Desmemoria histórica y exceso de memoria fantástica

Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Iósif Stalin en la Conferencia de Yalta. / Libería del Congreso de EE UU
No nos interesa el pasado, nos aburre, pero nuestro presente está construido sobre él. Tampoco nos interesan los entresijos del presente a pesar de que nuestro futuro gravita sobre él.

Ya no se sabe quiénes son buenos, malos, agresores y agredidos. Hay minorías que se creen selectas y que por lo tanto se apropian del derecho a determinar quiénes son unos y otros. Por supuesto ellos siempre son los mejores y las víctimas. Como la Historia (la fidedigna) es semejante a un libro de actas o de contabilidad, no quieren que nos interesemos por ella.

Y lo han logrado. No nos interesa el pasado, nos aburre. Sin embargo, nuestro presente está construido sobre él. Tampoco nos interesan los entresijos del presente; sin embargo, nuestro futuro gravitara sobre él. Despotricamos contra los políticos, pero confiamos en ellos en cuanto dejamos nuestro destino en sus manos. Nos excusamos diciendo que se imponen. Pero también les dejamos hacer. Esta especie de infantilización no es sino confianza. Igual que algunos lo depositan todo en que Dios proveerá, otros confían en las estructuras de la sociedad, como si de un padre carnal se tratara. Ellas lo resolverán, ellas nos defenderán, ellas garantizarán que nada vaya a peor. Ya vemos la sanidad.

Este desinterés por la Historia también se manifiesta en el tratamiento de la memoria histórica. Salvo a unos pocos, no interesa qué pasó en España entre 1931 y 1936. Las actividades que se realizan son posteriores a estos años y en su mayoría de tipo afectivo. Es comprensible y legítimo, pero la memoria no es sólo una operación de búsqueda de víctimas y sepulturas. Esta labor es necesaria, no cabe duda, pero insuficiente. Para la mayoría, la República es un asunto enterrado, sin mayor trascendencia sobre el presente. Sin embargo, es necesario un análisis de nuestra Historia que ha de ir de lo económico a lo social sin olvidar lo cultural.

Desde el pasado hasta el presente se ha tendido un puente de olvido que evita el compromiso. Todo el mundo es bueno salvo quien incordie. Muchos dicen que los españoles en aquel entonces se radicalizaron, pero no investigan cómo vivía la mayoría. Las fuerzas directivas de la memoria cierran las heridas con cicatrizante alcohol, sin antes desinfectarlas internamente.

Durante la Primera Guerra Mundial España tuvo una oportunidad especial para desarrollarse. Pero las fuerzas económicas no invirtieron el dinero ganado; estaba más seguro y era más rentable en el extranjero. La nobleza agraria no quería cambios en sus inmensas propiedades. Los latifundios, en poquísimas manos, permanecían en su mayoría improductivos, mientras los jornaleros vivían miserablemente. Tan verídico que en marzo de 1936 Gil Robles, dirigente máximo de la CEDA, reprochaba en El Debate que los grandes terratenientes en los años anteriores habían olvidado sus “deberes de justicia y de caridad”.

Es injusto culpar a quienes Ortega y Gasset llama masas. Estas, en realidad nunca tuvieron poder para influir en la dirección de la nación (¿lo tienen actualmente?). Creer que los dos primeros años de la República estuvieron bajo la férula de esas masas es ingenuo o malintencionado. El régimen republicano estaba tan condicionado (dentro de una crisis mundial tanto económica como ideológica) que apenas pudo hacer reformas, salvo las de carácter civil y educativo. Y respecto a las que hizo, la mayoría de ellas se acataban, pero no se cumplían. Sus gobiernos representaban en realidad, y con dificultad, a una debilitada burguesía media. Se dirá que esta también es masa. Pues no se lo digan; siempre ha creído que las amenazas contra ella provienen de abajo, no de arriba.

Uno de los problemas más graves que tuvo que afrontar, como hemos dicho, fue el del campo, dentro de una trampa circular en la que improductividad, miseria, movilizaciones, represión, desafección se reproducían recíprocamente, con una población rural que superaba el 45 por ciento. Y las limitadas medidas que se tomaron fueron cortas e insuficientemente financiadas dada situación económica del Estado. Medidas que por cierto fueron rápidamente eliminadas por la contrarreforma agraria de los gobiernos radical-cedistas posteriores.

