro del mundo. Ahí se sitúan los materiales de lo vivido especialmente en el Bachillerato, patria a la que se pertenecerá siempre. Es fácil encontrarla en los papeles de quienes escriben, en que se cuelan, consciente e inconscientemente, alusiones a lo que recuerdan haber imaginado o vivido en el colegio o instituto, y más si pasaron por algún internado. Ha podido verse, asimismo, en los acontecimientos recientes del ferrocarril en Ademuz, pródigos en glosas, artículos y opiniones, que resultarían ininteligibles -y más en su paso bronco por las cámaras parlamentarias- sin la experiencia acumulada en viajes antiguos. En las versiones de algunos opinantes, aquella Renfe de sus infancias se mixtifica con el glamour de películas como el Orient Express obviando la realidad de un ferrocarril que apenas sobrepasaba al Maquinista de la General. Vagones de tercera, asientos de madera, carbonilla colándose por las ventanillas y unas estaciones inhóspitas, no pudieron hacer que, por ejemplo, el espionaje de los factores y guardias civiles a posibles huidos del  control de sus pueblos, hiciera mejor  la seguridad de antes que la de ahora.

En otros muchos asuntos, en que el presente interpela, los recuerdos del pasado siempre cuelan parecidos desfases. Quienes cargan años, cuando repasan ante otras personas las oportunidades que hayan tenido de desempeñar empleos o cumplir roles asignados, en que hayan creído tener poder, permiten advertir cómo los surcos antiguos de sus sinapsis los inclinan a verse más competentes y mejor dispuestos para “el deber” que quienes los hayan sustituido. Tan habitual es esta tendencia, que frecuenta las desmemorias sobre las costumbres inculcadas. La discrepancia intergneracional sobre cambios ocurridos -que los arqueólogos detectaron en las tabletas cuneiformes- suele hacer que los mayores recriminen a los más jóvenes falta de conocimiento y autoridad. En realidad, sin embargo, subconscientemente hablan de autoritarismo, actitud heredada del patriarcal “paterfamilias”, dueño de cuanta vida hubiera en su propiedad. Su forma más dura y extrema sigue en  vigor -en un plano relativamente cercano- en que el variado  control, fuera de la domus familiar, impera ahora en los móviles, vigilantes dentro y fuera de la escuela hasta el mobbyng.

Historias a no olvidar

En muchas otras historias de lo vivido, la supuesta idealización se entrecruza igualmente, por más que se trate de un pasado reciente. Gregorio Morán (1947-2026) dejó constancia de él en los que, recién fallecido, sus detractores han llamado “lúcidos”  análisis “críticos”. Su veraz trabajo analítico en El cura y los mandarines (2014), y en El precio de la Transición (2015), ya lo había ejercitado, con similar rigor, al tratar la relación de Ortega con el franquismo en El maestro en el erial (1998), o al diseccionar la Transición en Adolfo Suárez: historia de una ambición (1979). Los nacidos en la generación de este periodista asturiano, cuando repasan la escuela -y estudios posteriores en caso de haber podido hacerlos, pues les eran de acceso difícil-, suelen referirse, sobrevolando las muchas carencias, a calidades que dicen mejores que las de  promociones posteriores. Su memoria experiencial suele repetir ante sus interlocutores perspectivas erróneas respecto a una realidad educativa que, si siempre fue compleja, era objetivamente peor. La misma suerte corren los asuntos de la vida relacional, particularmente los concernientes a la gestión política, en que las apreciaciones más frecuentes siguen las pautas culturales de que hablaba Kenneth Galbraith en la Cultura de la satisfacción, en 1992. Aun habiendo cuestionado la que emitían oligarquías económicas y sociales del pasado preconstitucional, la gran mayoría estuvo al acecho de oportunidades para estar donde hubiera que estar en el momento oportuno y mejorar posiciones de origen. Ese hábito pequeño burgués les ayudó a dar por bueno el tránsito político y cuanto la CE78 trazó de modo impreciso; puede que ahora que se desclasifica documentación del 23-F, se adviertan mejor las verdades, mentiras  y desmemorias explicativas de lo ocurrido antes y después de 1981.

La estructura económica de los negocios -y su implicación en la Educación- ya había unido a muchos desde la secuencia inmediatamente anterior al 20N-75. En lo alto de la pirámide, se siguieron nutriendo del trabajo de la mayoría social unos pocos que, sobre todo desde 2008, exigieron más exclusividad. Todo siguió pareciendo rutinario, pero cuantos ciudadanos, asalariados y contribuyentes, se preocupen de sus derechos y libertades, deberían apresurarse a saber que si los olvidan, su paz y bienestar no estarán a salvo. Si se ponen en riesgo -donde sea-, su vida y la de los suyos corren peligro. Los descuidos de la desmemoria son ahora graves cuando dan por buenos genocidios como el de Gaza -con más de 25 mil niños muertos en pocos meses-, o cuando “se comprende” lo de Venezuela, Irán, Groenlandia, Ucrania, Afganistán, Cuba y tantos otros sitios de cercana lejanía. Las “disculpas” y desmemoria son, en todo caso, más fáciles cuando la escuela no contribuye a que sean vistos críticamente, o si hay familias que califican esta pedagogía como “ideología”. No suelen ser reacias, sin embargo, a la adicción que genera la transmisión divertida y aparentemente gratuita de estos asuntos en las plataformas digitales, cuando la mayoría de críos y crías no saben distinguir falsa información. Si los aprendizajes escolares no contrarrestan  las narrativas de odio, supremacismo, machismo y fascismo de los intérpretes de verdad única, como la de que el C02 no mata, la convivencia democrática de todos se complica. Sin atención clara, el semianalfabetismo de mucha gente -aunque haya ido a la escuela- acelera una desmemoria que distorsiona cuanto pueda ser bueno para el presente de sus comunidades. De su existencia, injusta, cabría decir, con Dámaso Alonso: “del abismo llegas,/hosco sol de negruras,/ llegas siempre, onda turbia, sin fin….”. @mundiario