¿Conoce la mayoría de los españoles los nombres de los principales protagonistas de aquella época? ¿Les suena Alcalá Zamora, Azaña, Lerroux, Gil Robles, Prieto, Largo Caballo, Calvo Sotelo, Ledesma Ramos, el lento y desinformado Casares Quiroga, Giral? Incluso en el ámbito de las mujeres ―tan aparentemente potenciado― hasta julio del presente año el Congreso sólo recordaba a Clara Campoamor. Después de casi 50 años dicho Congreso ha decidido abrir el abanico y sacarla (a Campoamor) de su sobresaliente soledad, como si aquellos avances femeniles en vez de sociales hubieran sido unipersonales. ¿Les suena a las españolas las Sinsombrero?

Aquella república, que muchos ven como un régimen revolucionario, en realizad fue un intento modernizador de España (no le gustará a F. González que le desmonopolicen el término) y apenas anticipó reformas que décadas después consolidó la Constitución del 78.

La cuestión es que necesitamos verdaderos historiadores, no políticos que escriban historia (que es lo que predomina mundialmente). Se habla de los efectos tópicos sin mencionar las causas, es decir, el poder de una oligarquía agraria más nostálgica del feudalismo que deseosa de ser el granero del país, en connivencia con parte de un estamento militar cuyos antecedentes más próximo fueron la dictadura de Primo de Ribera, la guerra de África (mal llevada) y el fracasado golpe de Sanjurjo, más un poder bancario más usurero que inversor. Tres poderes que no consideraban a la “cuestión social” como elemento que está en la raíz del verdadero orden.

El amor a España se plasmaba en un 52,30 por ciento de analfabetismo. Quien no educa a su pueblo es que no lo quiere libre. Pero la Historia de España que estudian nuestros alumnos es deplorable, no ayuda a que consideren a su patria como a un campo fértil donde sembrar su esfuerzo y talento. A ello se suma un ingente número de páginas en internet destinadas a que la paja oculte a la aguja.

Desde la República (desde antes) a los tiempos actuales se ha hecho un puente que permite soslayar muchos problemas que siguen sin solucionarse. Quizás este es uno de los efectos más reprochables, el de hacer creer que el edificio es completamente nuevo cuando en sus cimientos no se han hecho siquiera reformas mínimamente sanitarias, por lo cual, de cuando en cuando afloran aguas residuales. No se trata sólo de la ausencia de soluciones materiales, sino de un muy necesario saneamiento digamos espiritual. Olvidar totalmente no es sano, sino una enfermedad llamada amnesia.

Demasiada memoria

El problema es que hay demasiada ignorancia envuelta en falsa cultura y demasiado acervo oculto bajo escombros.

Lo que está sucediendo en Gaza se llama genocidio. Dado el ahistoricismo y la desinformación que padecemos, para muchos es algo nuevo. Pero ni es la primera vez (recuérdense la Nabka o Sabra y Chatila entre muchísimas cosas más) ni el único lugar.

Decíamos que no nos extrañan estas cosas porque el mundo ha perdido el sentido de la veracidad y de la coherencia. Veracidad sobre los hechos acaecidos y coherencia con los principios que se proclaman y no se aplican.

En el primer bloque nos preguntábamos cómo los españoles pueden pretender resolver las cosas del presente sin esclarecer las del pasado? La pregunta no es retórica: después de tres generaciones hay sectores que aún manejan el asunto como arma arrojadiza en vez de hacerlo como lámpara orientadora. ¿Es este un mal exclusivamente hispano? Creemos que no. Alemania no callaba por sentido de culpa, por compunción, sino porque no se atrevía. Parece que ahora empieza a recordar glorias pasadas.

La cuestión es que vivimos sobre una serie de mitos, mentiras, imposturas, que demuestran que los principios no importan. Tenemos por ejemplo el caso de Churchill, declarado hombre del siglo XX y beneficiario del premio Nobel de Literatura. Alrededor de él se ha construido un mundo de ficción que sólo desorienta. Su frase afirmando que “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás” fue absorbida por millones de seres que ahí quedaron. La frase se repite con mucha presunción y poca curiosidad.

Pero Churchill no era coherente. Desarrollando su obsesión por organizar el mundo, se preguntaba “¿por qué deberíamos implantar en este momento entre las razas iletradas de la India semejante tipo de sistema, cuyos inconvenientes se notan actualmente en las naciones más desarrolladas del mundo como Estados Unidos, Alemania, Francia y la mismísima Inglaterra?”. Es decir, que la democracia que ejemplifica no es universal, sino restringida a una pequeña parte del mundo. Aplicando su frase al resto se podría decir que “el colonialismo es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás, salvada la democracia metropolitana”.

Tales galimatías demuestran la ausencia de un modelo coherente y mucho menos democrático y humanitario. Lo que no queremos aquí, lo queremos allá. Por cierto, Churchill habla de lo que sabe, de razas iletradas. Cuando los ingleses abandonaron la India, en 1947, el analfabetismo alcanzaba el 88 por ciento de la población. Y nosotros creyendo que el Imperio británico era un inmenso oasis donde nunca se ponía la democracia.

Con Churchill se produce una curiosa paradoja. Las más de las veces se ha de combatir la hipocresía política, pero el político inglés no era hipócrita; muy al contrario, era inoportunamente sincero. Lo hipócrita es mostrar un rostro que el personaje nunca pretendió.

¿Son inanes estas mitificaciones? En absoluto, en cuanto que sobre ellas se edifican teorías que oscurecen la realidad. Más nocivos que Churchill son quienes lo endiosan.

Si preguntamos a la IA sobre él la descripción va desde galvanizante hasta visionario, pasando por admiración mundial, huella imborrable, figura icónica (qué palabro). Aunque parte de la culpa puede que la tengan quienes reparten el Premio Nobel a diestro y siniestro. Para justificar la concesión del premio (Literatura), después de dudar si otorgarle el de la Paz (¡!), expusieron, entre otras motivos “la brillante y exaltada oratoria en defensa de los valores humanos”.

Es imposible recoger todas sus frases, pero unas cuantas son suficientes para definirle. A ello se suma que era un hombre de acción, un militar, y lo que dice está íntimamente relacionado con sus propias actividades. Donde ponía la pluma antes había puesto la espada. Afganistán, Grecia, Guayana Británica, India, Irán, Irak, Irlanda, Kenia, Palestina, Arabia, Saudí, Sudáfrica, Sudán, Rusia, a la que propuso bombardear atómicamente (referido por The New York Times y The Times). Por suerte Truman no se dio por enterado. No incluiremos a España en cuanto se inhibió porque “…ambas partes han mantenido su causa con crueldades incalificables… Los españoles están envenenados de odio”. Tenemos el honor de haberle encogido vitalmente. Esta debió ser también la causa del Comité de No Intervención, que delegó la vigilancia de la neutralidad en el Mediterráneo a las flotas de Alemania e Italia. La IA (cada vez menos inteligente y más humana) lo niega, no así la revista de Historia Naval del Instituto de Historia y Cultura Naval de la Armada Española (número 14, 1986).

Ahora que Gaza nos recuerda el triste destino del pueblo palestino, cuya culpa ha sido la de estar donde el imperio inglés puso sus ojos (o intereses), hay que recordar lo que el personaje decía sobre esta situación: “No estoy de acuerdo en que el perro en un pesebre tenga al final derecho al pesebre”. No es una figura retórica. ¿Por qué un perro? Quizás porque había defendido el milenario sueño judío, el cual por lo visto sí genera derechos. Otra perla es la de que “Los palestinos son hordas bárbaras que comen estiércol de camello”. Probablemente esta mentalidad es la que mantiene extrañamente inactivos a quienes debieran hacer algo allí.

Todos sabemos que Gran Bretaña sostuvo una larga guerra en Afganistán. Era el bajo vientre del verdadero enemigo a abatir. Hablando de los pastunes, que tuvieron la osadía de rebelarse, dijo: “Procedimos de manera sistemática, pueblo por pueblo, y destruimos las casas, inutilizamos los pozos, derribamos las torres, cortamos los grandes árboles que daban sombra, quemamos las cosechas y destruimos los embalses en una devastación de castigo”. Esto después de que “cada miembro capturado de la tribu fue lanceado y decapitado al mismo tiempo". Estos son los valores humanos que mencionan los eximios suecos (por cierto, escandinavos, 3 países, 13 premiados; españoles e hispanoamericanos, 20 países, 11). Confiemos en que Bob Dylan no tenga un historial semejante al británico.

Con la India (sólo ocho países no fueron visitados por el Imperio) no fue más generoso. Después de que Gran Bretaña destruyera su importante industria textil y convirtiera en negocio de exportación la agricultura que alimentaba al país, lo cual provocó cuatro millones de muertos, dijo: “Odio a los indios. Son un pueblo bestial con una religión bestial”. ¿Exageración? El virrey de la India declaró que "la actitud de Churchill hacia la India y la hambruna es negligente, hostil y despectiva". No de distinta opinión era Leo Amery, secretario de Estado británico en la India, quien comentó que “no veo mucha diferencia entre su perspectiva (la de Churchill) y la de Hitler”. La verdad es que no hizo demasiados ascos a los fascismos de la época: "De haber sido italiano, no me cabe ninguna duda de que habría estado incondicionalmente a su lado (de Mussolini), de principio a fin"

Su amor por el Oriente Medio era manifiesto. “Estoy totalmente a favor del uso del gas venenoso contra las tribus incivilizadas... se propagaría un tremendo terror”. Ahora, como con tantas otras ocasiones, se quiere suavizar el sentido de sus palabras (¿por qué?) diciendo que hablaba de gas pimienta. ¿El gas pimienta provoca terror?

Otra frase destruye las piadosas objeciones: "No entiendo este rechazo sobre el uso de las armas químicas. Definitivamente hemos adoptado la posición en la Conferencia de Paz de argumentar a favor de las armas de gas como una forma permanente de la guerra (…) Estoy totalmente a favor del uso de gas venenoso contra tribus incivilizadas".

No obstante, sus valores humanos a veces decaían: "Gandhi no debería ser liberado por la simple amenaza del ayuno. Nos desharíamos de un hombre malo y de un enemigo del Imperio si muriera".

¿Estamos hablando de un personaje que ya no significa nada? Una sociedad es un edificio que hunde sus cimientos en el pasado. De vez en cuando voces de ultratumba se dejan oír, pretendiendo resucitarlo. La única forma de que pierdan capacidad de convicción es la de airear los argumentos de sus heraldos, que los hay.

Uno de ellos es Boris Johnson, biógrafo de Churchill (El factor Churchill, 2015). Para el autor el personaje corresponde a “un movimiento de románticos imperialistas". Una especie de Byron muriendo por la libertad. Según quién sea, la palabra imperio tiene distintos significados. Otra frase resume significativamente los ideales del biógrafo: “…aportó una representación física de la idea básica de su filosofía política: el inalienable derecho de los británicos a vivir sus vidas en libertad…”. ¿Es libertad lo que encadena a otros?

Como Churchill, estos personajes persisten en el mismo error: no creer en la igualdad de los pueblos, por muy iletrados que estos sean. Para Johnson, Churchill fue un representante del “capitalismo compasivo”. Por lo visto, sus reformas sociales internas justifican todo lo demás. Con la II Guerra Mundial ocurre igual. Si con 400 mil muertos caben todas esas medallas que se le adjudican, ¿qué será de los sesenta millones restantes que murieron bajo otras banderas? La gran diferencia entre ambos personajes, es que el primero estaba dispuesto a luchar hasta el último súbdito del Imperio, al contrario del segundo, dispuesto a luchar hasta el último extranjero. Johnson opina que “Churchill nos enseñó que con él se puede salvar a la humanidad”. Pero, ¿a cuál de ellas? En una entrevista en la televisión francesa una periodista pudo afirmar sin escándalo que un bebé de Gaza no es igual a un bebé israelí. Esto en el país que creó la tabla de derechos humanos. @mundiario